Literatura, Sandra Llopis
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Melibea: ¿seductora o seducida?

Estampa para la edición princeps de La Celestina (Burgos 1499).

Por Sandra Llopis. Jueves, 4 de agosto de 2016

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Melibea es uno de los personajes más apasionantes y complejos de la literatura de todos los tiempos. En una lectura superficial de La Celestina, podríamos entender a Melibea como la joven que se deja seducir por el hombre y cae en la tela de araña que finamente ha preparado la medianera. Sin embargo, si rascamos un poco más, nuestra visión de la cándida Melibea cambia y aparece un personaje mucho más interesante y elaborado.

Lo primero que debemos tener presente es que forma parte de un todo indisociable: la pareja que forma con Calisto. Sin embargo, está lejos de ser su calco, pues las diferencias entre ambos son notables y además están justificadas tanto por el eterno motivo de la diferencia entre sexos, como por otras particularidades históricas.

Melibea se presenta fuertemente afianzada en la realidad, dentro de un marco familiar estable y la sanción de la sociedad es lo que rige su conducta desde el principio. Se atiene a un código impuesto, el código del amor cortés, en el que la falta de humildad del vasallo provoca la ira de la señora, de ahí que su primera reacción sea la ira ante Celestina. Su puesto en la sociedad es algo muy presente en Melibea; ya enamorada de Calisto, sigue reteniendo la responsabilidad de su condición, que defiende ante el deseo de éste de quebrar las puertas. Esto destaca la responsabilidad social de la doncella, quien además se acusa de haber perturbado con la muerte de su amado el orden de la ciudad.

Esta preocupación por lo que piense la sociedad la lleva a mantener en secreto sus amores, es el sentimiento del honor quien la obliga, mucho más arraigado en Melibea que en Calisto. Melibea es, pues, el debate entre pasión y deber. Y es por ello que sigue defendiendo su honor, esta vez de forma débil, en la primera cita con Calisto, cuando le pide que evite “estos vanos e locos pensamientos” para evitar las habladurías: “No quieras poner mi fama en balança de las lenguas maldizientes”.

Pero finalmente, Melibea consiente y este consentimiento realza la conciencia de haber cometido una falta de consecuencias desastrosas para la familia y la sociedad. De hecho, su reacción a la entrega amorosa es un lamento que evoca la visión religiosa del asunto, el dolor y agravio hacia sus padres y el castigo del que se ha hecho acreedora (el que ella misma se impone al final de la obra). Si tenemos en cuenta lo muy a sabiendas que Melibea rompe ese lazo con los códigos sociales, el valor de su sacrificio subraya lo resuelto de su temple y lo fogoso de su pasión.

En el aspecto religioso, Melibea está lejos del comportamiento espiritual del resto de personajes. Melibea se dirige tres veces a Dios: en la primera pide fuerzas para poder encubrir su amor, para que no quede manchada su reputación; en la segunda, consciente del dolor que traerá su suicidio, apela a Dios para justificar la acción que está meditando; en la tercera y última, Melibea encomienda a Dios sus padres, como si le pidiese que se encargue de ellos por ella. Su religión destaca por su carácter social, no moral ni místico. Melibea, devota al principio, acaba por deshacerse de su devoción, sin duda porque este comportamiento corresponde a la doncella que arroja las defensas que la religión le aporta y queda así expuesta al vicio.

Analizando su comportamiento, vemos que Melibea se muestra reacia al ensimismamiento melancólico y prefiere la acción práctica e inmediata. Esto puede deberse a que Rojas niega a las mujeres el monólogo de introspección. La vitalidad de Melibea se traduce también en el constante curso de su amor: una vez que se entrega ya no hay dudas ni altibajos, y la realización de su deseo la deja satisfecha y segura, sin tormentos de alma.

Otro rasgo notable en Melibea es su capacidad de acción: tiene su propio juicio, toma sus propias decisiones y nunca pide consejo para ello a su criada (al contrario que Calisto), aunque aprecie su honesto juicio. Enérgica y positiva, Melibea comparte con Celestina el don de salvar con su presencia de ánimo una situación imprevista. Melibea es, pues, pura energía y acción, puestas al servicio de su inteligencia y su propio beneficio.

