El Petardo, Francisco Saura, Humor Gráfico, Número 58, Opinión
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¿Cómo se llega a Sabadell, Albert?

Por Francisco Saura / Ilustración: El Petardo

Francisco Saura

Francisco Saura

Andrés Cascales recibió la llamada telefónica de Alberto Garzón mientras aguardaba, en la sala de espera de la sede de Ciudadanos, a que lo recibiera Albert Rivera. Hacía años que no viajaba a Barcelona. Todavía recordaba sus calles blancas y luminosas, sus gentes acogedoras, la Boquería y las noches húmedas de finales de noviembre. Y a aquel amor de los 20 años, retoño de emigrantes murcianos en Sabadell, que conoció a la orilla del Mar Menor y que le poseyó durante un corto verano con su cuerpo ensortijado y sus manos de estrellas diseminadas por su piel. Aquella ciudad que conoció de joven ya no era la misma. Siempre la contempló con la mirada de un viajero ocasional, saboreando sus plazas y amplias avenidas, sus colores brillantes que contrastaban con la ceniza predominante de su ciudad natal y ese olor a oportunidades aguardando en cada esquina de la ciudad vieja. Todo aquello acabó décadas atrás y nunca quiso saber si no acompañar a Sabadell a su amada fue uno de los errores más imperdonables o un hito insustancial de su ya larga vida. Los brujos suelen errar cuando intentan predecir su propio futuro, sobre todo cuando el corazón anda por medio.

Andrés Cascales se apeó en la estación Diagonal, en el Paseo de Gracia. Quedaban dos horas para que Albert Rivera le recibiera en los locales de Ciudadanos en la calle Balmes. Subió a la superficie y sintió en su rostro, como le había ocurrido en otras ocasiones, la calidez vaporosa de una ciudad cosmopolita. Decidió acercarse a La Pedrera, buscando en el edificio el espíritu del mar meciendo los acantilados y abriendo miradores de algas en sus entrañas. Había admirado su fachada treinta y cinco años atrás, en octubre, junto a su amor del estío, el último día que estuvo con ella, el lejano día que decidió dejar de amar. Con 55 años cumplidos en abril, y el corazón asaetado por las heridas del olvido, la Casa Milá le provocó indiferencia. A su alrededor no revoloteaba una constelación de estrellas, ni sentía en su piel el susurrar del deseo. Estaba solo en Barcelona, y esto, se quiera reconocer o no, solo podía producir tristeza. Volvió sobre sus pasos y se dirigió a la calle Balmes caminando bajo los plátanos de la Diagonal. El viento agitaba las ramas de los árboles y la hojarasca se arremolinaba en las esquinas de los edificios. El otoño tardío se llevaba, en su ocaso, las anheladas sombras de las tardes estivales.

Cascales acariciaba con las yemas de sus dedos el relieve de las caras de los dados que guardaba en el bolsillo del pantalón: el uno, el dos… El cuerpo retorcido de la muerte. Años atrás, en mayo de 2011, había regalado un juego de dados idéntico a Alberto Garzón. Se habían conocido en la Plaza del Sol de Madrid y habían simpatizado casi al instante. Entre tiendas de campaña, cabellos ondeando al viento, libros, manuscritos, reuniones en las que se discutía sobre un país nuevo, gritos sordos y esperanza, un inmenso arco iris de esperanza, Cascales se dejó llevar por la alegría que había surgido en el blanco despertar de una juventud hastiada. Allí estaba también Pablo Iglesias, el joven, y miles de personas anónimas que decidieron que mayo era un mes hermoso para creer y para dar los primeros pasos de futuro. Pero Andrés Cascales, abandonados sus contratos profesionales con el Partido Socialista Obrero Español y con el Partido Popular, que le habían permitido comprarse una casa a la orilla de un mar azotado por el viento del noreste y transformarse en un eremita acompañado solo de sus libros y de sus largas y meticulosas contemplaciones del oleaje verdoso, pronto desatendió sus nacientes sueños de cambio social y buscó en el viento que se acercaba desde el destino el rostro ganador, el nuevo Mesías que habría de acompañarnos a los lindes del paraíso terrenal. Y quiso encontrarlo en Albert Rivera. Las respuestas de los dados de siete caras, que arrojaba al aire en las noches de luna nueva, fueron fijando con gran precisión el rostro que habría de guiar al país por las estelas de la renovación y desarrollo económico y social. Un rostro agradable, incluso apuesto, impropio de una sesión de brujería en la Casa de la Mota, en la huerta, rodeada de limoneros, caquileros y raíces de mandrágora danzando alrededor de sus muros encalados de aguardiente, pero atractivo para una mayoría social urbanizada y alejada desde hacía décadas de los ocultos secretos de las madrugadas rurales.

