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Hillary Clinton, igualdad de género y elecciones presidenciales en EE.UU

Bill Clinton junto a su esposa Hillary en un acto del partido demócrata.

Por María Solanas Cardín. Domingo, 24 de julio de 2016

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La elección de la primera mujer candidata de uno de los dos grandes partidos a las elecciones presidenciales de EE.UU de 2016 podría muy bien tener un impacto en la promoción de la igualdad de género en las políticas internas y la política exterior. La designación, por primera vez, de una mujer como presidenta de EE.UU tiene, en sí misma, un carácter histórico y un efecto simbólico notable, al tratarse de la primera potencia económica y el país con mayor presencia global del mundo. Pero la nominación es, además, un avance considerable en un país en el que la brecha de género es profunda (en particular en la participación política) y que se sitúa, sobre un total de 145 países, en el puesto 28 del ranking que elabora el Fondo Económico Mundial de Davos (tres puestos por debajo de España). Por otro lado, la ampliación de los derechos de las mujeres –fundamentalmente económicos y sociales– y las promesas de cambios legislativos para promover la igualdad de género (en materia salarial, de lucha contra la violencia contra las mujeres y de salud reproductiva) han alcanzado cierta relevancia, al encarnar uno de los ejes de la campaña de la candidata demócrata, Hillary Clinton. La eventual elección de una mujer al frente de la presidencia de EE.UU podría impulsar una mayor participación política de las mujeres en el gabinete presidencial (que actualmente sólo incluye a cuatro mujeres frente a 17 hombres) y contribuir a la promoción de la igualdad de género también en la política exterior estadounidense. En términos de comportamiento electoral, el voto de las mujeres será clave en el resultado de las elecciones presidenciales del próximo mes de noviembre, pues en este ámbito la brecha de género ha alcanzado 10 puntos porcentuales (en la reelección del presidente Barack Obama, el 55% de sus apoyos procedieron de las mujeres, frente al 45% de los hombres).

El ranking que elabora el Foro Económico Mundial de Davos en su Informe global de brecha de género sitúa a EE.UU en el puesto 28,3 tres puestos por debajo de España, de un total de 145 países para los que se elabora el informe. Esta posición, por debajo de la mayoría de los países europeos, representa además una pérdida de ocho puestos desde 2014, en buena medida debido a la percepción del aumento de la brecha en materia de igualdad salarial y al menor número de mujeres en puestos de nivel ministerial.

Desagregando por subíndices, si bien EE.UU estaría alto (y por encima de la media) en participación económica y oportunidades (aunque puntuando en el puesto 74 en percepción de igualdad salarial) y casi roza la igualdad de género en materia de educación y de salud, está muy por debajo en el ámbito de empoderamiento político (subíndice en el que, por otro lado, persiste una mayor brecha de género en términos globales). En términos comparativos, EE.UU estaría muy por debajo de España en esta última dimensión, situándose en el puesto 72 de los 145 países recogidos en el informe, frente al 26 en el que estaría España.

Según el informe The power of parity: advancing women’s equality in the United States, elaborado por Mackinsey Global Institute, EE.UU tiene alta o muy alta desigualdad de género en indicadores como el de liderazgo y posiciones directivas, cuidados no pagados, participación política y violencia contra las mujeres, entre otros.

Las mujeres tienen una baja presencia en el Congreso y en el Senado, con un porcentaje que apenas llega al 20%. Sólo 104 parlamentarias (el 19,4% del total de 535 miembros) o, lo que es lo mismo, 20 senadoras (el 20% del total) y 84 congresistas (el 19,3% del total). Tradicionalmente, la brecha de participación política ha sido elevada. Por citar el ejemplo del Congreso, a lo largo de 45 años se ha logrado sólo el 19% de mujeres congresistas (mientras en España el porcentaje de diputadas alcanza casi el 40% en el Congreso).

La elección de una mujer como candidata de uno de los dos grandes partidos ha sido, por tanto, un avance notable en un país en el que la presencia de las mujeres en el poder legislativo es muy baja. En el poder ejecutivo de los estados, las cifras son aún menores: sólo cinco gobernadoras frente a 45 gobernadores en el total de los 50 estados estadounidenses, lo que representa aproximadamente el 11%. En España, de las 17 comunidades autónomas, cuatro están presididas por mujeres, lo que constituye el 21% del total.