Además, vemos que Melibea tiene cierto punto de arrogancia. Segura por el calor familiar y la protección social, y segura de sí misma, Melibea muestra un arrogante deseo de realizar sus propósitos, de imponer su voluntad, su dictamen, su saber (algo inconcebible en Calisto). Sólo el amor conseguirá amansar esta arrogancia; prueba de ello son las palabras sumisas que dirige a Calisto, que muestran en sentido contrario el mismo ímpetu de la resuelta heroína, que ahora se humilla gozosa y se declara su sierva y cautiva

Melibea es también hábil en el disimulo, en decir, lo que no piensa para provocar la respuesta que busca, vive a la defensiva, recelosa y suspicaz. Es capaz de arrancar una confesión a partir de una mentira, como en la primera entrevista con Calisto, cuando se muestra esquiva con él para provocar su declaración de amor. Claro es que las costumbres imponían en una doncella el pudor agresivo para defender su honra, y una inteligente red de mentiras para encubrir su pasión y sus posibles encuentros amorosos. Por ello, Rojas retoma en Melibea la táctica de tender el anzuelo al interlocutor para lograr su declaración y luego dar rienda suelta al sentimiento con que ha comenzado el juego.

Todo esto son muestras de su doblez: en Melibea pudor y honor se unen cuidadosamente y con disimulo. La doblez es, por tanto, inherente a su carácter, acuciada por la clandestinidad de su amor, pero no creada por éste. Inherente y espontáneo es también en Melibea el valerse de la mentira. Sin embargo, encontramos una paradoja en la doblez de Melibea: Melibea se escuda en la falsía que es habitual en ella para protegerse en los pequeños actos de la vida; pero sus actos decisivos, el amor y la muerte, quedan limpios de toda doblez, en esos actos se muestra tal como es, sin dobleces ni mentiras. Su amor es completamente sincero y lo demuestra con su muerte, en la que a la vez confiesa con franqueza, pero de manera altiva su error.

Por otra parte, se aprecia en toda la obra que Calisto es el enamorado constante, al contrario que Melibea: frente a su amor lineal y constante, ella presenta una evolución en su amor que va desde violento rechazo hasta la unión total en la muerte. El trazado de su carácter es tan seguro que las diferentes actuaciones y actitudes se nos presentan como fases de un proceso natural de crecimiento psicológico, insinuado desde el primer momento. Si nos remontamos a ese primer momento, podemos ver que Melibea no rechaza el contacto con el galán que se ha metido en su huerto; Melibea intuye la intención de Calisto y, en vez de rechazarle, le induce a declararse, para retirarse luego achacándole intenciones pecaminosas, imagen del horror-deseo que se está incubando en el alma de la joven.

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Con su curiosidad y su pudor a la defensiva, no es Melibea virginal de alma, pero tampoco es una incauta que se deje seducir como una niña. Sin embargo, a pesar de los avisos de la madre y la criada, Melibea no duda en escuchar lo que Celestina tiene que decirle, procede con entera conciencia de su doblez. Cuando la alcahueta acude a su casa con la excusa de vender hilado, Melibea se obstina en mantener la conversación con Celestina, a pesar de haber captado sus intenciones desde el principio. La joven sabe que ese comportamiento no es intachable, por eso se justifica y le regala ruidosos reproches a la mensajera (vemos aquí de nuevo el arraigo a la sociedad). Sin embargo, en lugar de poner fin a la conversación, la prolonga, deseosa de enterarse de lo que la vieja murmura y Celestina responde pidiéndole la oración para el dolor de muelas; esta respuesta es un anticlímax tan humorístico que Melibea queda desconcertada y la vieja aprovecha la ocasión para presentarse como víctima e intentar ablandar a Melibea, insertando referencias a Calisto, pero sin llegar a nombrarlo. Cuando Melibea se muestra más calmada y conciliadora, Celestina prosigue su campaña a favor del galán. Melibea entra en el juego, lo que significa que, de forma más o menos consciente, ha decidido rendirse, y es por eso que escribe la oración para Celestina a escondidas y le pide que vuelva sin que nadie lo sepa.

Otro detalle revelador en Melibea es su deseo de crear una buena opinión de ella en Calisto, para lo cual no duda en mantener trato con Celestina. La aparente inocencia de Melibea descubre en realidad que en su ironía trágica Rojas no pretendió retratar a una virgen incauta o a una doncella virginal sino presentarnos a una figura diferente, llena de matices, de vitalidad, de pasión. Pero que Melibea consienta en tratar con Celestina no significa que se vuelva dócil: al final de la primera visita de la alcahueta a casa de la joven, tras acceder a darle la oración, reaparece la Melibea arrogante, aunque esta vez para asegurarse a sí misma que todo sigue igual, que no le importa el caballero del que Celestina le habla: “Ve con Dios, que ni tu mensaje me ha traydo prouecho ni de tu yda me puede venir daño”.

