Alicia García Herrera, Literatura
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Épica del triunfo y dignidad de la derrota en la literatura deportiva

Por Alicia García-Herrera.  Miércoles, 31 de agosto de 2016

Deportes

  Literatura

“Pronto aprendí que la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga. Eso me ayudó mucho en la vida, sobre todo en las grandes ciudades, donde la gente no suele ser siempre lo que se dice derecha”.

Albert Camus, Premio Nobel de Literatura y guardameta del Racing Universitario de Argel.

A pesar de la conocida cita de Juvenal mens sana in corpore sano (Sátira X, 356) no ha resultado infrecuente separar literatura y deporte al partir del prejuicio de que deportistas y letras no se llevan bien. Una mirada analítica nos permite comprobar que este estereotipo no resulta del todo consistente. Si nos remontamos a Grecia, cuna de los Juegos Olímpicos, comprobamos que el deporte se concibe como algo más que mero entretenimiento, es un bien en sí mismo. El campeón se categoriza como héroe y no solo se le atribuye belleza física sino virtudes como prudencia, valentía, caridad y nobleza, de modo que se convierte en un reflejo del ideal griego de perfección. Partiendo de estas bases, la práctica deportiva no debería ser calificada a priori como simple brutalidad física ni tratada como espectáculo circense. Merecería, por el contrario, ser elevada al rango de arte cuyo ejecutor es el deportista, poseedor de habilidades especiales. Dado que el deporte forma parte de nuestras vidas –incluso se considera derecho humano–, es difícil pensar que la literatura haya podido sustraerse a su influjo y a la idea de excelencia que lo caracteriza originariamente.

Un rápido vistazo a la producción literaria en lengua castellana nos permite constatar que el deporte ha suscitado el interés de algunos de los grandes nombres de nuestras letras, entre ellos Miguel de Cervantes. Miguel, que en vida nunca tuvo el Don, guardaba una gran consideración hacia el atleta completo, como se refleja en Los trabajos de Persiles y Sigismunda y, desde luego, en El Quijote. Alonso Quijano es cazador, nadador y espeleólogo, hace tumbas y zapatetas (ejercicios gimnásticos); Dulcinea es capaz de lanzar la barra (I, XXV. 22) y la fiesta que sigue a las bodas de Camacho incluye competiciones deportivas (II, XIX. 371) o esgrima (II,XIX.  372), por citar algunos ejemplos. Calderón de la Barca hace descripciones sobre el juego de pelota; Quevedo, por su parte, habla de esgrima y en Luis de Góngora y Fray Luis de León encontramos reflexiones sobre el pensamiento olímpico. No cabe olvidar tampoco a otros importantes escritores del siglo XX que fueron grandes deportistas o abordaron el deporte en sus obras, aun de forma tangencial. Entre la nómina de autores figuran varios Premios Nobel, como Benavente (Más fuerte que el amor, 1906 y Literatura, 1931, en las que se presenta al deportista como un snob); Aleixandre, que publicó en la revista Litoral un poema dedicado al patinaje; Neruda (Confieso que he vivido, 1974); Camilo José Cela (Once cuentos de football, 1963) y Gabriel García Márquez, aficionado al fútbol, al béisbol y periodista deportivo (Vivir para contarla, 2002). Debemos incluir también en el elenco a Ignacio Aldecoa (Neutral Corner, 1962) y a Delibes, un autor que une como nadie vida, literatura y deporte. Como curiosidad mencionar que José Ortega y Gasset se acercó a este tema a través del ensayo El origen deportivo del Estado (1966).

En el ámbito internacional cabe destacar a Albert Camus, el escritor que quiso ser jugador de fútbol, y trabajos tan notables como La soledad del corredor de fondo (1959), de  Allan Sillitoe; El miedo del portero ante el penalty (1970), de Peter Handke; El periodista deportivo (1986), de Richard Ford (Premio Princesa de las letras) que inicia la serie sobre Bascombe, o la obra de Murakami, De qué hablo cuando hablo de correr (2007). Desde el año 2014 hasta el momento presente asistimos a un auténtico boom editorial en el género, con biografías que actualizan la figura del héroe y que pronto se convierten en éxitos de ventas –baste recordar las de Muhammad Alí, Pelé, Michael Jordan, Rafa Nadal, Leo Messi o Cristiano Ronaldo–. Se evidencia así que no existe lenguaje más universal que el del deporte, sobre todo cuando éste se expresa a través de una pelota.

33147481El fútbol ha sido, desde luego, la práctica deportiva que ha concitado la mayor atención. Entre los abundantes títulos que toman el césped como escenario sobresalen Fiebre en las gradas (1992), de Nick Hornby, El fútbol contra el enemigo (1994), de Simon Kuper, o El fútbol a sol y sombra (1995), de Eduardo Galeano, que relaciona fútbol y poder. La narrativa no se agota, sin embargo, en el deporte más cotizado sino que comprende toda clase de modalidades (baloncesto, hockey, natación, béisbol, boxeo, etc…), en la mayor parte de las ocasiones para evocar valores como justicia, competencia, solidaridad y esfuerzo o bien para ofrecernos historias de superación personal o de cambios de percepción vital consecuencia del traspaso de los propios límites, como sucede en la literatura de montaña (Los Conquistadores de lo Inútil (1963),  L. Terray;  Besa o Mata. Confesiones de un escalador en serie (2002), M. Twight o Campo 4. Recuerdos de un escalador de Yosemite (1994), de Steve Roper). El ascenso a una cumbre elevada suele marcar un hito en nuestra biografía. La sensación de vacío, de soledad, de insignificancia nos acompaña invariablemente en nuestro recorrido. Pero hacer una cumbre es recorrer tan solo la primera parte del camino. Después de subir hay que aprender a bajar mientras se responde a la pregunta de si habrá valido realmente la pena todo el sacrificio, todo el esfuerzo.

