Artsenal, Francisco Saura, Humor Gráfico, Número 55, Opinión
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Mariano Rajoy

Por Francisco Saura / Ilustración: Artsenal

Francisco Saura

Francisco Saura

–Soy Mariano Rajoy.

El político gallego  tendió la mano a Andrés Cascales. Era abril, un oloroso y cálido abril de 1997. Tal vez como cualquier otro abril de finales del siglo XX, tal vez un mes distinto para el brujo murciano que había retornado al lugar de su niñez poco tiempo antes. Rajoy era ministro del primer gobierno Aznar. De aquella época es su imagen en la portada de la revista El Fumador, con la barba más poblada y negra, su mirada eterna, el puro en la mano derecha, corbata estampada, camisa a rayas, chaqueta discreta. Un típico conservador que en 1996 podía decir sin ruborizarse: “Fumar es una virtud”. De eso hace un millón de años, o dos. Y sin embargo han transcurrido solamente veinte años, casi la mitad de tiempo que tiene la Constitución Española. Cosas de la normativa antitabaco establecida para el, para muchas personas decentes, peor político que ha padecido la gran nación española: Rodríguez Zapatero.

Cascales le aceptó la mano. Fue un saludo distante. El político gallego buscaba algún periódico deportivo en la sala de lecturas del hotel, deseaba estar solo, con sus pensamientos, recordando el olor del musgo o el rumor del agua despeñándose por la cascada del Toxa. Intercambiaron unas pocas palabras sobre las semejanzas y diferencias de las bruxas y las meigas gallegas, algo de poesía –años después quiso recordar que recitó unas estrofas de Negra Sombra de Rosalía de Castro–, el océano y, no recuerda la razón, sobre los dólmenes en Galicia. Eran años de confianza. Aznar tenía como asesor personal a Pedro Arriola y el año anterior, en la calle Génova, los seguidores del PP gritaron a coro en la noche electoral aquello de “Pujol, enano, habla en castellano”. ¿Para qué necesitaba el PP un brujo? “Supercherías” –pensó Rajoy mientras se alejaba envuelto en una nubecilla de humo–.

Andrés Cascales trabajó durante muchos años para el Partido Popular murciano. Como ya hemos escrito en algún lugar, innovó y perfeccionó la ciencia astrológica prediciendo la composición de la Asamblea Regional de las elecciones autonómicas de 1999, 2003, 2007 y 2011 con un error inferior al 2%. Pero lo más extraordinario fue que “sus predicciones se adelantaban en dos años y un mes a la celebración de las elecciones correspondientes, permitiendo a los políticos populares la tranquilidad necesaria para centrarse en la felicidad de los gobernados”. El brujo murciano vivió plácidamente en su tierra, en una torre huertana rodeada de palmeras y limoneros, observando las estrellas y perfeccionando el tarot. Por entonces, dedicó sus estudios a elaborar unos dados de siete caras con las que pensaba revolucionar la predicción electoral. Fueron años de felicidad. Trabajaba en casa, en el jardín de la torre, rodeado de flores y absorbiendo con todos los poros de su piel la calidez del sol mediterráneo. De vez en cuando recibía visitas de los prebostes populares de la Región. Cuando los anocheceres eran claros y sabía que las estrellas brillarían rutilantes en el jardín, los invitaba a cenar. A medianoche echaba las cartas alegrando la velada a unos políticos que se creían eternos e indestructibles.

Pasaron los años. En el 2000, el Partido Popular ganó las elecciones generales con mayoría absoluta. Un año antes, Valcárcel renovó su presidencia regional con un apoyo del 52,6% de los votos. Eran tiempos amables. La derecha volaba sobre las tierras españolas con la agilidad de las gaviotas. No había nubarrones en el cielo. Pronto se sustituiría la peseta por el euro y el reino eterno de la abundancia nos besaría con sus labios de carne y oro. Los españoles vivíamos con la confianza de ser unos seres afortunados. Al menos, creíamos serlo. Y los murcianos, los primeros. ¿Y quién podría afirmar lo contrario? Vivíamos en un país edénico que solo podía provocar envidia sana y el deseo de los foráneos de establecerse en nuestras tierras, en un adosado blanco junto a un campo de golf, con la montaña a un lado y una hilera de palmeras ensangrentadas al anochecer cerrando las posesiones del Señor. Solo un grupo de iluminados mantenían las antorchas encendidas en el erial del pensamiento en el que habitábamos. Se les motejaba de antimurcianos. Nunca se sabrá si eran unos excéntricos o unos visionarios.

