Humor Gráfico, Luis Sánchez, Luis Sánchez, Número 55, Opinión
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Progresamos adecuadamente

Por Luis Sánchez

Luis Sánchez

Luis Sánchez

Inocente de mí, perdí cualquier rastro de virginidad científica cuando vi por televisión al portentoso Eduard Punset anunciar las bondades del pan Bimbo (aditivos alimentarios, aparte). Vamos, que se me tostaron las pestañas, cual si hebras de azafrán fuesen.

La primera etapa de Redes fue apasionante; aunque, poco a poco, el espacio fue perdiendo fuelle. En uno de los últimos programas emitidos (por la 2 de TVE) recuerdo que se habló, y con gran fruición, de la medicina personalizada (en función del ADN, del grupo sanguíneo o del pH fisiológico de cada paciente), una medicina que, parece ser, está ya a la vuelta de la esquina. Pero de lo que no se habló, ¡ay!, fue de si esos avances estarían al servicio de una sanidad pública o privada. Porque, para qué engañarnos, el progreso o es social o no es, pues si sólo llega a unos pocos individuos, a los más pudientes, nace ya siendo exclusivo, egoísta y falto de legitimación. Muy interesante, por cierto, es el ensayo Ciencia y técnica como “ideología”, de Jürgen Habermas (traducido por Manuel Jiménez Redondo).

El concepto de progreso –uno de los últimos mitos europeos– está íntimamente ligado al concepto de producción. La revolución científica (del siglo XVII) y la revolución industrial (del siglo XVIII) dieron al hombre, por primera vez en la historia, la posibilidad de erigirse como dueño y señor de sus propias fuerzas. Y esa confianza infinita le llevó a transformar el mundo de arriba abajo. Lo que se impuso, después de todo, fue el interés de aumentar los beneficios económicos y no el de organizar una sociedad más igualitaria. Así, el proceso de automatización, informatización y robotización ha incrementado considerablemente la cifra de desempleados (la tendencia –lo sabemos– es irreversible). Y ahí vamos, progresando adecuadamente. Sólo un dato: en 2015, y según el INE, más de diez millones de españoles estaban en riesgo de exclusión social. En pocas décadas (de los años 50 a la actualidad), hemos pasado de la soñada sociedad del ocio a la cruda sociedad del desamparo.

El progreso siempre conlleva esperanza (en un mundo mejor) y apuesta activamente por la promesa (seréis como dioses, o casi), por eso necesita deslumbrar de continuo a los ciudadanos (o cuando menos, entretenerlos). Y es que no hay progreso sin tiempo (el futuro perfecto es ya un tiempo empeñado); y al hablar de tiempo, estamos hablando de un tiempo lineal, cuantitativo, productivo… Más aprisa, ahorrar tiempo, el tiempo es oro… Como que el reloj (antes, analógico; ahora, digital) es la máquina más precisa para obtener dinero: un exprimidor eléctrico de euros, minutos y segundos (y más). ¿El colmo de los colmillos?, ¡el cronómetro! Que un deportista, por ejemplo, gane a su rival por una diferencia de diez milésimas de segundo lo único que demuestra es que, como sociedad, estamos a diez milésimas de segundo de la imbecilidad absoluta. En efecto, queridos cronópetas, el Grado de Imbecilidad Ambiente (GIA) va en aumento. ¡Qué lejos quedan aquellas competiciones en las que el ganador sólo se llevaba la corona de laurel y la gloria; no dinero, ni fama, ni éxito, sino la gloria! Hoy, en cambio, hasta la gloria se ha degradado y cualquier petimetre renuncia a su privacidad con tal de tener su minuto de gloria. A propósito, por aquellos mismos tiempos, Platón (s. V a. de C.), en el Critias, consideraba que los humanos se hallan en la decadencia de la historia. Para él, primero fue la edad de los dioses; luego, la edad de los héroes, y después, la edad de los hombres. Ya vemos: un camino de descenso. Y otro pensador anterior, Pitágoras (siglo VI a. de C.), se llamaba a sí mismo filósofo (amante de la sabiduría), puesto que consideraba que la época de los sabios (los Siete Sabios) ya había pasado y, por lo tanto, él sólo podía aspirar a la sabiduría, en vez de disfrutarla.

Y ya para terminar, la pregunta del millón de dólares: ¿qué es más progresista, que diez operarios hagan su trabajo y, al final de la jornada, un robot les felicite por la faena bien realizada, o que esa misma faena la realice dicho robot y los diez operarios guarden cola en la oficina de empleo? Venga, otra más: ¿de qué le sirve a un fornido astronauta llevar a cabo la más arriesgada misión espacial, si cuando regresa a la Tierra no es capaz de empuñar la lanza y liarse a desfacer entuertos? Ahí muere.

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