Artsenal, Humor Gráfico, Juanma Velasco, Número 55, Opinión
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Sí es país para viejos

Por Juanma Velasco / Ilustración: Artsenal

Juanma Velasco

Juanma Velasco

Mi madre no se maneja en Internet y en consecuencia no lee Gurb. Es por eso que no se molestará, por desconocimiento, si la exhibo como ejemplo de ente pasivo consumidor de televisiones que hacen de la repetición, doctrina, reputación.

Mi madre es una de esas octogenarias de guerra y de postguerra  a quien le inculcaron, sin posibilidad de réplica ni de acudir a otras fuentes documentales, que el Cara al Sol era un refugio seguro para los españoles de buena voluntad, que los nacionales eran libertadores que traían la paz en la bandera, que lo que unen las dictaduras no lo disgregan las izquierdas, que en la Iglesia cabían todos, no en vano eran tan grandes, incluso los curas que tenían por costumbre alternar carnalmente con las beatas.

A mi madre le seccionaron la femoral de la educación a los diez años para que se desangrase de sumisión y se integrase en las labores agrícolas necesarias para mantener la autarquía de una familia sin otro talento que los músculos dorsales, el sudor y la fe en el prójimo, en mayor medida si ese prójimo atendía por Francisco y se apellidaba Franco.

Además, por si acaso, le cegaron, a través de su desalfabetización, el itinerario a la Historia, a la Filosofía y a cualquier otra rama del pensamiento que no vistiera de azul oscuro. Sólo le dejaron expedita la vía de la religión, a través de la cual le iban reponiendo los niveles de patriotismo y abnegación en sangre periódicamente.

Mi madre sigue teniendo más lucidez que perspectiva, unos amplios conocimientos en economía que le han permitido llegar sin deudas a su vejez y mantiene una fe en lo de siempre, una de esas fes conservadoras y temerosas que le permiten desenvolverse, a diferencia de mí, con una paz interior inquebrantable.

Mi madre es una votante histórica del PP, desde que Fraga dijera que el partido soy yo, y la calle jamás será de los perroflautas. Votante abducida del PP a pesar de ser y de vivir en la comunidad autónoma más expoliada de cuantas componen ese icono propagandístico de la derecha y alguna izquierda sin identidad, de una España indestructible a la que ni siquiera, según demasiados, conseguirá romper la tectónica de placas cuando África se encastre contra Europa y brote un nuevo Himalaya en la refriega.

Pasiva como se produce, a sus años, sin contacto con periódicos ni revistas subversivas como Gurb, repleta de republicanoides sin apego a los himnos,  sus únicas vías de alimentación ideológica las constituyen las televisiones y las radios que no son La Sexta y la SER y que alientan a esos pájaros de juventud que el sistema confinó para siempre en su cerebro domesticado. Tiene donde escoger, no en vano uno de los mayores logros del PP en estos casi cinco años, ha sido la domesticación de unos medios que han tratado de mantener a flote una reputación mediante el silencio de una corrupción digna de cualquier país africano.

Y ella, mi madre, como cuatro, cinco millones de ancianos adoctrinados históricamente por el miedo, seguirán dando soporte electoral a un tipo, Rajoy, y a su organización, que de haber sido islandés, alemán o sueco no sólo estaría fuera de la vida pública sino en la cárcel, por tantos desmanes como ha fomentado para seguir ocupando, él y los otros hijos de la estirpe, la cima de una pirámide a la que no llega el tufo de la penuria.

Sí, definitivamente, esta España que aspira a seguir gestionando el PP es un país mayoritariamente para viejos, para viejos demasiado cansados, demasiado viciados, para sacudirse el miedo hacia quienes un día de hace menos de un lustro le disputaron la titularidad de la calle a Fraga.

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Artsenal

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