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Estrellas y mitos de los Juegos Olímpicos en la antigua Grecia

Escultura erigida en Rodas en honor a los atletas olímpicos.

Por Adrián Durante. Lunes, 15 de agosto de 2016

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Los Juegos Olímpicos, desde el mismo momento de su fundación, allá por el año 776 antes de Cristo, vieron nacer a atletas inmortales, héroes que desafiaron todos los límites de la fuerza y la resistencia humanas y que como los modernos Michael Phelps, Usain Bolt o Kevin Duran dejaron eco de sus hazañas y sus marcas legendarias para la eternidad. Cada cuatro años, los hombres más resistentes y veloces de cada ciudad-estado (las mujeres no podían competir, tenían totalmente prohibido acceder al estadio olímpico) se daban cita en el santuario de Zeus en Olimpia. Al igual que hoy, tampoco entonces había nada más importante que unos juegos. Las polis se paralizaban, los eventos religiosos y políticos se suspendían, las guerras se aplazaban hasta la finalización de las competiciones deportivas.

No se sabe a ciencia cierta cómo nacieron las Olimpiadas ni por qué los griegos decidieron consagrar un evento deportivo en honor a Zeus, amo y señor de todo. Según Pausanias, historiador griego que vivió en el siglo II, Augías, rey de la Élide, era dueño de un ganado inmenso que no enfermaba nunca y que crecía y crecía, llenándole el país de estiércol y de inmundicia, de forma que no había manera de plantar y cultivar nada potable en aquellas tierras malditas. Hércules, hijo de Zeus, se ofreció a limpiar los terrenos a cambio de una parte del ganado y el rey aceptó. El forzudo héroe mítico desvió los cauces de los ríos Alfeo y Peneo, que arrastraron los excrementos de los animales y limpiaron aquellos establos inmundos. Pero el rey incumplió su palabra y dejó de pagar su parte del acuerdo, de manera que Hércules buscó alianzas en Grecia, declaró la guerra a Augías, saqueó la Élide y mató al rey mal pagador. Para celebrar la victoria, Hércules instauró la costumbre de celebrar unas Olimpiadas cada cuatro años en honor a Zeus. Píndaro añade además que después de completar sus doce trabajos, Hércules construyó el estadio olímpico en honor a su padre.

Generalmente se suele fijar el año 776 antes de Cristo como fecha de las primeras Olimpiadas. Fue entonces cuando los notarios que levantaban acta de las pruebas escribieron el primer nombre de un atleta insigne en las tablas sagradas de Olimpia: el del corredor Corebo de Élide. Corebo era un humilde panadero (cocinero según otras fuentes) que por unos días dejaba de amasar pan para participar en los juegos. Se cuenta que obtuvo una sonada victoria en la carrera de velocidad, también conocida como stadion (en griego στάδιον, distancia de un estadio) y que siempre corría desnudo. Por su victoria en el stadion, la única carrera programada, con una distancia de 192,27 metros, Corebo recibió como premio una rama de olivo, un galardón mucho menos valioso que las actuales medallas de oro pero que otorgaba el prestigio y orgullo de ser el hombre más veloz de la Tierra. Tras la hazaña del primer plusmarquista de la historia, el Usain Bolt de la época, los sacerdotes griegos empezaron a registrar los nombres de los ganadores de todas las carreras, inaugurándose de esta manera la cronología de los grandes campeones.

milon

Milón de Crotona era tenido por un dios por su fuerza. Museo del Louvre.