Una tarde de abril, como ya hemos escrito en algún otro lugar, Andrés Cascales llamó a las puerta de Ciudadanos e hizo cola detrás de numerosos aspirantes a ingresar en el partido. No obstante, un hombre como él, que había predicho con milimétrica precisión los resultados de las elecciones autonómicas de la Región de Murcia de 1983, 1987, 1999, 2003, 2007 y 2011, que había asesorado a Felipe González a partir de 1992 y al Partido Popular de Murcia a partir de 1998, no pudo pasar desapercibido por los dirigentes regionales de Ciudadanos. Le hicieron abandonar la cola y lo invitaron a comer en un restaurante cercano a la sede, en la calle Gabacha. Murcia estaba en fiestas, las calles olían a azahar y a paparajote, las noches eran frescas y los mediodías azules y alegres, días idóneos para reír, sincerarse y beber hasta entrada la tarde. Mientras comían, Cascales puso los dados de siete caras sobre la mesa. Los acompañantes los observaron con gran interés.

–¿Son los que utilizaste para predecir los resultados electorales? —preguntó el más joven, y posiblemente el más inteligente, de la reunión.

–No, son nuevos. Los otros se los regalé a Alberto Garzón hace cuatro años. Me pareció un buen tipo. Estos los voy a utilizar por primera vez para el 24 de mayo. Son mejores que los anteriores. Para la representación de la muerte me inspiré en una pintura de Pieter Brüegel en la que aparece pensativa, con el codo apoyado en la rodilla y la mano en la frente. Para los puntos que representan los números utilicé una tintura especial realizada, tal como me enseñó mi abuela, con raíces del bosque.

–¿Y cómo funcionan?

–Es muy sencillo. Para la Asamblea Regional se utiliza un solo dado. Se lanza dos veces y se multiplican ambos resultados. Luego aplico un cociente de corrección que oscila entre 0,5 y 1,25. En el caso del Congreso de los Diputados es más complejo. Se lanzan los dos dados y el cociente de corrección oscila entre 0,5 y 2,43.

–¿Podrías predecir los diputados que vamos a obtener el mes que viene? Si no lo crees apropiado o si piensas que no es el lugar adecuado, nos lo dices y sin problemas.

–Estos dados son para Albert Rivera. Si quiere aceptármelos, por supuesto.

–Para que Alberto te reciba, primero tenemos que hablar nosotros con él, pedirle que te reciba. Es un hombre muy ocupado y no podemos llegarle con las manos vacías. Si nos hicieras una demostración y predijeras los resultados de Ciudadanos el 24 de mayo, tendrías las puertas de su despacho abiertas de par en par. ¿Quieres un whisky mientras que lo piensas?

Andrés Cascales pidió un Macallan sin hielo. Un local público no era el lugar más apropiado para la brujería. En la calle se escuchaba el sonido estridente de centenares de pitos y tal vez la sonora sequedad de un guantazo y el murmullo de la gente ante la reacción de una joven con agallas. Era viernes por la tarde y los sardineros deambulaban sin rumbo por la ciudad.

–Está bien —dijo Cascales—. Pero en otro lugar. No quiero atraer la atención de los clientes. La magia es cosa seria y no se puede practicar en cualquier lugar.

Los comensales salieron a la calle y deambularon por callejuelas estrechas. En aquellos días, la ciudad vivía en la calle. La cálida brisa del atardecer mezclaba los olores de las flores de las plazas. Pocos días antes se había celebrado el Bando de la Huerta y ahora les tocaba el turno a los sardineros, que se apropiaban de las calles y, según algunos, de la desvergüenza que Freud rastreaba en el subconsciente de la gente. Ya en la sede de Ciudadanos, Andrés Cascales pidió una habitación alejada de la calle, que no tuviera ventilación o que la ventana diera a un patio de luces. Hubiera necesitado velas, musgo, ortigas y molido de piel de sapo de la Cerdaña. ¡Hubiera necesitado tantas cosas para recrear el pasado de su estirpe, que se remontaba a la Alta Edad Media! Pero a falta de un mundo que ya no volvería, el brujo murciano trazó un círculo de tiza en el suelo de la habitación y esparció pimienta en su interior. Los dirigentes de Ciudadanos le observaban con una mezcla de incredulidad y de expectación dibujada en sus rostros. Si no hubieran oído hablar de Cascales y de sus poderes, habrían concluido que aquel hombre arrodillado, que calentaba con su boca un dado oculto por su mano, era un charlatán.

