Número 58, Opinión, Sergio Rodríguez
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Rajoy, hombre de casino

Una tertulia de Casino en el Madrid del siglo XIX.

Por Sergio Rodríguez

SERGIO RODRIGUEZ

Sergio Rodríguez

Ay, aquellos casinos de pueblo donde se reunían los señoritos y mandamases del lugar, mayormente de provincias, para fanfarronear, intrigar y decidir. Ahora ya no quedan casi. Está ese de lujo en la Gran Vía, donde te obligan a llevar corbata para cenar (y si no la llevas te dejan una cortésmente en el ropero para que no desentones). Pero queda su espíritu caciquil y provinciano. Rajoy, por ejemplo, es muy de provincias. Y de puro baboseado de casino. Y de mentalidad de brazos cruzados. Y de piernas también cruzadas cuando está sorbiendo su puro e impregnándolo de saliva siseante y, seguramente, soltando pequeñas gotitas al hablar, como pequeños pensamientos débiles e incompatibles con una inteligencia de homínido superior. Él es alto y bien desarrollado porque ha tenido una buena alimentación; ha debido de comer mucha carne de ternera gallega, incluso de buey añejo. Pero su intelecto no ha ido en proporción y se ha quedado ahí adherido, como un percebe pequeño que no da la talla.

Rajoy es el moderno conde de Mayalde, de quien su propio padre dijo, cuando le nombraron alcalde franquista de Madrid, que en casa ya sabían todos que no era muy listo, pero que desde aquel momento se iba a enterar todo Madrid. Se lo dijo a su mujer, a la madre que parió a aquel hombre elemental y cruel al que no le importaba otra cosa que no fuera su mundo privilegiado. De la madre de Rajoy, sin embargo, nadie se acuerda, solamente se acuerdan algunos indignados y cabreados bolivarianos en su dimensión de insulto, pobre mujer. Y es que las mujeres no podían entrar a los casinos. Será por eso que no han dejado ir al casino de la calle Génova a la Barberá. No sé, estaba la Cospedal, creo, que es como una dama de ropero de la beneficencia. Y doña Fátima, la devota. Pero de los roperos ya hablaremos otro día. Después de las terceras…

Además de como el conde de Mayalde, por lo poco listo, también es como Romanones pero en peor. Me contó un amigo que vivía en la Alcarria que un día el conde se paseaba por sus tierras, allí cerca de las famosas tetas de Viana de Mondéjar, y que escuchó a un pastor que gritaba a otro en la distancia: “¡Romanones! ¡Romamones!”. El conde, intrigado, le preguntó entonces al pastor si conocía a alguien con aquel apellido, a lo cual el interpelado le respondió: “Qué va, hombre, es que aquí Romanones quiere decir hijo de fulanita de tal… ¿sabe usted?” Pues eso. Como dice otro amigo: todo tonto acaba resultando un repelente peligroso. Y un hijo de su madre.

La prole. Nuestros hijos crecen huyendo hacia arriba, dijo alguien. Y, a veces, tan alto y tan lejos que se hace duro seguirlos y hay que adivinarlos, imaginarlos, intuirlos. La sangre común, como un río con afluentes, que también a veces toma caminos imprevistos y nos da sustos, como un torrente indominable.

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