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En un escenario en el que la brecha de género en la participación política es tan elevada, la elección de una mujer como candidata a la presidencia de uno de los grandes partidos es, independientemente de las preferencias políticas de la ciudadanía estadounidense, un paso histórico en el país, con efecto e impacto en el avance de las posiciones de liderazgo político de las mujeres.

El género ha dejado de ser un obstáculo

A pesar de la brecha de género que persiste en EE.UU en el ámbito de la participación política, los estudios de opinión recientes muestran una evolución positiva hacia la posible elección de una mujer como presidenta, de manera que el género no es visto como un obstáculo o como un inconveniente por parte de los votantes estadounidenses. No obstante, hay importantes matices en función del género de los encuestados y del partido político con el que se identifican.

La encuesta de Pew Research Center elaborada en noviembre de 2014 muestra que el 69% de las mujeres demócratas, el 20% de las republicanas y el 45% de las que se califican como independientes confían en ver, en algún momento a lo largo de su vida, a una mujer en la Casa Blanca; también lo creen el 46% de los hombres demócratas, el 16% de los republicanos y el 32% de los independientes.

La evolución de los últimos 10 años muestra un avance sostenido y progresivo respecto a la consideración del género como un posible obstáculo para la elección al más alto puesto del liderazgo político en el país. En esta campaña a la nominación la candidata demócrata, Hillary Clinton, destacó su género como elemento valioso de su candidatura, así como un conjunto de iniciativas de su trayectoria personal y política conectadas con la promoción de los derechos de las mujeres y las niñas y la igualdad de género, en particular su participación en la IV Conferencia Mundial de Naciones Unidas sobre las Mujeres celebrada en Beijing en 1995, y algunas de su etapa más reciente como secretaria de Estado, como la creación del puesto permanente de embajador/a para asuntos globales de las mujeres y el lanzamiento de la primera estrategia de EE.UU en materia de mujeres, paz y seguridad. Así, en el marco de la campaña electoral, la promoción de la igualdad de género se plantea como un valor que suma y no como un inconveniente que pudiera restar apoyos electorales a la candidata.

Si en la campaña a la nominación que perdió frente a Barack Obama, en 2008, Hillary Clinton declaró que “no competía como mujer”, ocho años más tarde la candidata ha subrayado su género como un elemento de identidad de su propuesta –lo que estaría en línea con la evolución que muestran los estudios de opinión, que indican que, para la mayoría de los votantes estadounidenses, ser mujer no constituye, a priori, un obstáculo para la eventual elección presidencial–.

Los derechos de las mujeres: uno de los ejes de la campaña

La igualdad salarial, la ampliación de los permisos de maternidad remunerados (sólo el 25% de las mujeres disfrutan de este derecho en EEUU) y el cuidado de la infancia con un enfoque no sólo basado en derechos, sino también, y sobre todo, económico y de competitividad, ha sido uno de los ejes de la campaña a la nominación de la candidata demócrata. Subrayando que no se trata de “asuntos de mujeres”, sino de asuntos económicos fundamentales para el conjunto de la sociedad, Hillary Clinton ha incluido en su programa compromisos relativos a la defensa de los derechos reproductivos de las mujeres contra cualquier ataque, incluido el derecho de las mujeres a tomar sus propias decisiones de salud, continuar trabajando para aprobar la Ley de Igualdad Salarial, avanzar en garantizar permisos de maternidad (reconociendo que EE.UU es el único país del mundo desarrollado que no garantiza este permiso remunerado), incrementar el salario mínimo en el nivel federal, que afecta especialmente a las mujeres (cerca de dos tercios de los trabajadores que perciben el salario mínimo son mujeres) y la lucha contra la violencia de género, un severo problema en el país norteamericano. Según un estudio de la Asociación Americana de Universidades, una de cada cinco mujeres es agredida sexualmente mientras está en la universidad. Otro dato que demuestra la gravedad del problema es el 22% de mujeres que experimentan, en algún momento de su vida, violencia física severa por parte de un familiar.

