Número 58, Opinión, Rosa Regàs
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Viajar

Por Rosa Regàs

ROSA REGAS

@rosaregas

Por razones imprevistas, mi verano este año será casero, así que me dedico a soñar y recorrer lugares anhelados o añorados.

Elegiría en primer lugar Islandia, la inmensa isla cuyos confines en el norte aparecen borrosos en la imaginación, desierto gélido en algunos parajes con un viento tan poderoso que apenas distingo de qué parte del mundo me llega la feroz acometida. Hacia el sur, así lo imagino, Reikiavik, la capital me espera con la normalidad de un suave verano cargado de una cultura que no conozco, cines, teatros, danzas, libros, y de noche, me visto de “entre tiempo”, una clásica chaqueta blanca, un foulard de tonos pálidos, y me voy a visitar escritores que conocí cuando aún no lo eran y que hoy tienen cientos de miles de historias que contarme. Y con ellos descubro cómo son las bibliotecas en estas latitudes llenas de gente a todas horas, claro, con su acogedor café adosado donde el lector se toma su tiempo de descanso sorbiendo un café fuerte, delicioso, con un sabor distinto del que tomamos aquí, según las directrices del elegante George Clooney.

O quizá cambiaría de dirección y me volvería hacia el lejano Este, a Mongolia y una vez en Ulán Bator me las arreglaría para adentrarme en la estepa, aprovechando el buen tiempo, e intentaría hacerme amiga de alguna de las familias que montan y desmontan sus tiendas en busca de pastos en zonas más altas y más verdes mientras sus adolescentes cabalgan sin descanso intentando plantar esas preciosas banderas de seda de colores pálidos en lugares que no tienen aún significado para mí, hasta que caen rendidos y madres y abuelas los reconfortan con un cuenco de té de leche, su bebida tradicional que no logro saber qué es lo que da tanta fuerza. Y por la noche duermo al raso perdiéndome entre los cientos de miles de millones de estrellas que jalonan el firmamento con la sensación de que definitivamente habré tocado un punto del cielo del que ya no me soltaré.

Pero también me gustaría volver a África y plantar mi tienda con Carmen Tord, como hacíamos en los ochenta, y dormirme junto al fuego oyendo los rugidos de los leones que merodean en torno a nuestro elemental campamento y sentir al despertar esa acerada impresión de volver de una profundidad desconocida en la realidad cotidiana, mezclada con el horror de lo vivido y quién sabe si de lo soñado, y comenzar a reavivar el fuego, freír grasa para cocer los huevos y tomarme un desayuno británico como si aún estuviera en los años del Imperio o de Karen Blixen, mientras en nuestro cascado tocadiscos suena una y otra vez el Adagio del Concierto de clarinete de Mozart. Y sigo, el mundo es ancho y maravilloso y me siento privilegiada con el regalo de mi fantasía.

Y así es como espero a que alguien me comunique el resultado del ineludible pacto entre Sánchez y Rajoy.

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