Otra gran estrella de los juegos de la Antigüedad fue Acanto el Lacedemonio, que obtuvo dos grandes victorias en las carreras pedestres –el diaulo y el dólico–, durante las Olimpiadas del 720 antes de Cristo. Otras fuentes atribuyen la victoria a Orsipo el Megarense. Tucídides asegura que los lacedemonios fueron los primeros en participar desnudos en los juegos gimnásticos. Otros estudiosos sostienen, en cambio, que fue Acanto de Esparta quien introdujo la desnudez en las pruebas atléticas. La participación de las mujeres en los juegos estaba totalmente prohibida, ya que las pruebas quedaban reservadas para hombres libres, de familia noble y físicamente perfectos. Ellas ni siquiera podían entrar en los estadios olímpicos. Más tarde, en Roma, podrían participar esclavos y libertos pero los griegos eran inflexibles con esta tradición. La historia cuenta que Ferenice de Rodas se vistió de hombre, haciéndose pasar por entrenador, para presenciar el torneo en el que participaba su hijo Pisíropodos, y que gracias a sus consejos desde la grada el joven logró ganar el torneo. Cuando fue a abrazar a su hijo, sus ropajes cayeron al suelo, quedando al descubierto su condición femenina. Corría el año 396 antes de Cristo y esta artimaña pudo costarle la vida a Ferenice, ya que toda aquella que osaba entrar en competición era despeñada desde lo alto del monte Tipeo. Finalmente, fue indultada porque provenía de buen linaje. Tras este incidente, los organizadores exigieron a los deportistas y entrenadores que asistieran sin ropa a las competiciones con el fin de que no se colaran más intrusas.

Célebre fue también Arrichión o Arrachión, otro atleta griego de fama mundial. Con toda probabilidad era natural de Figalia y murió en el 564 antes de Cristo. Fue un famoso luchador de pancracio (una combinación de boxeo griego antiguo, lucha y sumisiones predecesora de las artes marciales modernas). Según la tradición, Arrichión salió vencedor en los combates ante todos sus contrincantes. Un día, luchando contra otro atleta, éste pidió que se suspendiera la prueba tras romperse el dedo de un pie. Arrichión accedió deportivamente pero su adversario, aprovechando el descanso, se arrojó sobre él y lo estranguló sin compasión. El pueblo, testigo de esta perfidia, adjudicó el triunfo al cadáver de Arrichión, lo coronó de ciprés y erigió una estatua en su memoria.

Agasias era originario de Arcadia y vivió durante los siglos V y IV antes de Cristo. Jenofonte suele citarlo como un valiente y bravo oficial del ejército de la Expedición de los Diez Mil, la mítica campaña militar formada por contingentes de mercenarios griegos (veteranos de las guerras del Peloponeso) reclutados por Ciro el Joven para hacerle la guerra a su hermano mayor, el soberano aqueménida Artajerjes II. La expedición fue relatada por Jenofonte, que formó parte de ella, en su obra la Anábasis. La historia cuenta que el atleta Agasias, en su juventud, consiguió una lograda victoria olímpica y que por ello contrató al mismísimo Píndaro para que compusiera una canción en su honor. Había nacido el merchandising olímpico y el halo de divismo que acompañaría durante siglos a muchas de las grandes estrellas del deporte. Agasias cayó herido mientras luchaba contra Asidates.

corebo elide

Escultura atribuida al corredor Corebo de Élide.

El arte pugilístico, una de las disciplinas clásicas, es tan antiguo como los mismos Juegos Olímpicos. Los griegos eran fanáticos de los combates cuerpo a cuerpo, regulado por una serie de normas y reglamentos. Damarco era natural de Parrasia, en la región de Arcadia. Según relata Pausanias en su obra Descripción de Grecia, este atleta se transformó en lobo durante el sacrificio a Zeus celebrado en las fiestas de las Liceas, y volvió a tornarse en hombre nueve años después. No sabemos qué hecho histórico está detrás de esta extraordinaria leyenda pero es cierto que cada cuatro años los Juegos Olímpicos proporcionaban material suficiente a poetas y filósofos para crear historias mitológicas donde la realidad se mezclaba con la fantasía y los cuentos populares.

