Humor Gráfico, Lidia Sanchis, Número 55, Opinión, Vicente Bohigues
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Truncar

Por Lidia  Sanchis / Viñeta: Bohigues

LIDIA SANCHIS buena

Lidia Sanchis

1. tr. Cortar una parte a algo.
2. tr. Dejar incompleto el sentido de lo que se escribe o lee, u omitir frases o pasajes de un texto.
3. tr. Interrumpir una acción o una obra, dejándola incompleta.
4. tr. Quitar a alguien las ilusiones o esperanzas. U. t. c. prnl.
5. tr. p. us. Cortar la cabeza al cuerpo del hombre o de un animal.

Truncar es un verbo que suena, que emite un ruido como de madera vieja y carcomida al quebrarse. Es un verbo que duele, como leer o escuchar la mera descripción de escenas de terroríficas torturas que consisten en desmembrar partes del cuerpo.

Con lágrimas en los ojos veo en televisión cómo entra en la cárcel Alejandro Fernández, el joven granadino condenado a cinco años de prisión por pagar 79,20 euros con una tarjeta que resultó ser falsa. Acompañado por su familia, Alejandro ha acudido voluntariamente al centro penitenciario de Albolote dejando tras de sí una estela de tristeza e impotencia, palpable incluso a través del plasma que nos separa. Ni la petición de indulto, ni las recogidas de firmas, ni ninguna de las acciones que se han emprendido para evitar el aciago desenlace ha servido para nada. Alejandro cometió un error: un error de juventud, un pecado venial. Pero no ha habido compasión para él. Desde aquí escucho cómo se trunca su vida.

No quiero comparar su caso con el de otros, delincuentes condenados como Carlos Fabra, que estos días han empezado a disfrutar de un régimen de semilibertad “porque no consta que haya vuelto a delinquir a pesar de haber estado en libertad provisional”.  Seguro que, si lo hiciera, dirían que hago demagogia y que uno es un señor, que fue presidente de cosas serias como la Cámara de Comercio o la Diputación, y el otro un pobre diablo, camarero en un bar en el que incluso no se prohíbe la entrada a los que calzan zapatillas.

Esperaba con ilusión los primeros días de junio. Las tardes se empeñaban en ser largas y perezosas, lo que aumentaba su ansiedad por ver aparecer a los abuelos por un recodo de la calle. De lunes a viernes, ellos se montaban en uno de los viejos autobuses grises de Hicid y recorrían los escasos seis kilómetros que les separaban de su nieta. Cada día se repetía el ritual: la niña asomada al balcón, oteando la calle; la pareja de ancianos (¿ancianos? ¡Si tendrían poco más de 40 años!), aproximándose a la casa, pulcros, acendrados. Ella, bajando las escaleras de dos en dos; ellos, recibiéndola con una sonrisa y una pregunta (¿Vamos a comprar un helado de mantecado?). Y después de pasar un par de horas con ella, con una ligera incomodidad por estar de visita en casa de la nuera, otra vez al autobús que los iba a devolver a su destartalada y húmeda vivienda de Borriana donde ellos eran felices.

Sufro viendo cómo el joven Alejandro entra en la cárcel, me compadezco de él aunque haya voces que discrepen de la exactitud del relato. Pero mi alma se apaciguaría si supiera que él atesora recuerdos tan cálidos como los de aquella niña que esperaba, anhelante, a sus abuelos aquellas tardes de junio en las que aún no había habido tiempo de cometer ningún error.

4 tr. Quitar a alguien las ilusiones o esperanzas.

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