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Hillary Clinton ha incorporado también a sus propuestas a la nominación y para la campaña presidencial la promoción de los derechos de las mujeres en todo el mundo, en particular el acceso de las niñas a la educación, la lucha contra la violencia de género y el empoderamiento económico de las mujeres, enmarcando estas iniciativas como medidas que contribuyan a un mundo más seguro, estable y próspero. EE.UU es uno de los pocos países que no han ratificado la Convención de Naciones Unidas para la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra las Mujeres (CEDAW) de 1979.

El posible efecto “arrastre”

Tras la elección histórica de una mujer como candidata de uno de los dos grandes partidos, ha emergido también con cierta fuerza la posibilidad de que Hillary Clinton opte por contar con una mujer como candidata a la vicepresidencia. Más allá de los posibles nombres, y de la oportunidad electoral de que se produzca un two-woman presidential ticket que sería histórico, cabe destacar que el debate y el análisis en torno a esta cuestión se está produciendo más en términos de perfil que en términos de género, lo que sin duda constituye un avance notable. Si bien algunos análisis consideran que este ticket podría no beneficiar electoralmente a Hillary Clinton (según las encuestas la candidata demócrata necesita mayor apoyo de los votantes masculinos, que en este momento apoyan a Donald Trump, el candidato republicano, en un 16% más que a Clinton), la mayor parte de ellos se centran en analizar el perfil de las posibles candidatas, y en particular de la senadora por Massachusetts Elizabeth Warren, a la que se atribuye, más allá de su género, el rechazo que suscita entre los electores moderados y los sectores empresariales del voto demócrata.

En términos de contribuir a estrechar la brecha de género en el poder ejecutivo, parece claro que la eventual elección de Hillary Clinton como presidenta de EE.UU podría tener un impacto directo en el número de mujeres que pudieran formar parte del próximo gabinete. Además del presidente y el vicepresidente actuales, Barack Obama y Joe Biden, de los 15 miembros restantes del gabinete estadounidense sólo cuatro son mujeres: la fiscal general y las secretarias de comercio, de salud y servicios humanos, y de interior, lo que constituye el 23,5%.

La candidata demócrata Clinton ha declarado que, de ser elegida, nombraría un gabinete paritario (como ha hecho recientemente el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, y antes otros gobiernos como el sueco, el finlandés, el chileno de Michelle Bachelet y el español en 2004 y en 2008). Esta medida perseguiría el doble objetivo de promover la igualdad de género y “llevar a Washington un nuevo tono, y una sensibilidad colaborativa”, en respuesta a una de las demandas ciudadanas más transversales, la de disminuir el poder de la burocracia de la capital. Desde 1933 solo ha habido 30 mujeres en el poder ejecutivo –en el gabinete del presidente, con cargo ministerial– de EE.UU.

Una presidencia de EE.UU a cargo de una mujer podría ser un poderoso game changer para la representación política de las mujeres en EE.UU, no sólo por el muy probable aumento del número de mujeres en el poder ejecutivo, sino también por el avance que representa que, tras 240 años de historia, una mujer llegue a la más alta representación política en el país, y el efecto que puede tener en otras elecciones a nivel federal y estatal.

La brecha de género en el voto

La brecha de género en el voto hace referencia a la diferencia entre el porcentaje de mujeres y el porcentaje de hombres que votan por un candidato. Esta brecha de género no es un fenómeno reciente en EE.UU, pues desde 1980 se viene produciendo una distancia, que no ha dejado de crecer. En términos generales, desde esa fecha una mayor proporción de mujeres que de hombres votan preferentemente por el Partido Demócrata. La brecha de género fue de 10 puntos en las elecciones presidenciales de 2012 (las mujeres votaron a Barack Obama en un 10% más que a Mitt Romney), así como en las elecciones de 2000, donde las mujeres votaron un 10% menos a George W. Bush que a Al Gore.