El brujo lanzó un dado dentro del círculo de tiza. Después de girar vertiginosamente durante unos segundos sobre uno de los vértices de sus aristas, se detuvo de repente, como queriendo burlarse de las leyes de la gravedad. Los dirigentes de Ciudadanos contemplaron el seis que les miraba con la brillantez de un futuro de vino y rosas. Cascales recogió el dado y volvió a lanzarlo. En esta ocasión, salió un uno. Un largo y denso silencio reinó en la habitación, solo roto por algunos gritos que provenían del patio de luces.

–¿Seis diputados?, ¿vamos a sacar seis diputados? —se atrevió a preguntar el más joven y posiblemente más inteligente dirigente de la formación naranja.

–No, hay que aplicarle el cociente de corrección. Según mis estimaciones, un 0,67. En las elecciones de mayo obtendréis 4 diputados regionales.

En los primeros días de diciembre de 2015, a primera hora de la mañana, Andrés Cascales voló a Barcelona desde el aeropuerto de Corvera. Las dudas iniciales sobre la capacidad predictiva del brujo murciano, se convirtieron en entrega y deseo de presentarlo lo antes posible a Albert Rivera, sobre todo después de conocerse los resultados definitivos de las elecciones autonómicas en la madrugada del 26 de mayo. Pero el líder catalán era persona muy ocupada, y aquella gente que le llamaba insistentemente desde la misteriosa Murcia podía esperar. Durante los calurosos meses del verano y de gran parte del otoño, los dirigentes regionales de Ciudadanos pidieron a Cascales que les detallara, dados en mano, los próximos imputados del Partido Popular. Y así lo hizo, los dados no fallaron nunca y predijeron las sucesivas visitas a los juzgados de lo más granado de la política murciana. Finalmente, imaginando a Cascales como el Pijoaparte que descendía la cuesta del Cotolengo en las noches barcelonesas, Rivera llamó a la sede de Ciudadanos en la Gran Vía para que lo subieran a un avión lo antes posible. Quería hablar con él. Las elecciones generales estaban cerca y el deseo de conocer su futuro con cierta antelación venció a su mente racionalista.

Caminando debajo de los plátanos de la Diagonal, pensó en cómo le recibiría Albert Rivera. Sabía que era un gran nadador, deporte que no había abandonado, como hacen muchos jóvenes que lo consideran aburrido porque los únicos rivales con los que se deben enfrentar en los largos de la piscina son ellos mismos. ¿Tal vez en la piscina, vestido el líder de ciudadanos con un albornoz? No, ni Rivera era Negrín ni él Louis Fischer. En realidad, lo que le llevaba a Barcelona no era ayudar a aquellos nuevos políticos que habían surgido de una crisis infame y que ahora se aprestaban a acariciar los aledaños del poder. ¿Qué le importaba a él Rivera y las teorías económicas de Luis Garicano? Andrés Cascales caminaba ya por la calle Balmes porque era un brujo, porque sus ancestros le hablaban en las madrugadas para que demostrara a la Humanidad que la brujería no estaba llegando a su fin, arrinconada por la ciencia y por la incredulidad de la gente y, tal vez, porque siempre soñó residir en Barcelona para, desde allí, viajar por sus playas y montañas buscando el amor perdido en su juventud. Y Rivera era un político catalán que tenía su sede central en la ciudad de los prodigios. Y Madrid era una ciudad que le había hastiado durante demasiados años con compañías a las que había terminado por aborrecer.

El brujo murciano entró en la sede de Ciudadanos a mediodía. Había llegado a la hora exacta, ni un minuto más ni un minuto menos. La puntualidad era una de sus virtudes, la impuntualidad de los otros algo que detestaba. No obstante, mientras permanecía en la sala de espera pudo hablar con Alberto Garzón, que le llamaba con la voz compungida y con la esperanza de que el cociente que manejaba Cascales le fuera más propicio que los dados. No lo era, por mucho que considerara al líder de IU como un gran tipo.

–Por cierto —preguntó Cascales—, ¿cuántos diputados te han dado los dados?