Si el personaje de Damarco se inspiró en un atleta real o no es algo que quedará en el misterio para siempre, pero tan real como la vida misma fue Eutimo, un atleta griego de Locros (Brucia) cuya existencia está históricamente acreditada. La tradición cuenta que Eutimo obtuvo sonadas victorias en el deporte del pugilato durante las Olimpíadas 74, 76, 77 y 78, y que incluso llegaron a levantar una gran estatua en su honor en el santuario de Olimpia. Su carrera deportiva fue exitosa y fructífera, hasta que en la 73 Olimpiada (480 antes de Cristo) fue vencido por Teágenes de Tasos. No hay duda de que Eutimo de Locros fue un personaje real aunque, cómo no, sus combates legendarios fueron adornados con relatos mitológicos. Pausanias lo asocia con la conquista de Troya. Caída la ciudad, Ulises llegó a Temesa, en Brucia. Uno de sus marineros se emborrachó y violó a una joven, por lo que fue lapidado. Ulises se desentendió del delito y zarpó con sus hombres, pero el espíritu del violador no dejaba de atormentar a los de Temesa. El terror se apoderó de los habitantes de la urbe, que decidieron huir de la ciudad. Sin embargo, la Pitia lo impidió y ordenó que construyeran un templo para que cada año se ofrecieran en sacrificio las vírgenes más hermosas del país. En cierta ocasión, Eutimo llegó a la localidad justo en el momento en que se celebraban los rituales. El atleta entró en el templo y al ver a una de las muchachas, se enamoró perdidamente de ella. La joven le juró que se casaría con él si la salvaba del sacrificio. Eutimo se armó de valor y venció al espíritu del marinero borracho, que finalmente fue expulsado del país. Eutimo tuvo una boda gloriosa y se levantaron numerosas estatuas en su honor.

Las carreras en sus diversas modalidades causaban auténtico furor en las Olimpiadas. El atleta más rápido y veloz era considerado algo así como una especie de semidiós. Orsipo fue uno de ellos. Nacido en Megara, alcanzó la celebridad durante los decimoquintos Juegos Olímpicos, en el año 720 antes de Cristo, donde ganó la prueba del estadio. Se cuenta que perdió la vestimenta durante la carrera (más bien fue él mismo quien se la quitó en el transcurso de la misma para correr más rápido). Muchos corredores posteriores trataron de imitar su estilo.

Sin duda la maratón era la prueba reina de los Juegos Olímpicos. Consistía en correr una distancia de 42 kilómetros en recuerdo de la gesta protagonizada por el soldado griego Filípides, quien en el año 490 antes de Cristo murió reventado tras haber corrido desde Maratón hasta Atenas para anunciar la victoria sobre el ejército persa. En realidad Filípides habría recorrido una distancia aún mayor, el camino que va desde Atenas hasta Esparta, y no solo para informar de la gloriosa batalla, sino para pedir refuerzos. En nuestro tiempo Filípides se ha convertido en un símbolo de los Juegos Olímpicos, no solo por su valor y esfuerzo, sino por haber puesto a prueba la capacidad de resistencia y sufrimiento humano.

Diversos testimonios históricos han llegado a nuestros días sobre un tal Astylos de Crotona  (colonia griega de la Magna Grecia) que ganó hasta seis coronas de la victoria en tres Olimpiadas entre 488 y 480 antes de Cristo. Su historia puede verse sin duda como un claro antecedente de lo que en nuestros días supone el fenómeno fan y hooligan, es decir, miles de personas adorando y encumbrando a un deportista triunfador o incluso defenestrándolo y condenándolo al ostracismo cuando ha cometido algún error grave o traición a los colores o a la patria. La historia dice que en la primera Olimpiada, Astylos corrió para Crotona y que sus ciudadanos lo honraron y glorificaron como a un dios. Sin embargo, en las dos Olimpiadas siguientes, el atleta decidió tomar parte en los juegos como integrante de Siracusa; este agravio no le fue perdonado jamás. Los habitantes de Crotona lo repudiaron para siempre y se dice que el odio llegó a ser tal que derribaron sus estatuas y convirtieron su casa en una prisión para delincuentes. Algunos futbolistas de nuestros días saben bien lo que es fallar un penalti y que los hinchas le persigan por la calle.

orsipo megara

Orsipo de Megara, otro campeón de la antigüedad.

