Artsenal, Humor Gráfico, Número 58, Opinión, Óscar González
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Joey, ¿has estado alguna vez en una prisión turca?

Por Óscar González / Ilustración: Artsenal

Óscar González

@Morgoski

Cuando la Unión Europea decidió sacarse de encima a los desplazados sirios poniéndolos en manos de la Turquía de Erdogan, algunos nos echamos las manos a la cabeza pensando en las implicaciones que ello podría tener para los propios huidos: la escasa afición del primer ministro turco a los derechos humanos, sumado a algunos de sus flirteos con la censura, en la forma de periodistas encarcelados y otras lindezas por el estilo, nos hacían temer que los refugiados podrían ser el blanco de los excesos totalitarios del personaje en cuestión.

Fueron muchos los que nos dijeron que los que nos quejábamos (¡putos locos!) por tener a los sirios hacinados en campos de concentración y a los que tampoco nos servía la solución final de la UE éramos los de siempre, “los del no”, los heraldos del apocalipsis que nunca da llegado. Para una parte importante de la ciudadanía española, Tayyip Erdogan es un aliado, Turquía un país democrático y su participación en la OTAN da una especie de certificado de confiabilidad, como si la OTAN no hubiese amparado crímenes terribles bajo sus enaguas. Cuando la información y la propaganda se mezclan, es fácil vender perro por liebre.

Me gustaría poder charlar un rato con algunos de esos demócratas convencidos del escrupuloso respeto de Erdogan al pluralismo y la tolerancia tras el extraño golpe de estado sufrido por el país mediterráneo el pasado viernes. Me gustaría preguntarles si no hay nada en lo ocurrido que les rechine un poco, si no aprecian ninguna extraña coincidencia o alguna casualidad demasiado afortunada, porque, personalmente, lo único que soy capaz de concluir tras el breve conato de revuelta es que el único que ha salido beneficiado con el asunto es el propio Erdogan, y que su manera de gestionar los días posteriores a la algarada no auguran precisamente una pasión turca por las libertades civiles.

Desde el propio desarrollo del golpe, que en tiempo real se extendió poco más de cinco horas, hasta la agilidad del ejecutivo turco para elaborar listas de indeseables a deponer o encarcelar, todo parece fluir en un relato ordenado que no encaja demasiado bien con el caos en que uno puede suponer que se queda un país después de que los tanques tomen las calles y se produzcan enfrentamientos armados que dejan más de doscientos muertos. Las escenas del pueblo saliendo a la calle a defender la democracia a petición del líder turco parecen más dignas de una película de John Ford o de un Eisenstein que de una realidad cuya épica no suele estar a la altura de la propaganda en celuloide, pero viste muchísimo cualquier cosa a la que se le quiera pegar la etiqueta de “democrático”. El pueblo defiende su libertad. Épica pura.

Desmontado el levantamiento, fue rápido el dedo acusador en señalar a Gülan. Sorprende que un servicio de inteligencia tan eficiente no haya sido capaz de desbaratar un golpe de estado en sus fases previas, pero bueno, las coincidencias existen y, según parece, tienden a agruparse, porque a las ya mencionadas hay que añadir una purga en el sistema judicial que aparta de sus funciones a casi tres mil jueces y magistrados, así como a otros treinta mil profesores, catedráticos, periodistas, funcionarios, civiles y militares. Todo ello en menos de cinco días y acompañado de un estado de excepción y la intención de recuperar la pena de muerte. Democracia de la “güena, güena”.

Me van a perdonar si todo esto les parece mera conspiranoia, pero como me decía hace unos días una periodista de Europa Press, no creo mucho en las coincidencias.

Ya somos dos, fíjense… ¡qué coincidencia!

*Títular del artículo sacado de la película Aterriza como puedas

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Artsenal

@ARTSENALJH

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