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En el caso de la actual campaña a la nominación, el voto de las mujeres ha tenido relevancia para los candidatos de ambos partidos, aunque con distinto énfasis. Hillary Clinton ha encontrado un apoyo mayoritario entre las mujeres, mientras Bernie Sanders, su principal oponente, lograba el respaldo de las Millenials, las mujeres jóvenes entre 18 y 34 años, que Hillary Clinton no logró atraer. En el caso del candidato republicano, Donald Trump, éste recibió menor apoyo de las mujeres que algunos de sus adversarios, como Ted Cruz y otros. No obstante, esta brecha de género no fue un problema para Trump, pues logró el apoyo mayoritario de los hombres.

El voto de las mujeres (como también el voto de los hispanos, los negros y los jóvenes) será clave para las elecciones presidenciales del mes de noviembre, no sólo porque las mujeres representan aproximadamente la mitad del censo electoral, sino porque el voto de las mujeres, heterogéneo y complejo, es, tradicionalmente, un voto notablemente movilizado y con alta participación. En las elecciones de 2012 las mujeres constituyeron el 53% del electorado. El 55% de los votantes del presidente Obama fueron mujeres, frente al 45% de hombres. Entre las mujeres negras, el apoyo a Barack Obama se elevó al 96%. Ambos candidatos tendrán que apelar al voto de las mujeres (y entre ellas el segmento más difícil será el de las mujeres jóvenes), pues ninguno logrará la elección con un rechazo relevante del voto de las mujeres, cuyas preferencias serán esenciales para inclinar la balanza de la victoria electoral.

En conclusión, la igualdad de género y la defensa y promoción de los derechos de las mujeres y las niñas se ha situado como uno de los ejes de la campaña a la nominación para las elecciones presidenciales, como un factor que aporta valor para el logro de la nominación, y como un atributo positivo de una de las candidatas demócratas, Hillary Clinton. No obstante, habrá que ver si, durante la campaña electoral, la ampliación de los derechos de las mujeres y las niñas continúa siendo un elemento relevante de la candidatura demócrata y si, por ello, la campaña electoral en su conjunto sitúa el foco, en alguna medida, en los temas relativos a la brecha de género. Las ayudas para el cuidado y la educación de los hijos, el salario mínimo, la brecha salarial y el permiso de maternidad remunerado estarían entre los más destacados. No cabe duda de que la elección de una mujer como candidata de uno de los dos grandes partidos constituye, en sí mismo, un hecho histórico y relevante para EE.UU y un avance para la igualdad entre los hombres y las mujeres. En 240 años de historia ninguna mujer había logrado ser elegida para competir en unas elecciones presidenciales para el puesto de más alto nivel de decisión política de un país que, además, constituye la primera potencia económica del mundo, y cuenta con la mayor presencia global, lo que le dota de un efecto simbólico notable.

La eventual elección de Hillary Clinton en las elecciones presidenciales de noviembre puede tener un impacto directo en la promoción de la igualdad de género en el país, con el nombramiento de más mujeres para puestos en el poder ejecutivo –un espacio en el que la brecha de género es amplia– y efectos positivos en la promoción de la participación política de las mujeres en otros niveles de la administración, tanto en el ámbito legislativo (asambleas de los estados), como ejecutivo en los estados, así como en niveles locales.

Adicionalmente, podría tener repercusiones en el ámbito de la política exterior y en la promoción de la igualdad de género en la dimensión internacional, pues cabría esperar una mayor implicación de EEUU en iniciativas en favor del objetivo 5 de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, relativo al logro del empoderamiento de las mujeres y las niñas y la igualdad de género en 2030. El programa de la candidata demócrata califica la igualdad de género como “piedra angular” de la política exterior durante su etapa como secretaria de Estado, por lo que cabe esperar que, en caso de ser elegida, podría dar un nuevo impulso a esta prioridad, ratificando también la CEDAW (Convención de Naciones Unidas para la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra las Mujeres).

En esta dimensión externa, España, que durante la última década ha promovido la igualdad de género como instrumento de la acción exterior, y eje central de la cooperación –en particular en las legislaturas entre 2004 y 2011, y durante el bienio como miembro no permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas 2015-2016– podría encontrar espacios de cooperación con EE.UU, y poner en valor el liderazgo que, en esta materia, le ha sido reconocido internacionalmente.

*María Solanas es coordinadora de proyectos del Real Instituto Elcano | @Maria_SolanasC

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MARIA SOLANAS

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