Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 58, Opinión
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La memoria de las calles

Por Lidia Sanchis / Ilustración: L’Avi

LIDIA SANCHIS buena

@lidia_sanchis

Hay una calle en mi pueblo por la que nunca paso. Es una calle estrecha, de aceras altas, donde las mujeres salen al fresco y a bordar las mantelerías para el ajuar de sus hijas o de sus nietas (un punzón hecho con hoja de pita para ojales y bodoques en la mano). Y mientras hablan de esto y de lo otro están a la faena: guipur, hilo, godets, encaje, tafetán, seda, calados, bordados y lazos. Su lenguaje es muy técnico y especializado y aun así sopla una brisa de buen humor en el ambiente, como si en esta tarde de verano hubieran quedado suspendidas penas y preocupaciones, duelos y quebrantos del invierno que llegará inexorablemente.

Pero yo por esa calle no paso. Y si bajo por el cruce, me cambio de acera mucho antes de llegar a la calle para alejarme todo cuanto pueda. Pero incluso con esta maniobra pueril no consigo más que mitigar por un momento el peso de la memoria.

De reojo veo a Elvirín, que toma el fresco en la puerta falsa de su casa, sentada en una silla de enea. En una copia diminuta de ese asiento está subida una niña. La abuela que ya es esa mujer, aunque se llame Elvirín, está trenzando con delicadeza el cabello a una de sus nietas: el gesto serio de la abuela, el rostro adusto, afilado por los años, los labios apretados, adelgazados. La mujer, concentrada en la tarea; la niña, con su vestido blanco salpicado de pequeñas flores rojas, quieta por un rato.

Digo que observo de reojo y no miento. Porque no necesito transitar esa calle para saber que todo eso ocurre: que una abuela está trenzando, concentrada, el cabello de su nieta; que unas mujeres bordan el ajuar para sus hijas; que unos niños suben y bajan de la acera mientras cantan una canción (seguro que será la misma); que un hombre viejo apoya el respaldo de la silla en la fachada de su casa y con las otras dos patas en el aire –un equilibrio difícil pero sostenido– pasa toda la tarde asistiendo a la conversación de las mujeres –boca cerrada, un palillo en la comisura de los labios– en silencio, pero es él quien marca el momento de la retirada, el que dice que ya es la hora, que habrá que entrar en casa e ir preparando la cena. Como siempre ha sido.

No; no quiero pasar por esa calle de un pueblo sin mar, pero rodeado de huertos de naranjos que atemperan el sofocante calor de julio. En esa calle todo aún era posible. Y ahora, que vivo aquí cerca, siento que me he ido muy lejos. Lejos de la niña y de sus trenzas; de la abuela que hace ojales y bodoques con una hoja, reseca, de pita; de los niños que conducen triciclos empujados con los pies; de abuelos que no despegan los labios salvo para decir que ya es hora de recogerse.

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L'Avi

@AviNinotaire

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