Lidia Sanchis, Opinión, Relatos cortos
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Microrrelatos para leer en el tren

Por Lidia Sanchis

LIDIA SANCHIS buena

Lidia Sanchis

Amor y punto

Deja unos puntos suspensivos en cada encuentro, así, como de propina, aunque ella amó sus puntos y comas desde el principio. Gracias a ellos parecía que todo lo que fuera a acabar, continuaba. Eran como una señal entre ambos que pocas de sus anteriores parejas supieron apreciar. La mujer se desnudaba cada vez con un “te quiero” al que el hombre respondía invariablemente con un “lo sé”. Ella temía el día del punto y final y por eso saboreaba cada cita como si fuera la última.

Fátima

Las palabras que ha aprendido por la noche las olvida por la mañana. Su madre le susurra con dulzura “muñeca”, “pan” y “azúcar”, quedamente, con cuidado de no despertar a sus hermanos, con una voz que quiere ser la misma con la que hace unos meses le contaba cuentos en la luminosa habitación de su casa. Pero en cuanto amanece y la pequeña Fátima pone un pie fuera de la tienda de campaña, todos sus sueños quedan sepultados en el barro.

Quien ríe el último…

“¡Cuánta fuerza y qué poca puntería!” es una de las típicas expresiones de mi mujer. Por la noche, en el sofá, exclama ¡quien mucho abarca, poco aprieta! y entonces sé que he cometido algún error y que hay que irse a dormir. Por la mañana no dice buenos días sino “más vale pájaro en mano que ciento volando” en un tono que me deja temblando toda la jornada. Créanme: hasta el hombre más bueno del mundo tiene un límite. Así que no quiero ni imaginar qué frases saldrán de su boca cuando sepa que me he largado y que además me he llevado a la niña.

Amantes

El mensaje era claro, conciso, breve y letal: no insistas, decía.

Aun así la llamé.

–No me dejes–, lloré al teléfono. Sin ti mi vida no tiene sentido.

Su voz sonó como un cuchillo.

–Se acabó.

Hice un último esfuerzo por convencerla. Reviví nuestros encuentros con la excusa de llevar a los niños al cine y lo felices que fuimos aquel agosto que nos quedamos en Madrid. Gimoteé. La amenacé, desafiante, con que nadie le iba a dar tanto placer como yo. La llamé cobarde. Le supliqué que no me dejara.

Por fin escuché un sollozo.

–Te querré siempre, pero mi marido no puede vivir sin mí. Y el tuyo, tampoco.

Qué nos ha pasado

Sin saber por qué, le di un puñetazo. Observé su rostro desdibujado y sus ojos, pequeños sin maquillar,  que me miraron con más asombro que dolor. Del golpe se le abrió la bata: desnuda tenía una figura emborronada y pálida.  Ella abrió la boca para protestar. Pero la cerró enseguida porque comprendió que ya no había remedio.

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