Número 55, Opinión, Óscar González
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La Justicia es implacable con los que no tienen guita

Por Óscar González

Óscar González

Óscar Gonzalez

El reciente caso del joven condenado a cinco años de prisión por, supuestamente, utilizar una tarjeta falsa para abonar con ella unos ochenta euros ha servido para volver a poner encima de la mesa varios debates ya históricos en este país.

Por una parte, encontramos el clásico sobre la lentitud de la justicia, que no es debate ni nada similar, sino tan solo una constatación de lo que ya sabe cualquier ciudadano que haya padecido la marcha hacia el suplicio que significa entrar en un juzgado para defender alguna pretensión. Al elevadísimo coste de litigar que padecen, sobre todo, las mal llamadas clases medias, se suma la sonrojante sobrecarga de trabajo que aqueja a jueces y magistrados y que hace que el periplo judicial de un ciudadano cualquiera pueda ser más largo que el viaje de Ulises y más desesperante que Rajoy intentando explicar gramática. Ello genera situaciones delirantes, como la posibilidad de que una persona cometa un delito al encontrarse en unas circunstancias determinadas y, muchos años después, cuando ya ha conseguido rehacer su vida, tenga que cumplir una condena que ya ha perdido su función última de servir como herramienta de reinserción y se convierte en una especie de herramienta de venganza institucionalizada.

Otra discusión que vuelve a la mesa por el asunto de Alejandro Fernández es algo que ya nos había revelado el presidente del Tribunal Supremo, Carlos Lesmes, cuando afirmaba que en España la ley penal está hecha para el robagallinas. Para cualquier persona con un mínimo sentido de la justicia resulta poco menos que un insulto comprobar como los delitos cometidos por los poderosos y los acomodados prescriben sin mayores efectos, mientras que los pobres sufren sobre sus espaldas todo el peso de la ley.

En mi ciudad, Vigo, es ampliamente conocida la historia de David Reboredo, un joven que, como tantos otros, cabalgó la aguja durante los desquiciados años ochenta. Tiempo después, ya recuperándose de su adicción y convertido en un referente para las personas toxicómanas en rehabilitación, Reboredo tiene una recaída y, por no extenderme demasiado, acaba condenado a siete años de prisión, porque se le había suspendido, bajo condición de no reincidir, una condena anterior impuesta tras un simulacro de juicio. Poco importaron los informes de sus terapeutas, educadores sociales y demás profesionales. Menos aún el apoyo popular recibido, no solo en la ciudad, sino en todo el estado. Volvió a la cárcel, fue indultado y, siete meses después, murió a causa de un tumor cerebral. La droga le quebró la vida y el sistema legal se la volvió a quebrar, quizá porque los honorarios de Garrigues, Cuatrecasas u otros grandes bufetes, de esos que saben poner palos en las ruedas del sistema judicial, están solo al alcance de una minoría entre la que no se encuentran ni los Reboredo ni los padres del joven de la tarjeta clonada.

Pero hay aún otro importantísimo debate que la historia de la tarjeta clonada pone encima de la mesa, y es el papel que juegan los medios de comunicación en nuestras vidas cotidianas, su capacidad para crear héroes o villanos. Cuando ya media España estaba indignada por lo que, a todas luces, parecía una condena desproporcionada, salen a la luz una serie de datos que ponen en entredicho la historia de los ochenta euros y parecen apuntar a que el joven condenado formaba parte de un entramado bastante chusco y aún más cutre de falsificación documental. Uno se pregunta por qué los medios difundieron en origen una historia no contrastada, si fue un accidente, un error, the heat of the moment o mero sensacionalismo. Yo apuntaría a esto último.

Y entonces es cuando viene a la mente que estos medios son los que configuran nuestra forma de ver la realidad cotidiana y tomamos conciencia de que somos una masa informe y manipulable a voluntad de aquellos que tienen el interés y la capacidad para hacerlo. Y en ese momento, todo se vuelve más gris.

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2 Kommentare

  1. Oscar Glez. dicen

    Muchas gracias por tomarse el tiempo de leernos y aún más por tener el de pasar a dejarnos esta aclaración, Rosario. Espero que no sea debida a que la ha molestado alguna parte de mi artículo, puesto que no era esa mi intención en absoluto, más bien todo lo contrario.

    Reciba un saludo cordial y todo mi apoyo para su hijo.

  2. Rosario Fernandez Madrid dicen

    Soy Rosario Fernandez Madrid madre d Alejandro Fernandez chico tarjetas clonadas.Mi hijo no pertenece a ninguna banda organizada.Solo conocia a 1 amigo q lo supo captar durante 2 sños y espero a q cumpliera los 18 para utilizarlo.NO TIENE ANTECEDENTES NI NADA D Q AVERGONZARSE.Es una persona ejemplar y estoy muy orgullosa d el.Ah! Ysu condena es 4 años por tenencia d tarjetas credito y debito falsas y 1 por estafa.El en ningun momento POR BANDA ORGANIZADA.

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