Humor Gráfico, L'Avi, Número 57, Opinión, Óscar González
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Fernández Díaz y la Operación Messit

Por Óscar González / Viñeta: L’Avi

Óscar González

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La justicia acaba de decirnos que Messi y su padre son culpables de fraude a la Hacienda Pública española por la nada despreciable cantidad de cuatro millones cien mil euros, procedentes de los derechos de imagen del astro del fútbol. Además del pago de las cantidades debidas y la correspondiente multa, el importe defraudado ha supuesto también la imposición de una pena de prisión de veintiún meses, que ya se ha indicado que no supondrá ingreso en prisión del argentino. En cambio, hay un joven granadino que cumplirá cinco años de cárcel por pagar ochenta euros con una tarjeta clonada. Porque ya no hay clases, obviamente.

Al contrario que –vaticino– ocurrirá con la infanta, a Lionel no le ha servido la excusa de que él no sabía nada del asunto, quizá porque el amor filial no produce el mismo grado de ofuscación que lastraba el raciocinio de Cristina de Borbón debido al amor por su marido Iñaki, o tal vez porque el suegro de Messi, que sepamos, no se apellida De Borbón. La ignorancia deliberada, uno de los pocos aforismos jurídicos que casi son autoexplicativos, se está convirtiendo en una herramienta más útil para la justicia que muchas fiscalías.

La noticia de la condena al argentino causaba sensación ayer a última hora de la tarde y múltiples periodistas deportivos se cuestionaban si esto no sería un drama isabelino que terminaría con este chico, multimillonario por tener una gran habilidad golpeando un balón, rompiendo su idilio con este país y, siguiendo el ejemplo de Reino Unido, levantando el campamento y enseñándonos a todos el dedo medio a modo de despedida. Lo que vendría siendo un Messit, vamos, por seguir con la referencia británica.

No tardaron en salir a la palestra algunos personajillos trasnochados tipo Joan Laporta, que pronto apuntaron a una conspiración judeomasónica, «con la abogacía del Estado como brazo ejecutor», para que Messi se vaya del Barcelona.

Aunque el desvarío de Laporta es bastante majo, tendrá su público. Y no será solo por el hecho de que un club como el Barcelona amalgama más tejido social que muchas formaciones políticas (y a nadie le gusta que le salpiquen los ídolos con tinta negra noche), sino porque todavía tenemos fresca en la memoria la voz del grotesco Fernández Díaz diciéndole al jefe de la oficina antifraude catalana que el caso que estaban fabricando contra Convergencia se lo “afinaba la Fiscalía”. Porque gracias al descrédito que arrastran ya nuestras instituciones después de años usándolas al antojo de los que detentan el poder, no resulta descabellado pensar que Fernández Díaz o alguno de sus secuaces hayan intentado extender sus tentáculos a otras causas, cualesquiera, que pudieran contribuir a alimentar el enfrentamiento con Cataluña o con otros rivales políticos.

Lo que más me apena de todo este asunto es pensar en la chavalada que idolatra a Messi a lo largo y ancho del mundo. Esos niños y esas niñas que, sin entender qué ha hecho su héroe, sí entenderán el significado de palabras como culpable, delincuente, defraudar o cárcel. Para algunos será el final de un mito, y por esos siento lástima.

Pero siento mucha más por la sociedad en que vivirán unos niños que habrán aprendido que sus gobiernos son corruptos, sus héroes, delincuentes y sus instituciones una broma macabra. Que si vas a robar, lo hagas a lo grande, porque por ochenta euros te vas cinco años al caldero pero si pasas del millón sale barato.

Porque su sociedad, lamentablemente, podría parecerse demasiado a la nuestra.

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