Humor Gráfico, Luis Sánchez, Luis Sánchez, Número 58, Opinión
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Orgullo y poder

Por Luis Sánchez

Luis Sánchez

Luis Sánchez

La combinación televisor-sofá ha hecho más daño al movimiento obrero que cualquier otro opiáceo (natural o sintético). Añádasele a eso, poca cosa más: unas palomitas de maíz y una cerveza fresquita. El tafanario, pegado al asiento; como que de ahí no te mueve ni el mullido Dios todopoderoso: inercia y comodidad, caldo de cultivo para la crianza de “almorroides”, versión profética de los recientes recortes, a caballo entre almorranas y hemorroides. Pero no nos pongamos estupendos, porque aún nos tienen que dar por delante y por detrás un montón de veces más. ¡Ah, bueno!, y al alcance de la mano, el cetro imperial, convertido, por arte de birlibirloque, en mando a distancia, para disponer del mundo y sus maravillas a nuestro antojo: entretenimiento bobalicón sin principio ni fin.

Algunas veces, hasta te levantas, vas a la cocina y te preparas un bocadillo con lonchas transparentes de chorizo (estás a final de mes cada día del mes), sales, regresas a tu lugar de origen y allí, frente a la pantalla, pegas el primer bocado y te sientes Superman; pero solo eres un proletario en apuros, chaval.

Por supuesto, la televisión en sí –por sí y para sí– no es buena ni es mala –afirman los entendidos–: depende del uso que hagas de ella. Vamos, algo así como la nitroglicerina, que la puedes utilizar como vasodilatador, facilitando el trabajo al corazón, o bien la puedes utilizar como explosivo, destrozando al personal en mil pedazos. Quienes así piensan lo hacen de un modo perverso, pues saben que los usuarios de la tele son ya teleadictos; pero es que, además, se sacuden toda responsabilidad de encima y se la endosan al espectador.

De los tres cometidos de la caja tonta, informar, entretener y educar, el que más provecho ha sacado es el de entretener, ya que hasta la información (“no hay peor mentira que una verdad a medias”) se está convirtiendo en puro entretenimiento (ligereza, frivolidad, alarma, impacto…). ¡Cuánto echo de menos la sobriedad casi ascética, pero siempre cálida, de Felipe Mellizo, en los telediarios de la Segunda Cadena! Y su honradez, su rigor, su inteligencia… En una ocasión, hace muchos años (probablemente, en 1984 o 1985), todavía vivía, claro, porque de haber muerto, no se lo hubieran permitido en la vida, en una ocasión–digo– anunció el comienzo del Carnaval de Río. Y todos esperábamos, boquiabiertos, esos cuerpos monumentales de la Escuela de Salgueiro moverse con una incitación pecaminosa; pero, ¡hostia puta!, por la pantalla nos tuvimos que tragar antes los cuerpos malnutridos de los niños de las favelas. ¡Qué cabrón!, nos enseñó de una tacada las dos caras de Brasil. ¡Toma, zika! Por cierto, muy recomendable, Literatura y enfermedad, del propio Felipe Mellizo, y también este otro: Últimas noticias sobre el periodismo. Manual de periodismo internacional, de Furio Colombo.

Y, cambiando de tercio (o de quinto, según la sed), me pregunto dónde ha quedado el orgullo obrero, porque hay colectivos (de negros, homosexuales o feministas) que sí manifiestan activamente su condición y su derecho a ser lo que son; pero hoy, muchos asalariados parece que se avergüenzan de serlo. De repente, en un descuido, se me cuela por la ventana la célebre canción Soy minero, de Antonio Molina, ¡una voz prodigiosa! Afino el oído, escucho la letra y pienso para mis adentros: “He aquí el hombre; un hombre que proclama bien alto quién es, y se siente orgulloso de ello”. Y, dejándome llevar por un pálpito en lontananza, veo a miles y miles de trabajadores, orgullosos de sí mismos, unirse en una empresa común: la de arreglar el aparato del Estado. Y por aquí y por allá acuden con sus herramientas fontaneros; electricistas; albañiles; carpinteros; dentistas, también, coño; abogados; ingenieros… y hasta poetas y filósofos, poniendo cada uno su granito de arena, para levantar alfombras, desatascar cañerías, limpiar cloacas, ampliar estancias, iluminar despachos, cerrar puertas giratorias, acabar con pasillos laberínticos… Sí, ¡qué bonito! Pero bonito del Norte, y caballa del Sur, y atún al tuntún, y bacalao al pil-pil, y salmón al pimpón, y merluza sin caperuza… Me voy al salón –no pienso conectar la tele–, busco en el revistero y saco, por azar, un viejo tebeo… Allí aparece Carpanta, frotándose las manos, segregando saliva, listo para mover el bigote… ¡Buen provecho!

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