También era de Crotona el atleta Milón, del que nos han llegado ecos de sus logros y maravillosas gestas deportivas. Discípulo del filósofo Pitágoras y uno de los deportistas más famosos de la Antigüedad, fue seis veces campeón olímpico en la categoría de lucha libre. Había nacido en el siglo VI antes de Cristo. Fue campeón por primera vez en el año 540 a.C, en la categoría de hombres jóvenes y más tarde obtuvo la victoria en cinco ocasiones en la de hombres adultos. Una gesta única, algo así como las 28 medallas de nuestro Michael Phelps. Por si fuera poco arrasó en los Juegos Píticos, donde resultó vencedor en siete ocasiones y nueve más en los Juegos de Nemea. En la 67 Olimpiada (512 antes de Cristo) en su séptimo asalto al campeonato, perdió ante un atleta mucho más joven que él llamado Timasitheus. Aún después de la derrota, Milón de Crotona continuó compitiendo y se retiró a una edad mucho más avanzada que cualquier atleta de la época.

Se han escrito infinidad de historias sobre la fortaleza de Milón. Se dice que cada día se entrenaba levantando un ternero. Cuando el animal creció y alcanzó la madurez de una vaca, la mató y se la comió durante una Olimpiada. Era capaz de arrancar un árbol y de doblar una moneda de bronce entre sus dedos. Tras convertirse en campeón olímpico, ordenaron erigir una estatua en Olimpia en su honor, que él mismo levantó con sus propias manos. Tuvo un final dramático. Cierto día, cuando paseaba por un bosque, encontró un árbol rajado por los leñadores. Trató de partirlo en dos, pero su mano quedó atrapada en el tronco y esa noche terminó devorado por los lobos. Sin duda, Milón de Crotona fue el campeón olímpico de lucha libre más famoso de la antigua Grecia y encarnó el ideal de deportista completo por su fortaleza y afán de victoria. Es citado por numerosos autores clásicos como Aristóteles, Pausanias, Cicerón, Heródoto, Vitruvio y muchos otros que con sus relatos no hacen más que alimentar su leyenda. Sus gestas dieron para muchas historias, más o menos aderezadas por la ficción. Así, Diodoro Sículo escribió que Milón había sido seguidor de Pitágoras y que había dirigido el ejército de Crotona que derrotó a los sibaritas en el 511 antes de Cristo, mientras portaba sus coronas olímpicas y vestía como Hércules, con la piel del león y la maza. Por cierto, los griegos creen que el mitológico Hércules fue el primer gran campeón de jabalina de la historia, otra disciplina que entusiasmaba a los helenos.

La lista de estrellas del deporte de la Grecia clásica es interminable. Leónidas de Rodas fue considerado uno de los corredores más famosos de la Antigüedad y aclamado como un héroe por sus compatriotas. Durante cuatro Olimpiadas consecutivas (entre 164 y 152 antes de Cristo) ganó tres carreras diferentes, −el estadio, el diaulos y la carrera de la armadura−. Se adjudicó 12 coronas de la victoria olímpica.

Melankomas de Caria se coronó campeón olímpico de boxeo en el año 49 antes de nuestra era, y fue el ganador en muchos otros eventos. Marcó un hito en la historia por la forma que tenía de luchar, debido a sus movimientos sencillos y fascinantes nunca vistos hasta entonces. Alcanzó la excelencia competitiva a través de un ejercicio constante pero agotador.

Poco después de terminar los Juegos Olímpicos masculinos, se celebraba un concurso deportivo en Argos en honor de la diosa Hera y estaba reservado solo para las mujeres: los Juegos Hereos. Nos han llegado historias de algunas atletas que tuvieron su protagonismo olímpico, como Kyniska, hija de Archidamos, rey de Esparta. Fue la primera mujer en ser catalogada como vencedora olímpica en la Antigüedad. Ganó en la competición de carros de cuatro caballos, en las Olimpiadas 96 y 97 (años 396 y 392 antes de Cristo, respectivamente). En los Juegos Olímpicos estaba prohibida la participación de las mujeres pero Kyniska pudo tomar parte en las pruebas ecuestres, donde no se nombraba vencedor al jinete o participante, sino al dueño o dueña del caballo. La princesa Kyniska de Esparta, como propietaria de caballos que era, ganó la carrera de cuadrigas de ambas ediciones olímpicas y se convirtió en la primera mujer vencedora de una prueba en los juegos de la antigua Grecia.

