Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 56, Opinión
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Microrrelatos para leer en el tren

Por Lidia Sanchis / Ilustración: L’Avi

LIDIA SANCHIS buena

Lidia Sanchis

Ceremonia

Aquel día de verano de 1945 se levantó temprano y aprovechó el fresco de la mañana para dejar impoluta la casa antes de que el calor la llevara al mediodía a cobijarse bajo la higuera. Allí dispuso los platos y los cubiertos y acercó las dos sillas a la mesa. Comió en silencio, con la mirada fija en el horizonte. Después, medio recostada en la hamaca, oyó el pitido del tren de la tarde y las risas de los niños, que habían vuelto. Poco a poco, el cielo se fue volviendo verde, violeta y negro. Recogió los platos y los cubiertos. Hoy, tampoco.

Sirena de ojos verdes

El día que una ola salte más de lo convenido y unas gotas de agua salada salpiquen sus pies desnudos, la piel requemada por el sol, el niño sabrá que por fin ella regresa y dejará de mirar hacia adelante, los ojos resecos por el salitre, buscando el punto exacto del horizonte por donde dice su padre que su madre se fue.

Testamento

–Acuérdate de lanzar mis cenizas al mar, es lo único que te pido, hijo mío. Pero no me abandones en este inmenso salado cementerio griego sino devuélveme a mis hermanos, si es que queda alguno vivo; retórname a mi tierra, a Tartús, a nuestro pueblo; que mis restos se diluyan en el Mediterráneo pero en la otra orilla, donde dejamos amarrada la barquita en la que tú y yo salíamos a pescar antes de que estallara la guerra. Allí donde me espera tu madre.

El día último

Serán solo cien palabras las que escribirán en el informe. Pero no dirán nada de esa muchacha que conduce su pequeño coche azul; esa, que se ha detenido ante el semáforo en rojo y que mira con tristeza cómo el camillero sube al viejo en la ambulancia. Tampoco sabrán que llama “de borreguito” a esas nubes que consigue entrever mientras lo cargan en el vehículo. Como le enseñó su madre. Ni que conserva en la lengua el sabor de la papilla de frutas que le ha dado su nuera para merendar. Serán solo cien palabras: varón, blanco, 85 años. Causa de la muerte: infarto.

Lengua de sueños

Las palabras que ha aprendido por la noche no tienen ningún sentido por la mañana, en cuanto se cuela por una raja de la tienda el primer rayo de esa luz mortecina que envuelve todo el campamento. No comprende el empeño de la maestra de escribir en el barro con un palo palabras en alemán: guten Morgen, will ich Brot. Los niños y ella, contentos, repiten en voz alta esos sonidos extraños. Pero Houda sospecha que nunca llegarán a vivir en esa lengua con la que, a veces, hablan en sueños.

Muslo o pechuga

¡Lo que daría porque fuese ya de día y su dulce voz me susurrase “lavavajillas”, “espumadera” o “colesterol”! Pero, en cuanto caía la noche, se empeñaba en pronunciar la palabra “muslo” y, aunque yo me resistía, se me hacía la boca agua sin poderlo evitar. Sobre todo, si detrás de ese vocablo no había ninguna conjunción disyuntiva acompañada de “pechuga”. Luego, tendidos en la cama, exhaustos, me daba cuenta de cuánto echaba de menos ella a ese joven deportista que aún no se había bajado de la bicicleta.

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