Francisco Cisterna, Humor Gráfico, L'Avi, Número 57, Opinión
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¿Cada mochuelo a su olivo?

 Por Paco Cisterna / Viñeta: L’Avi          

Francisco Cisterna

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Los malos resultados electorales de la izquierda han magnificado la pírrica victoria de la derecha. A efectos contables, el escenario se presenta más preciso pero no más claro. El PP sale reforzado, pero no lo suficiente como para formar un Gobierno a su imagen y semejanza. Por su parte, la izquierda ha perdido votos, en algún caso escaños, y es posible que esté afectada por el mal de la melancolía; patidifusa y espantada de los votos recogidos por la corrupción y los recortes, convertidos ahora en antídoto de su propia ponzoña. La alquímica victoria del PP ha fabricado la piedra filosofal que legitima sumir a España en El Dorado de la desigualdad.

La ventana de oportunidad abierta hace seis meses para desalojar del poder a un partido carcomido por la corrupción se ha cerrado de un ventanazo. El pánico al sorpasso, alentado por el Ibex-35 y los partidos mayoritarios, ha cristalizado en un voto oligárquico: una parte del electorado ha “reflexionado” sin tener en cuenta las cualidades éticas y de dirección como mérito reconocido por la comunidad. Y como viento solano ha incinerado las encuestas electorales y las ilusiones depositadas en ellas. El sol del membrillo ha convertido la fugaz luz del cambio en el sueño de una noche de verano.

Pero lo peor de todo, con serlo, no es que Podemos e IU no sumen, sino que el PSOE resta. El total de la izquierda se debilita y las fidelidades se depuran. Tal vez sea un castigo, o un desacierto, por no agarrar el pájaro cuando lo tenían a mano. Tal vez los votantes del PSOE hayan votado al PP y los de IU se abstuvieran antes que ver a Pablo Iglesias formar Gobierno. Tal vez, todos los tal vez estén equivocados, y en una situación excepcional, inédita en España, no haya una sola explicación capaz de satisfacer todos los gustos y colores. Pero por desgracia sí que hay sólo una verdad. Una verdad oficial que refleja un desconcierto sobre el que la izquierda en su conjunto debe ponerse a meditar.

A estas alturas de la prórroga, es muy posible que cada mochuelo vuelva a su olivo. Reagrupe fuerzas y contabilice bajas. Sopese la situación y haga de su capa un sayo. Intentar,  con estos resultados, un pacto por la izquierda sería legítimo, pero probablemente infructuoso. Además, el PSOE no está dispuesto a oír ningún canto de sirena que incluya referendos soberanistas. Ahora, menos que nunca. Sobre todo, porque su estrategia de resistencia pasa por dejar correr el tiempo, dilatar la partida, con la esperanza puesta en que la indignación se desinfle y los hijos pródigos retornen al seno de Ferraz. De momento, el combate singular de la izquierda es muy probable que no se celebre en las urnas, sino en la tribuna del Congreso. Un combate de oratoria en el que la labia se llevará el voto aplazado al agua. Sin olvidarse, claro, de las formas ni del tono.

Estos serían los primeros razonamientos tras la conmoción electoral. Pero visto que somos un país imprevisible, lleno de matices y de rizos políticos, no podemos descartar un escenario mudable. Está claro que el PP tiene que mover ficha, cumplir los plazos y lograr una investidura, que, si en principio parece fácil, no deja de ser complicada. Es el partido de la corrupción y de los recortes y nadie quiere alinearse en su bando aunque invoque razones de Estado. En distinta situación, pero más compleja, se encuentra el PSOE, que descarta a priori cualquier pacto que tenga como protagonista al independentismo, si acaso lo toleraría como artista invitado. En esta coyuntura, sólo sería posible un Gobierno del PSOE y de Unidos Podemos si la mayoría del arco parlamentario se abstuviera, incluido Ciudadanos. A no ser que dos o tres formaciones nacionalistas, por ejemplo: PNV (5), CDC (8) y CCA (1), estuvieran dispuestas a investir presidente a Pedro Sánchez, siempre y cuando ERC y Bildu se abstuvieran o, por qué no, estuvieran a favor. En definitiva, un cubo de rubik que, una vez resuelto, dejaría un Gobierno en minoría con apoyos puntuales; sin perder de vista que el PP tendría mayoría absoluta en el Senado. Este rompecabezas difícil de encajar es lo que ha llevado a ciertos sectores a revalidar la idea de un pacto idílico-matemático que pasaría, otra vez, por un acuerdo de mínimos que incluyera a Ciudadanos. El formato, desde el punto de vista aritmético, sería robusto, pero quizá improbable, cuando no inestable. Y resultaría difícil explicar por qué esta suma no cuajó en un pasado reciente. No obstante, es una posibilidad que ha empezado a barajarse en ciertos sectores progresistas: Antonio Gutiérrez, quien fue secretario general de CC.OO durante más de 10 años, y exdiputado socialista, que rompió dos veces la disciplina de voto al oponerse a la reforma laboral del PSOE en 2010 y a la reforma constitucional del techo del déficit en 2011, abogó por esta fórmula en un reciente artículo de prensa.

En definitiva, en este paisaje postelectoral, donde el deseo lucha contra la realidad matemática, no debemos descartar  ningún tipo de acuerdo por imposible que resulte a priori. Ni siquiera podemos excluir la posibilidad de una tercera vuelta, de la que nadie habla todavía, pero en la que todos piensan ya. De momento, hay manos tendidas que mantienen la puerta de la tentadora ilusión abierta, aunque no las necesarias para lograr una mayoría estable. Sin embargo, resulta sintomático que, en casi todos los partidos, se aprecie una reiterada insistencia en afirmar que los electores les han mandado a la oposición y que allí se quedarán –posiblemente, porque son muy obedientes–. Pero olvidan que la condición indispensable para estar en la oposición es que haya un Gobierno. Y esto, que parece una perogrullada, es la madre de todas las batallas, porque nadie, de los posibles, quiere dar un paso al frente. O quieren que sea Rajoy, si fracasa en su investidura, el responsable de convocar unas terceras elecciones.

De seguir firmes en este comportamiento restringido y repetitivo, casi autista, de ser oposición sin Gobierno, es muy posible que la próxima fórmula magistral del PP sea ir en busca de la fuente de la eterna juventud. Al parecer, a poca gente le importa lo demás. O, al menos, no le importa a los suficientes votantes.

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