Tal como sucede hoy, los atletas se sometían a estrictos regímenes alimenticios para mantener su óptimo estado físico. La dieta básica estaba formada por higos, nueces y queso fresco, según los textos de Pausanias. Plinio observó además que un viejo entrenador de palestra de nombre Pitágoras (no confundir con el filósofo de Samos) introdujo la carne en la alimentación de los deportistas griegos. El buey y el tocino, más otras carnes asadas o guisadas con vinagre y acompañadas de pan, estaban también en la base de la nutrición de los grandes campeones. En general los deportistas de la antigua Grecia ya sabían que el estado físico dependía de la cantidad de comida que se ingería al día y cuidaban cada gramo de la dieta, cocinando con simplicidad para no saturarse de grasas. Milón de Crotona tenía fama de glotón, ya que, según se cuenta, apenas quedaba saciado con veinte porciones de carne, otras tantas de pan y quince pintas de vino.

melankomas de caria

Luchadores como Melankomas dejaron su huella olímpica.

Otros hábitos de vida eran cuidados al detalle cuando llegaba el momento de la alta competición: descanso, poco vino, sexo con moderación y masajes terapéuticos dados por expertos untadores que frotaban a conciencia los cuerpos de los atletas estaban a la orden del día en el entrenamiento de los campeones. Generalmente los fisioterapeutas de la Antigüedad, conocidos como aliptae unctore, eran criados al servicio de los deportistas. Como ungüento solía emplearse el ceroma, aceite mezclado con cera y otros polvos que ayudaba a los atletas a entrar en calor antes de la prueba y a paliar las lesiones y golpes una vez terminado el torneo. También se empleaba el barro, la arena o el polvo como materiales aptos para rociar el cuerpo antes de entrar en competición, sobre todo en pruebas como la lucha y el pancracio. Por eso los griegos solían decir de un deportista que no se merecía el título que había “vencido sin polvo”, es decir, sin esfuerzo. Después del certamen, los atletas se limpiaban y se ungían de nuevo. Todos competían desnudos pero con el tiempo se puso de moda una especie de ceñidor o faja, denominada zona, cuyo uso se extendió hasta la Olimpiada 15, cuando dejó de usarse después de que al luchador Orsipo la prenda se la cayera a la palestra en medio de un combate, enredándose entre sus pies y haciéndole caer al suelo. Su rival aprovechó este incidente para ganarle el asalto.

Los maestros de la palestra entrenaban a los deportistas durante al menos diez meses, un periodo obligatorio de instrucción por el que tenían que pasar antes de las Olimpiadas. Eran auténticos entrenadores que adiestraban a sus discípulos en las técnicas deportivas y en los reglamentos de cada disciplina. Los entrenamientos se llevaban a cabo en los gimnasios. No se admitían extranjeros, ni esclavos, ni personas con un pasado oscuro. La virtud y la nobleza regían los juegos, que no dejaban de ser ceremonias rituales en honor a un dios. Había jurados que investigaban las biografías de los aspirantes a olímpicos, como los agonotetas, los atlotetas y los elanódicos, que supervisaban la moralidad y costumbres de los deportistas. Durante la ceremonia de apertura, un heraldo levantaba la mano pidiendo silencio al pueblo y luego la imponía sobre la cabeza de cada participante, preguntando si era digno de tomar parte en la competición. Después llegaba el momento del sagrado juramento ante la estatua de Júpiter: los atletas debían prometer que habían cumplimentado los diez meses de instrucción, que se ajustarían a las normas de los juegos y que no harían nada contra el buen orden y el gobierno de la ciudad.