–Dos —respondió Garzón—. Con tu maldito coeficiente, uno.

–Te basta, Alberto. Tú eres el futuro.

Andrés Cascales desconectó el teléfono con la convicción de que sus palabras no eran bálsamo inmediato para la desazón del joven líder izquierdista. La soledad, su soledad, la soledad de los demás… El brujo murciano había vivido durante demasiados años la tortura de la soledad, la imposibilidad de sentir nada parecido en su corazón al amor o a la verdad. Pero su soledad era inconmensurablemente más dolorosa que la de cualquier otro mortal. Treinta y cinco años ya sin verla, sin sentirla, sin enredarse en sus piernas. Lo de Garzón era otra cosa.

–¿Señor Cascales? Albert Rivera le espera —interrumpió sus pensamientos un joven imberbe de poco más de veinte años—. ¿Me puede acompañar?

Nuestro hombre siguió al joven a un despacho no muy amplio pero muy luminoso. A través de la ventana se veían árboles alineados que ocultaban intermitentemente las fachadas de los edificios. Detrás de la mesa del despacho estaba sentado Albert Rivera.

–¿Conoce Barcelona? —preguntó el líder de Ciudadanos mientras extendía el brazo hacia atrás, como queriendo enseñarle con un solo movimiento la belleza de la ciudad.

–Por desgracia no lo suficiente —respondió Cascales—. Lo normal. El puerto, las Ramblas, algunas cosas de Gaudí.

–¿Y el Camp Nou?

–No me gusta el fútbol.

–Lástima. ¿Tiene algo para mí? Mi gente en Murcia le adora. Se ha convertido en imprescindible para sus iniciativas parlamentarias y para sus exigencias de cese de políticos corruptos. Usted y sus dados.

–Quiero regalárselos. Ya lo hice hace varios años con Alberto Garzón. He servido demasiado tiempo a socialistas y populares y, no sé, siento que debo purgar mis pecados.

–Pero usted se guarda un secreto, ¿me equivoco? Un secreto que nadie ha podido sonsacarle: el cociente de corrección. Somos un partido humilde, ya sabe. Es como si nos regalara un software gratuito y luego cobrara por el profesional. No sé si me explico.

–Se explica perfectamente. Pero esos son cosas que me llevaré a la tumba. Soy el último superviviente de mi estirpe. No tendré descendencia y la brujería se transmite por la sangre.

–No me interesa su oferta, señor Cascales. Ciudadanos es el futuro y usted lo sabe. Ofrézcame también el cociente de corrección y podremos hablar de negocios.

Andrés Cascales miró a través de la ventana. Unos albañiles subidos en un andamio picaban la fachada de un edificio. Más arriba, oteaba un retazo de cielo con una nube blanca prendida de la luz de la ciudad. En el interior de la nube creyó ver sarmientos y besos de mujer, un anillo, risas y abrazos a la orilla del Mar Menor. ¡Treinta y cinco años de soledad con todo el dinero del mundo!

–¿Me escucha señor Cascales?

–Perfectamente, Albert, ¿Le puedo llamar Albert?

–Sí, por supuesto. ¿Qué opina de mi oferta? Quiero el cociente de corrección. Le ofrezco un plácido retiro.

El brujo murciano sacó del bolsillo de su pantalón los dados de siete caras y los puso encima de la mesa.

–Aquí los tiene. Suyos son. Pero el índice de corrección es mío y de mis antepasados. Son muchos siglos de tradición, no hace falta que se lo diga. Si le gusta la pintura, reconocerá en la muerte el pincel de Brüegel el Viejo. La codicia y la muerte hacen buen apaño. Buenos días, Albert.

Andrés Cascales se levantó de la mesa. Miró por última vez la nube blanca que se transparentaba filtrando los rayos del sol. Se sentía viejo y cansado. Recordó las últimas palabras de su amada, mientras contemplaban el nacimiento de la luna entre las islas Perdiguera y del Barón, antes de que marchara a Sabadell y no volviera a verla nunca: “Sé tú mismo, Andrés. Que el canto de las sirenas no te enreden en sus verdades. Nunca serán las tuyas”.

–Dime al menos el cociente de corrección que aplicas a Ciudadanos.

–¿Cómo se llega a Sabadell?– preguntó el brujo murciano mientras abandonaba el despacho– ¿Alguien me puede decir cómo se llega a Sabadell?

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El Petardo

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