Artsenal, Humor Gráfico, Número 57, Opinión, Xavier Latorre
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Malditos rencorosos

Por Xavier Latorre / Ilustración: Artsenal

XAVIER LATORRE

Xavier Latorre

Formo parte de una estirpe social de rencorosos y resentidos. Tenemos mal perder. Y se nos pone el cuerpo fatal. Ha habido barra libre de miedo. El temor al Brexit; las insidias de Fernández Díaz; y los pagos en diferido de Montoro (liquidando facturas a su antojo como si el dinero fuera suyo), todo, todo y más, ha tenido que ver, según los más listos de la clase, en el resultado de los pasados comicios. En la Comunidad Valenciana han exagerado los rumores de que los colegios de curas se van a acabar o que los toros por la calle se van a prohibir. Algunos arzobispos, que reparten excomuniones plenarias, también han dictaminado la condena eterna para el voto descarriado. El pánico de algunos electores a las hordas rojas del pueblo unido les indujo a invertir en el valor refugio de las siglas del PP, pese a todo lo que ha llovido. La gente ha votado lo que más miedo da realmente: cuatro años más de PP. ¡Qué Dios les coja confesados!

Al parecer, no han tenido bastante. La subida del PP es un indicador, sin que ellos lo sepan, de que la revuelta social, la contestación y la rebelión “popular” están a la vuelta de la esquina. Los fieles electores del PP, de forma inconsciente, puede que le hayan hecho un gran favor a las políticas del cambio. La indignación subirá su cotización y las personas que ya no pueden más, que miran atónitas las deudas con Hacienda de ricos y famosos, podrían reventar las cañerías del Estado. Entonces, a lo mejor, los sondeos también fallan, y los institutos de opinión no se dan por enterados del mal humor generalizado.

Un nuevo Gobierno de Rajoy incrementará la desigualdad hasta niveles intolerables. La situación de desamparo social se volverá insostenible. Cada nuevo rico que se fabrique lo será a costa de muchos conciudadanos que se darán cuenta, ya muy tarde, del timo que les han pegado unos poderosos anegados de causas sospechosas y artimañas ilegales pergeñadas por unos prestigiosos abogados de la Castellana. Continuarán privatizando por una pasta unos servicios públicos previamente degradados. La gente se ha tragado, inocentemente, el cuento de que De Guindos, o un fondo buitre representado por el hijo de Aznar, se van a apiadar de ellos. Iremos pagando agujeros contables, que han descosido el presupuesto, hasta que todo pueda estallar.

En este país la insumisión fiscal recibe premio. Hay millones de papeles comprometedores que reflejan cómo las grandes empresas anuncian solo pequeños beneficios para que el grueso de sus ganancias queden alojadas en algún lugar seguro, a la espera de otro masivo perdón de la Hacienda Pública. Son maniobras financieras para permitir que se hagan inversiones de saldo o se paguen caprichos sin IVA. Mientras, el PP no ha tenido remilgos en demonizar al inmigrante, en crear inframundos denominados CIE (¡bravo por el Ayuntamiento de Barcelona por desmontar ese sucedáneo de prisión cutre!) y en hacer oídos sordos al llamamiento de miles de refugiados que huyen de guerras artificiales enquistadas.

El nuevo Gobierno del PP seguirá confundiendo caridad con solidaridad y simularán que se ayuda al que se ha quedado tirado. España ha votado continuidad. Ahora, los rencorosos echaremos de menos una ley lectoral más justa, un lavado de cara constitucional, una legislación laboral menos aberrante, una reforma fiscal profunda, una rentas sociales para los que no llegan a fin de mes, unas soluciones habitacionales para los jóvenes… El tren de la modernidad pasó, por desgracia, de largo, como tantas veces en la historia de España. No seremos pioneros en nada. Sin embargo, puede ser que pronto quien tiemble sea Rajoy. No sería de extrañar que un día el miedo cambie de bando. Y entonces ya, quizá, ninguna reforma resulte suficiente.

Los rencorosos solemos vivir menos años, somos de longevidad corta, como los solteros, los fumadores o los impacientes. Con estos disgustos nada es de extrañar. Luego dirán que algunos, mala gente, no sabemos aceptar el veredicto de las urnas. Pues será que no, oiga.

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