La crisis, que comenzó en los últimos años de la primera década del siglo sufriente, convirtió en ceniza muchos proyectos. El paso del tiempo y el abandono hizo el resto del trabajo. El desprestigio de sus impulsores, emprendedores que llegaban con grandes proyectos y con la calderilla suficiente para convencer a los incrédulos, acabó por borrarlos para siempre de la faz de la tierra murciana.

A comienzos de diciembre de 2002, Andrés Cascales recibió una llamada de Valcárcel. Al parecer, Mariano Rajoy quería hablar con él. Habían pasado más de cinco años desde el primer y, hasta entonces, último encuentro. El viento había soplado a favor del Partido Popular, que tenía sus barcos en puertos protegidos de la intemperie electoral. Aznar había dejado de utilizar el catalán en la intimidad y ahora hablaba el castellano mesetario duro y solemne de las verdades eternas y, más tarde se sabría, un inglés con acento tejano. Enfrente tenía a Rodríguez Zapatero, un bambi enternecedor del que no se esperaba mucho, por no decir nada. Por desgracia, un inoportuno temporal en la costa atlántica de Galicia provocó el hundimiento de un petrolero y el mayor desastre ecológico sufrido por nuestro país. El litoral afectado por el naufragio del Prestige abarcó desde el norte de Portugal hasta Las Landas francesas. Una nueva palabra, chapapote, se popularizó en la lengua hablada sustituyendo a la autóctona galipote. El nunca máis tiñó de negro la bandera gallega. Por esos días Mariano Rajoy era portavoz del gobierno. El 5 de diciembre informó sobre “unos pequeños hilillos que se han visto, cuatro regueros que se han solidificado con aspecto de plastilina en estiramiento vertical” que salían de la proa del barco hundido. En realidad, se trataba de la fuga de 250 toneladas diarias de combustible a través de 14 grietas.

Rajoy estaba desesperado. Sufría con cada comparecencia pública. No soportaba el escrutinio público al que estaba sometido. Creía que sus asesores eran unos ineptos. Entonces recordó la breve conversación que mantuvo cinco años atrás con ese brujo murciano (“¿cómo se llamaba?”), con el que habló de bruxas y meigas, de la poesía de Rosalía de Castro, del dolmen de Dombate y, creía recordar, del mar cerca de Laxe. Llamó a Valcárcel, pleno de gozo en su Feliz Gobernación. El presidente murciano se hizo cargo de la lamentable situación por la que estaba pasando su amigo, provocada por gente que quería obtener réditos electorales de un desastre del que nadie era responsable, en todo caso el capitán del barco. Esos nacionalistas del Bloque y los tontos útiles del Partido Socialista Gallego siempre metiendo el dedo en el ojo. Y como siempre los ecologistas, esos melenudos a los que les gustaría vivir en cavernas y pintar en la roca húmeda con tintes vegetales. Valcárcel le dio la razón: en la Feliz Gobernación también había tipos de esa calaña que defendían la limpieza integral del río y protestaban contra la construcción de puertos marítimos y campos de golf.

Al anochecer del Día de la Purísima, una comitiva de vehículos se detuvo en la puerta de la torre de Andrés Cascales, en un carril sin salida que finalizaba en una hilera de palmeras dispuestas en arco junto a una acequia. Nubes rojizas y alargadas se extendían hacia el oeste. La brisa cálida de poniente agitaba los chopos del jardín. Andrés Cascales saludó a los visitantes. Había preparado una cena fría debajo de un sauce que filtraba el tenue brillo de las estrellas. El lejano ladrido de un perro rompía el silencio de la noche.