Aunque pueda apuntarse a los conjuros que Celestina emplea con el hilado como la causa del amor de Melibea, este amor tiene motivación plausible en el propio carácter apasionado e imaginativo de Melibea. Desde el primer momento, su actitud no es una contundente negativa, sino que se debate entre repulsión y atracción. Así, la Melibea que en el acto IV negaba sus sentimientos, los admite sin ambages en el X acto, donde deja ver que se enamoró de Calisto al verle: “aquel señor cuya vista me catiuó”. Melibea se va descubriendo poco a poco, mientras Celestina finge no entender para obligarla a confesar, entonces Melibea estalla en indignación pero acaba vencida por su propia pasión y su impaciencia, Melibea ve su tormento de amor como una imagen de dolor y sangre y Celestina aprovecha esta circunstancia para ejercer de cirujana, usando como aguja el nombre de Calisto, puesto que ya conoce los efectos que ocasiona dicho nombre en Melibea. Para curar esta dolencia, Celestina dispone de un remedio cuyo nombre (Calisto) provoca el desmayo de Melibea, fin de su resistencia. Vuelta en sí, confiesa su amor y ya no le perturba el nombre de Calisto, sino que reacciona a éste con gozo. El amor furtivo deteriora, pues, el carácter de la doncella, acentuando su natural doblez.

Melibea es además el equilibrio entre identidad y evolución: sin dejar de ser ella misma, cambia sus sentimientos y sus perspectivas. Y, más audaz que Calisto, es también menos egoísta. Solícita por la seguridad del amado y ansiosa de participar en el gobierno de su casa, sólo pospone su deseo un día por el pensamiento de la honra y de su posición. No se acuerda de sus padres hasta que no le resultan un obstáculo para la satisfacción de su amor. Pero a pesar de ello, cede a la insistencia del amante, para después reprocharse y reprocharle el agravio que han cometido contra sus padres. No obstante, esto no significa que Melibea se arrepienta, pues desde ese momento no ve otro modo de vida que estar con Calisto y se asegura futuros encuentros.

El autor contrapone los viejos padres ilusos, que rumian un proyecto de casamiento para su inocente hija, a la joven sumisa con su amante pero rebelde con sus progenitores para defender el amor que, ya en esos momentos, es su razón de ser y por el que dará la vida. Melibea, que hasta ahora se atenía a la norma social del honor, decide que prefiere ser una buena amante que una mala esposa. Considera más lícito este amor que casarse y cometer adulterio, aquí es donde culmina su trayectoria el honor de Melibea: supera el honor que pertenece a su posición social para descubrir un honor individual, que no contradice al primitivo. Su actitud no es falta de decoro, sino lo propio de su carácter. Melibea, ni incauta ni remilgada, se ha rebelado contra la convención social que la tenía lejos de su amor, ha roto el muro de metacrilato que se interponía entre ella y Calisto.

En el acto XIX dos toques más completan el retrato psicológico de Melibea: el primero es su solicitud por la seguridad de Calisto, cuya salida quiere impedir, y el segundo, su anonadamiento por la muerte del amado, que la lleva a olvidar su discreción y amenazar con despertar a todos a gritos. El marco social que la sustentaba se ha hundido y no es capaz de intentar salvar su honor, tal como le recomienda su criada. Perdido ya todo el respeto a la convención social, Melibea se concentra en su dolor, no para llorar a Calisto sino para lamentarse por la pérdida de su felicidad, que identifica con el goce de su amor. Y es justo esta identificación la que desencadena el trágico final, puesto que si el goce de su amor ya es imposible, deja de tener sentido el prolongar su existencia. Por ello, aparenta obediencia ante su padre y se muestra pronta a buscar entretenimiento, pero no es más que una máscara siniestra de la enamorada, que busca la rápida unión con su amado en la muerte.

Resuelta a justificar por la muerte su ley de amor y su nuevo sentido de honra, Melibea no duda en confesar el error cometido a su padre, la ruptura con la norma social, contando de antemano con su comprensión.

La noble franqueza de Melibea se contrapone con el comportamiento de las mujeres en el teatro del Siglo de Oro. En este periodo, el amor solo se desarrolla como tragedia cuando está cerca del adulterio o lo es. Además, La Celestina rechaza la concepción misógina que hay en el Siglo de Oro y Melibea no es un instrumento del diablo, ni del pecado, sino que su alma es tan maravillosa como la de Calisto y tan responsable en sus amores como éste. Melibea es una heroína enamorada, que por propia evolución, recorre el camino desde el desdén hasta el amor, de la negativa a la entrega.

Todo ello nos lleva a la conclusión de que Melibea es un personaje complejo, que supera el esquema de la virgen incauta que se deja embaucar. Que además, creará todo un precedente que, aunque se repita, nunca llegará a obtener el nivel del original. Melibea recorre un camino del desdén a la entrega, por evolución propia, seduce y se deja seducir, así que la respuesta a la pregunta de si es la seducida o la seductora, podríamos decir que ni una cosa ni otra; Melibea es parte activa de un proceso, de una relación, y como tal a veces seduce y otras se deja seducir, pero siempre de forma consciente. Melibea es el equilibrio entre pasión y deber.

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SANDRA LLOPIS

@San_writter

 

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