Entre los numerosos títulos que han suscitado nuestro interés lector resulta justo mencionar una obra dedicada al remo. Remando como un solo hombre (traducción de Guillem Usandizaga. Nórdica. Madrid, 2015) es una crónica de tintes épicos narrada con extraordinaria fluidez por el periodista Daniel James Brown. Este autor reconstruye la vivencia del equipo de remo de la Universidad de Washington que representó a los Estados Unidos en los Juegos Olímpicos del 36. Se trata de un trabajo que se sitúa temporalmente en los años previos a la Segunda Guerra Mundial y que nos brinda un retrato en paralelo de Estados Unidos y Alemania, países marcados respectivamente por el crack del 29 y por el auge del nazismo. La obra suscita profundas reflexiones sobre la naturaleza humana, sobre los incentivos para vencer el dolor y traspasar sus fronteras. Brown nos ofrece una historia de supervivencia y adaptación, la de Joe Rantz, y frases sobre la confianza en el otro que formarán para siempre parte de nuestra memoria: “cuando empieces a confiar de verdad… vas a notar una fuerza dentro de ti que está muy lejos de todo lo que hayas imaginado. A veces te parecerá como si estuvieras remando hasta salirte del planeta y estuvieras remando entre las estrellas”.

Son enseñanzas de este tipo las que justifican el interés universal de la literatura deportiva. El público que se inclina por estas obras no es necesariamente un público especializado en deporte. Puede tratarse tanto de aficionados a la práctica deportiva como de personas sedentarias, individuos luchadores o conservadores, resilientes o, por el contrario, con escasa flexibilidad para adaptarse a las dificultades. En la mayor parte de los casos lo que busca el lector es descubrir al héroe para trasladar los valores que encarna a la vida diaria. Ejemplo de la influencia de los valores deportivos para superar las pruebas más difíciles lo constituye Unbroken (2010), de Laura Hillendbrand. Es el resistir, el no darse por vencido, lo que permite a otro atleta olímpico del 36, Louis Zamperini, sobrevivir durante largo tiempo en un campo de concentración japonés.

Si la literatura para adultos no ha podido sustraerse al influjo del deporte, con mucho menos motivo lo ha hecho la literatura infantil, a causa de su potencial educativo. Geronimo Stilton, las tres mellizas, Pocoyo, el Elefante Babar han realizado sus pinitos en toda clase de disciplinas. De nuevo los deportes de equipo cobran protagonismo al efecto de resaltar la solidaridad, la colaboración y la empatía. Una cantidad ingente de obras infantiles también tiene como protagonista la montaña, sobre todo cumbres como el Everest y el Kilimanjaro. No deben pasarse por alto relatos que nos transportan a la antigüedad, como sucede con El auriga de Delfos (2008), de Caroline Lawrence (ed. Salamandra).

9788433967510Hecho este sucinto repaso comprobamos que en la literatura deportiva se ha tratado más la épica del triunfo que la dignidad de la derrota, con lo que, consciente o inconscientemente, parece que se da valor a una idea: la derrota es humillante. Es cierto que una derrota enfrenta al deportista a sus limitaciones, expresa quizá lo baldío del esfuerzo invertido en la competición, pero no es menos cierto que el rechazo a la derrota trae causa en que, hoy día, ésta resulta mensurable en términos económicos. En la penosa asociación entre deporte/espectáculo y economía se fundan, sin embargo, muchas conductas antideportivas, incluidos los actos de corrupción en la competición, como el dopaje o los amaños ligados a las apuestas. Es una asociación que menoscaba sin duda la dimensión pedagógica del deporte, los valores éticos y sociales que representa, valores que deberían extrapolarse a ámbitos como la política –las “olimpiadas políticas” o elecciones se asemejan a menudo a ciertas competiciones deportivas en las que los jugadores, alineados o incluso alienados en partidos (equipos), pretenden ganar a toda costa para alzarse con el trofeo del poder en su propio provecho–. Por eso hemos de tener presente que ganar no siempre equivale a ganar. Solo ganamos verdaderamente el oro y los laureles de Apolo cuando nos derrotamos a nosotros mismos, como deportistas y como individuos, cuando somos capaces de ir más allá de aquellos límites que hemos aprendido a conocer para ofrecernos y ofrecer ejemplo. Esa es, entre otras muchas, una de las lecciones que nos debe dar el deporte, que una victoria es derrota si el deportista deja de lado la honestidad y el fair play. Es responsabilidad del escritor que se aproxima al género ofrecernos junto a las historias de héroes deportivos, historias de triunfos que llegan a menudo tras un esfuerzo titánico, la cara opuesta: la narración épica de una derrota digna, la del verdadero héroe que ha sabido demostrar su valor con limpieza frente a competidores que no siempre actúan de forma íntegra. Lo que cuenta al fin y a la postre es preservar la dignidad y el honor, reflejo de nuestra dimensión humana. Desafortunadamente son valores que cotizan a la baja en estos tiempos de oscurecimiento de la luz.

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ALICIA GARCIA HERRERA

Alicia García-Herrera

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