Francisco Saura, Relatos cortos
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Y aquí estamos, esperando

Por Francisco Saura

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I write it out in a verse
MacDonagh and MacBride
And Connolly and Pearse
Now and in time to be,
Wherever green is worn,
Are changed, changed utterly:
A terrible beauty is born (*).

Yeats

Hoy he tenido un sueño, o dos. No lo recuerdo. Tampoco importa el número o su contenido. Descuento su interpretación, que la habrá y que seguramente no me interesará. Lo importante es que he tenido un sueño, o dos, y en estos tiempos de vivir siempre con un ojo abierto, con los músculos del brazo tensos y con el temor permanente a ser arrollado por una realidad terrible, es mucho, casi un  lujo asiático.

Un sueño, o dos, es algo inexplicable. Antes sí. En siglos pretéritos hubo soñadores, también enterradores. Los libros nos hablan de aquellos días, de sus sonrisas y de sus llantos. De los capítulos, no pocos, dedicados a los sepultureros con sus paladas de vísceras y el regusto de la sangre en los labios, y de las grandes alamedas por las que transitaron los sueños y sus funerales.

Y aquí estamos, a la vuelta del verano, con sus arenas doradas.

Hoy he soñado contigo. Y aunque todavía tengo que definir qué eres, o quién eres, no puedo negar que el orgasmo ha iluminado la noche. No recuerdo otro momento semejante o al menos parecido. Ni siquiera el de aquella noche cuando el viento se colaba por la ventana y ondulaba la sábana con el cálido aliento de tu presencia. En realidad, no sé qué creer, tampoco qué amar u odiar. Los sueños son tan extraños que atraparlos sin ir al psicoanalista resulta imposible.

Y aquí estamos, abrazados en medio del universo, aguardando la llegada del cometa.

Hoy he soñado que las ideas caen de los árboles y en otoño no puedes pasear sin evitarlas para que no sufran. El terrible sonido de la hojarasca a finales de octubre. De verdad. Lacera la libertad de amarte en la calle, sobre un banco, contemplando el alargado pavor de las nubes consumidas por el viento. Pero lo peor es cuando en medio del éxtasis las ideas crujen y se fragmentan en olvido. Entonces me abofeteas y me haces comprender que el amor es también dolor.

Y aquí estamos, comiéndonos con los ojos mientras el tren pasa sin detenerse en la estación.

El estío nos devora ya con su lengua de fuego, amor. Solo queda abandonarnos y dejarnos arrastrar por el oleaje. Es terrible sabernos irremediablemente mecidos por la nada. Tú y yo en la claridad del atardecer, y las largas sombras de los cipreses, y el mar que muere calladamente. Lo sé. Es algo que sabemos cuando nos miramos a los ojos: nuestro mar es un cadáver a la deriva y sin embargo no dudamos en sumergirnos en su recuerdo, buscando el canto del mirlo al amanecer o la iridiscencia de tu piel sobre la mía.

Y aquí estamos, a mitad de junio, sabiendo que el futuro nos traerá la tormenta perfecta.

Retornamos a los sueños, pequeña. Ya no queda lugar donde escondernos de la intemperie. La realidad nos desnudó, la economía nos masturbó antes de dejarnos expuestos a su terrible frialdad, el gobierno nos vació por dentro y por fuera y ahora solo quedamos tú y yo porque los demás han muerto sin ideas pero extrañamente felices. Y ahí está la noche de San Juan, y las hogueras y la pureza del fuego.

Y aquí estamos, esperando.

(*) Todo esto voy yo a escribir en rima:
MacBride y MacDonagh, el profesor,
Pearse y Connolly, el sindicalista,
ahora mismo y en tiempos venideros,
dondequiera que el verde sea exhibido,
del todo habrán cambiado todos ellos:
una terrible belleza ha nacido”.

Versión de Daniel Aguirre (W.B Yeats, Antología Poética, Lumen, 2005).

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Francisco Saura

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