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‘La condesa de Hong Kong’, el amor incomprendido de Charles Chaplin

Fotograma de la película La condesa de Hong Kong (1967), de Charles Chaplin.

Por Oliver. Domingo, 17 de julio de 2016

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El éxito de Chaplin entre historiadores y críticos de cine se ha debido siempre a un malentendido. Sus viejos films se apreciaban gracias a unos valores literarios, ficticios o cuanto menos anecdóticos, en nombre de los cuales se rechazaron sus últimos trabajos, del mismo modo que se desprecia el Persiles invocando el Quijote. Se dice que La condesa de Hong Kong es una película anticuada a pesar de que el propio Chaplin afirmó que su estilo era fruto de investigaciones personales y en consecuencia no debía nada a nadie. A Chaplin se le consideró siempre como un caso aparte en el cine, un genio por méritos propios, y se le niega con esta última película la posibilidad de integrarse a un cine “tout court”, aun cuando, como decía Godard, lo ha descubierto todo en él. Por lo demás, no sé si La condesa de Hong Kong es mejor o peor que otras películas de su autor, pero responde a la misma sensibilidad que su obra anterior y en ella Chaplin sigue siendo Chaplin.

En primer lugar, la historia de Natascha (Sophia Loren), una bailarina de cabaret que se enamora de Ogden (Marlon Brando), un diplomático americano que la admiraba cuando estaba borracho y la desprecia cuando está sereno, responde a una situación nada extraña en las películas de Charlot. La caracterización de los personajes (la escena en que Natascha finge leer un libro que tiene al revés) y singularmente la dirección de actores (el gesto de Marlon Brando al darse cuenta de que tiene la manga del pijama en la mano) proceden directamente del personaje de Charlot. Las abundantes notas groseras que salpican la película tampoco son ajenas al vagabundo chapliniano, que nunca se distinguió por su finura y buenos modos. La patética despedida de Ogden y Natascha en el hotel Waikiki, donde el respeto por las apariencias les obliga a contener sus sentimientos, encuentra amplias resonancias en el estilo de Chaplin de cualquier época. Y además, como la mayoría de sus films, La condesa de Hong Kong es una película sobre la inutilidad.

En efecto, Chaplin construyó su película sobre la idea de la vaciedad de los personajes y la inutilidad de sus actos. Las primeras escenas del barco, en las que los personajes corren de un sitio a otro para volver al punto de partida, con su caprichoso abrir y cerrar de puertas al ritmo de un ballet burlesco, son de una rara perfección que recuerda a Max Ophuls. Como los de Madame De, los protagonistas de La condesa de Hong Kong derrochan la mayor cantidad de energía para obtener el menor provecho. Las relaciones de Ogden y Natascha, que forman el eje de la película, vienen determinadas por el único deseo de evitar un escándalo que al final importará muy poco. La boda de Natascha con el mayordomo de Ogden, el único acto positivo que se realiza en el film, resulta en definitiva inútil en todos los sentidos, incluso para el mayordomo que, contra sus deseos, no llegará a ver la boda consumada.

la condesa

♦ Un diplomático americano, Ogden Mears, regresa en barco a su país y descubre que en su camarote se esconde una hermosa mujer sin pasaporte que resulta ser una condesa rusa, Natascha, que logró colarse en el barco en Hong Kong y que desea llegar a Estados Unidos para iniciar una nueva vida. Deciden casarla con el mayordomo para regularizar su situación pero finalmente triunfa el amor entre Natascha y Ogden.

La referencia anterior a Persiles no es caprichosa pues como la última novela de Cervantes, el último film de Chaplin está basado totalmente sobre las propias estructuras narrativas. Libre de todo condicionamiento literario, su estilo, en algunos aspectos comparable al de Cortina rasgada de Hitchcock, es de una nitidez absoluta. La forma desnuda es lo que importa. Sabia fórmula que nos refleja de la manera más directa posible el escepticismo de Chaplin respecto a la mayor parte de los temas que antes le habían preocupado. El discurso del diplomático americano durante la rueda de prensa que celebra en su camarote es muy ilustrativo de la actitud de Chaplin. Mientras Ogden habla de la paz y de la buena voluntad de los hombres, se da cuenta de que tiene en su mano la manga que acaba de arrancar al pijama de Natascha, su secretario (Sidney Chaplin) rocía de champán a un periodista y Natascha es descubierta en el cuarto de baño. En la escena siguiente, Ogden y su secretario tratan con Natascha las medidas oportunas para librarse de ella y evitar el escándalo. El balanceo del barco (que la cámara refleja en un preciso vaivén que pone en evidencia el desequilibrio moral de los personajes) acaba con todos ellos vomitando en las escotillas del camarote. El viejo camarero, que interpreta el propio Charles Chaplin, los contempla con indiferente desprecio.

la condesa de hong kong

Charles Chaplin dando indicaciones a los actores en un momento del rodaje.

Bajo formas muy distintas, las últimas películas de Chaplin tienen una firme base autobiográfica o documental: Candilejas era un exorcismo contra su miedo al fracaso; Un rey en Nueva York (de la que no habla Chaplin en su autobiografía), una confesión muy amarga sobre su desengaño político; La condesa de Hong Kong es una rotunda afirmación de su necesidad de amor. Cuando anunció su rodaje, Chaplin dijo que iba a hacer una película romántica y, en efecto, el sentimiento amoroso es lo único que respeta Chaplin en un film en el que se burla de su filosofía, de la política y de todo el mundo. De las frívolas escenas situadas en Hong Kong a la fascinación romántica que se inicia en el encuentro de Sidney Chaplin y Sofía Loren en la playa de Waikiki (digna de los más encumbrados momentos de Douglas Sirk) media un abismo. El que va del cínico Chaplin que abandona América al que encuentra el amor y la alegría de vivir en un rincón de Suiza. Al final de La condesa de Hong Kong, Ogden renuncia a su puesto de diplomático porque prefiere ser feliz a ser presidente. Como en su autobiografía, Chaplin acaba con un canto al amor y al optimismo. Hermoso final para una obra que rara vez encontró el amor que siempre buscó.

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