Cipriano Torres, Humor Gráfico, Igepzio, Número 55, Opinión
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Sermones con horchata

Por Cipriano Torres. Viñeta: Igepzio

Cipriano Torres

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Ay, qué chasco, dios. Pues no que el domingo pasado vi un primer plano del exportavoz  de la Conferencia Episcopal, en la época de Rouco Varela, el pobre clérigo que sufre su retiro en un lujoso ático en el centro de Madrid, y noté que mi corazón se puso burro bombeando con la fuerza de un corredor keniata. Desde que el presumido se operó para quitarse las gafas no lo había vuelto a ver. El primer plano del atirantado Juan Antonio Martínez Camino fue como un hostión que me llevó a épocas de gloria y responsos intensos, a amenazas cerradas y definitivas, a guerras contra todo lo que se moviera que no gustara a la Iglesia de Ratzinger y sus factorías dogmáticas por el mundo.  La 2, como viene haciendo desde los tiempos de Caifás, emitía la santa misa, que esta vez tocó en la iglesia del Santísimo Sacramento, en Madrid, y allí que llevaron al eminente jefe católico para dirigir el acto. Si no me creen, entren en la página web de rtve.es y compruébenlo. Da canguelo. El hombre, con sus arreos de jerarca, da la vuelta al altar perfumándolo con incienso, y después, ante el micrófono, emitió una voz como salida de las profundidades de la caverna de la fe, o como un mal actor que la engola para decir algo tan simple como “en el nombre del padre, del hijo, y del espíritu santo”, pero si el tipo dice “en el nombre del paaadre, del hiiijo y del espíiiritu saaanto”, esa voz que ponemos para asustar a los niños, termina asustando a los mayores, o reventándolos de risa, colega. El alto mandamás habla de piedad, cierra los ojillos clamando y exhortando a practicar la misericordia, y creo que hasta la humildad, pero que me mate su dios con un rayo sin antídoto, allí sólo vi a un hombre que emite raros sonidos –ni Mario Vaquerizo como jurado del decadente y desinflado Levántate, All Start, le pasaría la mano, es más, seguro que le diría, como le dijo la semana pasada a Toño Sanchís, que al trabajo había que ir preparado, con los deberes hechos–, digo que allí sólo vi a un hombre astuto, soberbio, altivo, adusto, rico y amenazante. Ni un ápice de caridad, de comprensión, de misericordia. Que ningún creyente de buena fe sienta ofensa en lo que digo. Hablo del hombre que vi en televisión, que no está a la altura de lo que representa. Por eso, cuando atacó el sermón central de la misa, los folios que iba leyendo caían como hojas marchitas de sus manos, y de su boca salían palabras huecas, frases sin vida, instrumentos de un sermón de horchata.

El imán y el obispo. Cuando al final de la ceremonia el oficiante salía del templo rodeado de genuflexiones, cánticos y oropeles, envuelto en su aparato obispal, con su báculo de plata, su mitra con su cruz de hilo de oro, y su casulla de suave seda bordada con ricos materiales, sólo vi a un hombre de verdad pecador, un sacrílego, un actor que acabó la función mientras caía el telón y el coro cantaba letras de una ingenuidad conmovedora. Pura ficción. Como en otras creencias, sólo descienden a la realidad cuando la realidad de las costumbres, de la vida, es un enemigo a descabezar porque sienten amenazado su trono. El mismo día me entero de que el clérigo musulmán Malam Abass Mahmud dijo en Ghana que el sexo gay provoca los terremotos porque esas relaciones enfadan a Alá, tócate la nuez. Venga, ríase. Pero no muy alto por si no sabe que aquí, tan sólo hace unos días, el sermoneador con mitra valenciana Antonio Cañizares, otro ejemplar que no para, dijo que el imperio gay y el feminismo se han propuesto acabar con la familia. Ahí sí se les entiende, dicen lo que quieren decir. En las otras homilías se ponen poéticos, ascéticos, laterales, líricos, elevados, y hablan de vaguedades que entran por aquí y salen por allí, se llenan la boca de leves palomitas de maíz para llenar la cabeza de pájaros inertes. Ese teatro es emitido y sufragado cada domingo por la televisión pública, pero no hay un tiempo dedicado a los ateos, a los agnósticos, a los sin fe. ¿Termina ahí la afrenta? Qué va. Cuando el cirio del templo católico se apaga y ya no escuchamos al cura con su sermón a dos metros de la realidad, llega puntual otro donjuán de la palabra, de la cagalera sermoneadora, de la verborrea sin límites. Otra sorpresa, de las grandes. No tenía ni idea hasta que lo vi en la pantalla donde su ego disfruta de un programa en La 2. Es Fernando Sánchez Dragó. Es Libros con uasabi. Yo le leo cuentos todas las noches a mi hijo de 3 años. Háganlo si tienen un niño a mano, aconseja Dragó el día que lo veo. ¿Si tienen un niño a mano? Mi perplejidad se convirtió en atracción inmediata, adictiva, irresistible, antes de que el locuaz parlanchín quizá contara otra de sus experiencias con “lolitas de 13 años, esas que visten como zorritas, con los labios pintados, carmín, rímel, tacones, miniflada…” Las piernas me temblaron.

Libros con uasabi. Luego, apretando el gesto, como esos añejos presentadores que para dar paso a un vídeo extienden el brazo y apuntan con el dedo, dijo… comienza, Libros con uasibi. El uasabi es un picante japonés. Así que podría ser libros con cominos, con yerbabuena, tabaco, madera, con tomates, yo qué sé, libros con cemento, pero no, es libros con uasabi. Es que soy Sánchez Dragó, puñeta, parece decir todo el rato, y eso que está acompañado en el modesto plató por tres señoritas que lamen el ego del “maestro”, repantingado en su sillón, que matiza, aplaude o regaña al trío –no convirtamos estas sugerencias de libros en la lista de teléfonos, le decía a Anna Grau, o si te portas mal te desheredo, a Ayanta Barilli, su hija, o cualquier otra ocurrencia condescendiente a Elia Rodríguez–. Don Dragó se cita varias veces en su misa dominical a través de sus libros, que ya no firmará jamás en la Feria del Libro de Madrid porque no quiere formar parte de las barracas de atracción junto a presentadores de televisión –¿como él?–, cocineros, cantantes, actores, o fulanos. Y razón no le falta, pero su sermón es tan engolado que resulta fatuo, y él, con la pata de su gafa entre los labios, pedante, cursi, sobrado, insufrible. Otro que hace sermones con horchata.

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Igepzio

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