Antonio J. Gras, Gastronomía, Opinión
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Murcia, la ciudad que se empeñó en olvidar

Una calle de Murcia, al atardecer.

Por Antonio J. Gras / Foto: Antonio Juan Gras Alarcón. Lunes, 13 de junio de 2016

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Del socialismo más efervescente y crédulo, ocupando la calle con festivales de teatro, jazz y lo que hiciera falta, ha pasado Murcia a ser el ejemplo de una derecha avinagrada, arcaica y con políticos para enmarcar y no echar gota, donde la sombra de la corrupción sobrevuela sobre muchos cargos y la desgana sobre muchos despachos de creativos en tránsito de emigrar.

Murcia, la ciudad que fue dejando que su huerta se transformara en un cortijo de constructores, tiene memoria corta y es rápida con el cuchillo para deshacerse de hijos molestos, como el matachín es rápido en separar la carne del hueso y la tripa del corazón.

Como si lo más necesario siempre fuera la supervivencia de los mimos, por su estatismo repetitivo, la ciudad ha ido alejándose de mi memoria de habitante de un tiempo que debió de ser feliz y se irrigó de amigos con los que aún comparto grupo de “guasap”, y hoy solo queda como un escalón de una vida que no me cuesta reconocer como incompleta.

Las uñas de la amante se han desafilado y desafinado de tanto rasgar una espalda que se ha hecho más de lagarto que de medusa. Quizá entre otros errores me creí aquello que nos contaba un profesor que acabó dirigiendo malamente la cultura (haz lo que diga, no lo que haga) y que como si de una urticaria se tratase, iba alimentándose de cercanos y alejando a quien no compartiera el mismo gusto por el agua de burbujas afrancesadas. Su enseñanza hablaba de diálogo, cosa que ni él ni muchos de sus predecesores practicó. O conmigo o contra mí, parece que ha sido el lema de los gobernantes. Era imposible el camino del diálogo, el camino que abre muchos más caminos, de enriquecer el viaje con otras perspectivas.

Murcia tiene más de un jamón cortado a trompicones que de lonchas que se suceden y dejan la posibilidad de saborear las distintas partes que tiene la pierna del marrano, ya sea en tacos, cortes transparentes o cortes más entrados en carne. No sólo hay un sabor en la pata, dice el experimentado Florencio Sanchidrián, sino hasta siete. Como si la parada y el reinicio no debieran estar unidas. Como si el poner en marcha cualquiera de las muchas cosas que la ciudad ha creado y ha olvidado con generosidad y alevosía no debiera de ser obra de todos, y no de esos que se cuelgan siempre el mismo triunfante mochuelo, los que son sombras de portadas, para bien o para peor.

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La ciudad se ha ido transformando con el suceder de los años que no acaban de generar una confrontación necesaria para que los diálogos propongan visiones amplificadas de realidades que se esconden y no aparecen. Más patio de colegio mangoneado por los mismos cabecillas que campus donde las ideas sean valoradas, Murcia llega a sentirse a gusto con su papel de ejemplo, una y otra vez, de mofas y rebuznos. Más vale estar malamente que no existir, deben pensar los líderes del pensamiento unitario y el comunitymanagerismo de twiter y feisbuques partidistas.

Aquella ciudad de pastelerías antiguas y batallas de flores desiguales se ha convertido en una provocativa adolescente que no mide bien sus fuerzas y descabalga con demasiada frecuencia a hijos que deberían ser cuidados como ángeles bien amados que, de voz recia y hasta crítica, no tienen miedo a ser sepultados una y otra vez. Y las ciudades no pueden ir dilapidando hijos como algunas familias dilapidan fortunas. Porque son esos hijos los que tienen la obligación de mantener la ciudad y hacer que el futuro sea menos pasado, o que sea más presente, constatable, contrastable.

Parece que ese amor que nos hacen creer por aquello de las tres culturas es más vertical que transversal. Porque Murcia se ha especializado en una sola, la inexistente. La categórica. La arrojadiza y la vengativa. La clientelista y la de aeropuerto vacio.

Leyendo estos días Reyes de Alejandría, la novela de José Carlos Llop, donde el pasado es una ciudad que era muchas, pienso en aquella Murcia que me fue dando una juventud de noches estivales entre la soledad de una Gran Vía abandonada por las urgencia del calor y unas primaveras donde era sencillo encontrar el amor y labios de los que usurpar el rojo y la vida futura. Aunque aquí el futuro siempre se tiznaba de un pancismo que nunca fue ilustrado, porque iba contra su propia esencia y prefería ser de barraca aceitosa y rancia comida a buscar el crisol de una huerta que sigue escondiendo muchas posibilidades en lo más evidente, que es la sencilla realidad de la calidad de lo eterno.

Donde era posible el todo y la nada, más allá de las vías de la estación del Barrio del Carmen, el mundo comenzaba a tener tanto sentido como las películas en blanco y negro de un cine donde La Corna de Chevre, film búlgaro del lejano 1979, se convirtió en un escándalo sexual, cuando en realidad era un magma de venganza y equívoco.

Murcia se me presenta como ciudad y como idea tripartita que algún habitante del noreste propio, guerrero y poeta, trata de marcar a fuego con las diferencias de geografías que se dan la mano pero no se implementan porque, como si existiera una maldición fronteriza, todo tiene que ser único y no conjunto, todo tiene que ser invisible y no palpable, todo tiene que ser creíble y no constatable.

La Murcia del pastel de carne se confunde con la que muerde en pleno desfile del Entierro de la Sardina el culo de una bailarina brasileña. La que hace equilibrios con el agua es la que deja morir la huerta y el Mar Menor, y coloca una sardina deforme y gigantesca en su río, el Segura, inutilizable para el ser humano.  La que quiere rebuscar en sus fiestas sus orígenes populares y huertanos permite una gastronomía chapucera en barracas poco profesionales y pisotea una hostelería que tiene que luchar a lo largo del año con el pago de impuestos, con la escasa aportación municipal para generar vida estival, y por conseguir la reconversión de una consciencia gastronómica que pase por la verdad del territorio, por el empuje de un mundo enológico que recibe parabienes en parte del planeta, o por la aceptación de que sin investigación no hay futuro. Murcia, en su cotidianidad, se sigue denostando gracias a vinos sin etiquetar, a productos sin una protección consciente y una carencia de memoria intelectual y gastronómica que sigue sin ser tomada en serio, como base necesaria para el crecimiento próximo.

Murcia, que debería ser de plazas y espacios abiertos, es de gabinetes cerrados, hereditarios y conspiradores. Y así, en mi confusión, no sé dónde está el norte de mi pasado. Porque en esta tierra de poetas y pintores, de cocineros y músicos, agricultores y modistos, médicos y abogados, escritores y deportistas, todos nadan más que navegan. Y mientras se mueven las manos, no hay tiempo para repensar el pasado.

Esta ciudad, con aromas de primavera en noches que alargan su llegada, y que como trapecistas ebrios cruzan las estaciones confundiendo la estacionalidad racional de los calendarios, debería ser aquel paraíso al que siempre queremos volver, porque desde su estómago, desde su centro visceral, otorga la capacidad de la duda. Y no la seguridad de una eternidad que se empeña en olvidar para confundirse.

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Antonio J. Gras

 

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