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Análisis: Un ministro marcado, un presidente acorralado

Por J. Antequera / Ilustración: El Koko/El Petardo/Becs. Viernes, 24 de junio de 2016

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   Análisis

El caso de las escuchas al ministro del Interior se ha convertido en un guion digno del mejor John le Carré. La misteriosa grabación de las conversaciones entre Jorge Fernández Díaz y el director de la Oficina Antifraude en Cataluña, Daniel de Alfonso, de las que se deduce que ambos han urdido un plan para incriminar a dirigentes independentistas catalanes en casos de corrupción, ha estallado como una auténtica bomba de relojería en la recta final de la campaña para las elecciones del 26J. Un caso tan grave como éste hubiera sido motivo más que suficiente en cualquier país civilizado del mundo para que Fernández Díaz presentara su dimisión fulminante, inmediata, irrevocable. Por bastante menos que esto han cesado en sus puestos altos mandatarios de países europeos de nuestro entorno más cercano. Sin embargo, lejos de dimitir, el ministro del Interior ha querido aparecer ante los medios de comunicación como una especie de víctima de las misteriosas escuchas, algo así como un chivo expiatorio a cuenta de unas grabaciones cuya autoría es aún desconocida.

Muchas son las hipótesis que se barajan sobre la mano que mece la cuna en este nuevo caso de grabaciones ilegales que ha puesto en el disparadero no solo al máximo responsable de la seguridad en España, sino también, por jerarquía inmediata, al mismísimo Mariano Rajoy, que tampoco ha sabido o no ha querido explicar tan extraño suceso. Fiel a su estilo ambiguo, confuso, por momentos vodevilesco, Rajoy se ha defendido con vanas excusas tan inverosímiles como surrealistas. Ante tanto despropósito, podemos sin duda intuir que detrás de las escuchas solo puede haber alguien de la casa, un empleado del Ministerio del Interior o un compañero de partido de los protagonistas de esta truculenta historia que tenía acceso e información privilegiada sobre la reunión. Detrás no puede haber más que una persona o un grupo de personas interesadas en que el ministro y el presidente del Gobierno se vean salpicados por un nuevo escándalo a escasas horas de las trascendentales elecciones del 26J.

Fuentes bien informadas apuntan a que el complot podría haber sido fruto de una conspiración perfectamente organizada y sincronizada por militantes y altos cargos del PP interesados en acabar de un plumazo con la carrera política de Fernández Díaz, hombre de la máxima confianza de Mariano Rajoy. Si cae el ministro, cae el presidente. Sea como fuere, lo que demuestra este turbio affaire es que Rajoy atraviesa por su momento más delicado desde que llegó a la Moncloa en el año 2011. Debilitado, escaso de apoyos, cuestionado por un sector del partido que cree ver en él una rémora, un estorbo y la causa directa de la caída en picado del PP en los últimos años, Rajoy tendrá que cuidarse mucho las espaldas a partir de ahora.

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Enemigos no le faltan. Sin duda, algunos aznaristas de la vieja guardia se la tienen jurada, así como una flamante hornada de jóvenes cachorros recién desembarcados en Génova 13, esa camada de nuevas generaciones astutas y ambiciosas que cree preciso dar un golpe de timón en el partido, acuciado por los escándalos de corrupción y una fuga de votos sin precedentes. Entre estos nuevos aspirantes que verían a Rajoy como un obstáculo para el PP se encontrarían, entre otros, el vicesecretario Sectorial, Javier Maroto, y el de Comunicación, Pablo Casado. Públicamente, estos dos “disidentes” han dado su apoyo incondicional a Rajoy, pero entre bambalinas se muestran muy críticos con la gestión del presidente, al que responsabilizan de haber dejado que el partido se pudriera en los abundantes casos de corrupción que lo han sepultado sin que el líder del PP haya hecho nada por evitarlo.

Es evidente que las conspiraciones y espionajes en el seno de los populares existen, como las meigas. La conversación entre el ministro del Interior y Daniel de Alfonso tuvo lugar en el despacho del primero entre el 2 y 16 de octubre de 2014, cuando faltaba menos de un mes para el referéndum secesionista del 9N convocado por la Generalitat de Cataluña. En aquella entrevista, De Alfonso le dice a Fernández Díaz: “Nosotros estamos investigando cosas de Esquerra, pero son muy débiles…”. A lo que el ministro responde que Rajoy está al tanto de la operación y que “es un hombre discreto donde los haya. Por supuesto, su mano derecha no sabe lo que hace su mano izquierda”. Fernández va incluso más allá: “Yo le conozco muy bien, de muchos años. Llevo trabajando y colaborando con él desde febrero del 91 ininterrumpidamente […]. Te puedo asegurar que es un hombre, la discreción personificada”. Desde el mismo momento en que el nombre del presidente sale a relucir, el escándalo está servido. Es como si los autores de las escuchas hubieran planeado el diálogo meticulosamente, casi cinematográficamente, con el único objetivo de que Rajoy saliera manchado de esa oscura reunión. Tal maquinación no puede haber sido obra de un simple policía, ni de un agente del CNI sin ningún interés en el asunto. La grabación tiene un objetivo claramente político y tiene que haber salido necesariamente de Génova 13. Esto es lo que hace que el suceso sea aún más inquietante. A pocas horas para que los españoles acudan a votar, con la sombra de Podemos cada vez más cerca del Partido Popular, estos movimientos navajeros, estas jugarretas y malas pasadas entre compañeros de partido, ponen en evidencia que el partido del Gobierno es un polvorín que puede estallar en cualquier momento. No son pocos los que piden que Rajoy dé un paso al lado, que dimita y permita la regeneración, cuando no la refundación, de un PP maltrecho por años de desgaste, de corruptelas y pírricos resultados en la lucha contra la crisis económica. Probablemente el votante del PP no tomará en consideración este gravísimo episodio a la hora de ir a votar el domingo, y echará en la urna la papeleta de su partido de siempre, como tampoco pesarán en la intención del elector popular los múltiples casos de corrupción que han carcomido al PP en los últimos cuatro años de legislatura. Por lo visto hay un grueso de siete millones de votantes, en su mayoría gente de edad avanzada, dispuesto a apoyar al Gobierno pase lo que pase y haga lo que haga. Pero los movimientos detectados en el Ministerio del Interior en los últimos días, las escuchas, los espías, los contubernios y complots revelan que Rajoy está más que sentenciado entre los suyos.  Un día será un SMS comprometido el que será aireado, otro una conversación privada o un documento comprometedor. Pero el goteo será constante a partir de ahora. Rajoy hará bien en mantenerse vigilante cada vez que camine por los pasillos de Génova 13. Y en revisar los jarrones floreros, por si hay micrófonos inoportunos convenientemente camuflados.

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