Lidia Sanchis, Número 57, Opinión
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¿Esperanza? ¿Qué esperanza?

Por Lidia Sanchis / Foto: Reuters

LIDIA SANCHIS buena

Lidia Sanchis

Me siento como una persona a la que le hubieran arrancado la piel a tiras, literalmente, un coágulo de sangre que deambula por las calles vacías de toda esperanza; un amasijo de carne roja palpitante; una enorme llaga expuesta al salitre del mar que desconoce que en ese paseo de los Ingleses hace apenas unas horas un camión reventó la inocencia de los niños. Y ese desconocimiento alegre empuja las olas a seguir bañando los pies de los vivos y de los muertos que permanecen aún tendidos sobre la arena, dulcemente, como dormidos, cubiertos por impolutas sábanas blancas pues ese y no otro es el color que ha elegido la muerte.

Niza debía ser el nombre de un lugar glamuroso, donde uno se imagina a sí mismo sentado en una terraza tomándose un cóctel en un vaso de fino cristal y viendo pasar a mujeres esbeltas con una cinta de rayas sujetándoles el cabello y a hombres bronceados con camisa blanca desabrochada justo hasta la línea de la elegancia. Un mar al que no llegan las pateras.

Pero allí se van amontonando todos esos cadáveres y los imagino uno encima del otro, cuerpos grandes y pequeños, delicados y robustos, y la columna que acaba formándose es tan alta que tapa el sol. Y ya no es julio –no puede serlo con este helor– y mi desolación es tan grande que no consigo derramar ni una lágrima.

Intento pensar en esos otros niños muertos, los muertos de cada día en el Mediterráneo, ese mar que ha dejado de ser Mare Nostrum, los muertos de Siria, de Sudán, de Irak… pero no puedo. No consigo apartar de mi cabeza ese cuerpo dorado tendido sobre el asfalto, con una muñeca al lado, como si alguien la hubiera colocado allí delicadamente para mitigar la inmensa soledad. Ambos, muñeca y cuerpo,  inertes; ambos, sin vida. Y, sin embargo, unos segundos antes ambos, cuerpo y muñeca, la tuvieron: tuvieron un nombre, alguien les peinó cada día y les cogió de la mano para cruzar la calle. Es tan fácil recrear esa imagen (una niña, su padre y su muñeca, un jueves de julio, en una ciudad hermosa y cosmopolita como Niza) y tan difícil sentirme reflejada en esas otras familias engullidas por el tenebroso mar de los romanos y los griegos. Lo siento: estos muertos, que imagino de piel clara; educados en la liberté, égalité y fraternité; bien vestidos y bien calzados, podrían ser los míos. El dolor que siento no hace más que aumentar porque han matado a 80 de los nuestros. Y la culpa por ese “nuestros” tiene una consistencia viscosa y asquerosa.

Niza es el lugar al que quisiéramos ir para sentirnos parte de un mundo en calma, amable, donde todo fluye al ritmo perezoso de una tarde de julio; un mundo que, en unas pocas horas, en cuanto oscurezca, se iluminará con hermosos fuegos artificiales. Y las familias acudirán poco a poco, tranquilamente, a ese paseo para hacerse con el mejor puesto desde donde ver el espectáculo. ¿No los veis? Es ese padre con sus dos hijos que intenta no perderlos entre la multitud; es esa madre con su bebé y sus suegros a la que han convencido para acercarse al restaurante donde el marido trabaja; son esos abuelos que estos días cuidan de tres nietos. Y en unos minutos, todo ha acabado. La vida ha acabado. En la Promenade des Anglais, en la Bahía de los Ángeles, a pocos metros del hotel Negresco han sido abatidos más de ochenta de los nuestros. ¿No los veis? Son mis hijos; son mis padres; son mis nietos, y el amor de mi vida.  La desesperanza emite un silencio ensordecedor cuando va tomando posiciones en la playa para contemplar el espectáculo de un mundo que se resquebraja.

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