Las pruebas se echaban a suerte. En los ejercicios de lucha combatían por pares; si quedaba alguno fuera, el denominado efedro, combatía al final contra el vencedor. Tras las arengas y exhortaciones se daba la señal y se abría la liza. El engaño, la trampa y el juego sucio, así como la violencia, estaban totalmente desterradas de los juegos. Las conductas inapropiadas eran castigadas severamente por los mastigóforos. Los helenos sabían que algunas sustancias aumentaban el rendimiento corporal, es decir, conocían el dopaje. Algunos tomaban miel y jalea real para potenciar su fuerza y estimulantes como aguardiente, vino y algunos hongos alucinógenos y semillas de sésamo. Filostrato y Galeno dan cuenta de que algunos tipos de pan tenían propiedades especiales, así como algunas especias extraídas de la planta de la adormidera. Se sabe que el espartano Charmis ganó la prueba de velocidad tras una dieta a base de higos secos y que existían brebajes para aumentar la fuerza, aunque la información que nos ha llegado es escasa.

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Teágenes de Tasos fue uno de los grandes atletas griegos.

Los Juegos Olímpicos fascinaban a los griegos, que disfrutaron de ellos durante siglos. Las Olimpiadas alcanzaron su cénit en los siglos V y VI antes de Cristo. Sin embargo, su importancia fue decayendo progresivamente cuando los romanos invadieron Grecia. Hacia el 393 después de Cristo el emperador Teodosio I decretó que todos los cultos y prácticas paganas serían eliminadas, entre ellas las Olimpiadas. Los premios por la victoria consistían  en una corona de laurel que se ceñía sobre la cabeza del ganador y en una palma de olivo para el segundo puesto, además de las flores con las que se recubrían los ropajes. También se recompensaba la victoria con esclavos, caballos, mulos, bueyes, vasos de bronce, tazas de plata, vestidos y armas. La ceremonia del triunfo terminaba con un fastuoso banquete. Además, los campeones gozaban de grandes privilegios, como presidir los juegos públicos, combatir al lado del rey, recibir una pensión alimenticia de por vida y quedar exentos de todos los cargos y funciones civiles.

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DOCE PRUEBAS CLÁSICAS EN LAS OLIMPIADAS ANTIGUAS

Estadio o estadión: Fue la carrera principal y más antigua de Olimpia. Consistía en correr un largo del estadio (192,28 metros).

Diaulo. El diaulo o doble del estadio se introdujo en los Juegos Olímpicos de 724 antes de Cristo y consistía en correr dos largos del estadio (cerca de 400 metros).

Dólico: Era la carrera de fondo, en la que se corrían ocho estadios, que fueron aumentados con el paso del tiempo hasta llegar a los veinticuatro (4.500 metros, aproximadamente).

Hoplitodromía. Carrera considerada como preparación ideal para la guerra, se efectuaba el mismo recorrido que en el diaulo, pero cargando el atleta con las armas defensivas de un hoplita: yelmo, coraza, espada y glebas.

Salto de longitud. Esta prueba no existía de forma independiente, sino como parte integrante del pentatlón.

Lanzamiento de disco. En los grandes juegos panhelénicos, esta prueba solo se realizaba formando parte del pentatlón.

Lanzamiento de jabalina. La jabalina deportiva era de pino, olivo o tejo y tenía aproximadamente la longitud de la altura del lanzador.

Pentatlón: Se introdujo después de la 18 Olimpiada (708 antes de Cristo) y constaba de cinco pruebas: estadio, lucha, salto de longitud, lanzamiento de disco  y lanzamiento de jabalina.

Lucha. Fue la menos brutal y más popular de las pruebas pesadas o de fuerza. Se desarrollaba en un espacio del estadio con el suelo blando (skamma), preparado al efecto, como ocurría en el salto de longitud.

Pugilato. El precedente de nuestro actual boxeo. Por múltiples pinturas murales y relieves conservados de Creta y Micenas, se desprende que era practicado ya en el segundo milenio antes de Cristo. Fue introducido en la 23 Olimpiada (688 a.C.).

Pancracio. Mezcla de lucha y pugilato, era similar, en parte, a las artes marciales de nuestro tiempo. La modalidad más violenta y brutal.

Hípica. Tenían lugar en el hipódromo y constaba de dos modalidades: carrera de carros y carrera de caballos. La primera fue la competición deportiva preferida para los griegos por la espectacularidad y vistosidad de la misma.

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