Rajoy, Valcárcel y Cascales pergeñaron el futuro de la política nacional alrededor de una mesa de madera de morera, bajo el sauce. La baraja del tarot a un lado, unos dados todavía muy primitivos al otro, la sensación de vulnerabilidad de Rajoy y el horizonte despejado y claro que permitía al presidente murciano observar la serenidad de un futuro lejano, hicieron que aquella noche fuera de exorcismos y del destierro de los muchos fantasmas que agobiaban al, por entonces, portavoz del gobierno. Cascales le confirmó que aunque Rato era el preferido de Aznar, finalmente él sería el elegido para sucederle en la presidencia del gobierno. Un acontecimiento internacional, posiblemente la guerra en Irak, trastocaría su futuro para bien. Pero para que tal cosa ocurriera, las cartas dijeron a Rajoy que el silencio debería ser su norma de comportamiento ante José María Aznar. No llevarle la contraria, asentir aunque no estuviera de acuerdo, cumplir eficazmente sus tareas como ministro, olvidarse de los hilillos de plastilina y decir generalidades que no comprometieran a nada, huir como del diablo de los periodistas y de todo lo que pudiera ser utilizado en su contra… Aznar había comenzado tiempo atrás a hablar la lengua del imperio en donde nunca se ponía el sol, y contrariarle podía ser letal. Así lo hizo el político gallego, y con los años huyó de todas aquellas situaciones que pudieran contrariarle o contrariar a sus allegados. Era mejor esperar a que se pudrieran las relaciones personales, o a que los acontecimientos llegaran a un callejón sin salida antes de hacer un relevo o tomar una iniciativa. Pero las cartas no llegaron a tal precisión ni la muerte apareció por ningún lado. Acaso una enfermedad grave en el primer trimestre de 2004, durante los primeros días de marzo. Los dados tampoco hablaron mucho. Estaban poco trabajados y Cascales no había estudiado sus posibilidades.

La noche del ocho al nueve de diciembre acabó con whisky y puros. Y con el convencimiento de Valcárcel de que mientras tuviera a su lado a Andrés Cascales, nada malo le podría ocurrir. El paisaje de su tierra natal era brillante y oloroso, lleno de satisfacciones, abrazos, besos, cenas y risas… el país de la eterna serenidad, su Feliz Gobernación. Por su parte, Mariano Rajoy ahuyentó el miedo a los fantasmas del partido que le hacían comportarse con inseguridad. ¡Ojalá hubiera tenido a su lado al brujo murciano desde 1997! Nunca más entraría en minucias técnicas o científicas. Incluso cuando en 2007 se le preguntó sobre el cambio climático obvió pronunciarse remitiéndose a su primo, que no sabía si iba a llover o a hacer soleado el día siguiente en Sevilla. Dejar pasar el tiempo mientras todo se pudre en derredor.

Andrés Cascales trabajó para el Partido Popular hasta 2011, coincidiendo con la acampanada de la Puerta del Sol. Valcárcel lo retuvo a su lado hasta entonces. Confiaba en él. Sin embargo, a pesar de haberle prometido agradecimiento eterno, Mariano Rajoy no volvió a visitarlo nunca más. Tampoco es que le importara mucho. Lo que vio en el alma del político gallego no le gustó. Y aunque conservaba el número privado de Rajoy, nunca lo llamó ni él recibió una llamada suya, ni siquiera el 11 de marzo de 2004. Cascales simpatizó con los partidos emergentes muy pronto. Incluso viajó a Barcelona a entrevistarse con Albert Rivera. Pero su alma rebelde le hizo acercarse a la Plaza del Sol para participar en aquel paisaje urbano que rememoraba la polis griega, el ágora, la libertad para opinar y crear nuevos mundos a partir de las ruinas, materiales pero también morales, de la gran Crisis del Siglo XXI. Conoció a Garzón, a Iglesias, pero sobre todo se enamoró de la gente anónima que abarrotaba la plaza.

El 26 de junio de 2016, hacia la medianoche, Cascales recibió una llamada desde un número oculto. Dudó en responder. La noche era suave y en el jardín de la torre el aroma de la huerta armonizaba extrañamente con una sinfonía de Shostakóvich. Se había acercado a votar por la mañana, y mientras consultaba los resultados electorales en la tableta se convencía de que se avecinaban tiempos de cambios profundos. Finalmente, aceptó la llamada. Al otro lado de la línea, una voz de hombre dijo:

–Llamo de la sede del Partido Popular. Mariano Rajoy quiere hablar con usted. Le transfiero la llamada. No cuelgue.

Andrés Cascales sonrió. Estaba leyendo Un ejército al amanecer. “Rajoy quiere hablar conmigo” –pensó–. “Hoy ha tenido su Kasserine particular”. Cortó la llamada y apagó el teléfono móvil. Se preparó un whisky y entre sorbo y sorbo recitó en voz alta fragmentos del poema Negra sombra de Rosalía de Castro:

“Cando penso que te fuches, / Negra sombra que me asombras, / Ó pé dos meus cabezales/ Tornas facéndome burla” (“Cuando pienso que te fuiste, Negra sombra que me asombras, / Al pie de mis cabezales, /Vuelves haciéndome burla”).

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