Artsenal, Editoriales, Humor Gráfico, Número 56
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Editorial: PSOE contra PSOE

Viñeta: Artsenal. Viernes, 24 de junio de 2016

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   Editorial

A falta de dos días para las elecciones generales el PSOE pierde fuelle en la mayoría de las encuestas. La situación de los socialistas es poco menos que dramática, ya que los sondeos relegan al principal partido de la oposición a un papel secundario en la escena política española, como tercera fuerza por detrás de Podemos. La mayoría de los líderes socialistas, como Pedro Sánchez y Susana Díaz, siguen apelando, mítin tras mítin, a una victoria en la que ni ellos mismos creen ya. Siendo realistas, todo apunta a que tras el 26J al partido de la rosa no le quedarán más que dos salidas: pactar con Podemos o permitir que siga gobernando el PP. Cualquiera de las dos opciones será un suicidio para los socialistas. La primera porque arrojarse en brazos de Pablo Iglesias supondrá tanto como entregarle el legado de la izquierda, perdiendo, probablemente para siempre, la hegemonía que el PSOE ha ostentando desde la restauración de la democracia en 1978. La segunda opción, decirle no a Podemos y dejar que Mariano Rajoy sea investido presidente, sería visto como una humillación, una traición a la izquierda y la aceptación expresa no ya de la derrota, sino del nuevo papel intrascendente que parece reservarle la historia. Ante esta situación crítica, líderes de primera fila como Patxi López no han encontrado un arma mejor para movilizar el voto socialista que apelar a la arenga y a la épica, un recurso que se antoja tan patético como fuera de lugar. “Pretenden robarnos nuestra historia, no lo vamos a permitir”, ha dicho Patxi tratando de tocar fibra sensible y corazones en el peor tono mitinero que se le recuerda al dirigente vasco.

Los líderes socialistas no han encontrado un arma mejor para movilizar a sus votantes que apelar al miedo a Podemos, como hace la derecha

Solo que nadie le ha robado el trono de la izquierda al PSOE. Ha sido el propio PSOE el que, tras décadas de aburguesamiento y traición a los principios del socialismo, ha claudicado de su propia ideología y de su historia. Han sido demasiados años de promesas incumplidas, de tibiezas ideológicas, de giros al centro, de socialismo de boquilla, de fraude al votante. Elección tras elección, legislatura tras legislatura, hemos visto cómo el PSOE iba perdiendo escaños por docenas y votantes por cientos, sin que sus dirigentes supieran cómo reaccionar para recuperar la confianza de los electores. En estos cuarenta años de democracia, miles de socialistas de toda la vida se han ido dando de baja del partido, rompiendo el carné que con tanto orgullo lucían, o simplemente han dejado de votarlo para buscar otras alternativas, desencantados ante las políticas neoliberales aplicadas por los Gobiernos de Felipe González, primero, y de Rodríguez Zapatero después, políticas que favorecían a las clases medias y altas en detrimento de las clases obreras. Han sido muchos años, quizá demasiados, de precarización del mercado de trabajo, de claudicación ante la banca y la patronal, de renuncia a la lucha sindical y al ideal republicano, de pérdida de derechos laborales, de bajos salarios, de contratos basura, de injustas subidas de impuestos para los trabajadores en nómina (mientras los grandes empresarios se beneficiaban de privilegios fiscales) de devaluación de las pensiones, de insoportables índices de paro, de prestaciones por desempleo raquíticas, en definitiva, muchos años de progresivo empobrecimiento de las clases sociales más débiles. La sociedad más justa y cohesionada es aquella que tiende a reducir la brecha insalvable entre pobres y ricos. Pero tras todo este tiempo, muchos socialistas, quizá los mejores, los asalariados, los obreros, las gentes plebeyas del campo y las clases humildes de las grandes ciudades, en definitiva, los ciudadanos que forman el granero histórico y natural de votos del PSOE, han terminado por preguntarse qué sentido tenía seguir votando a un partido que le ha dado la espalda y que lo  ha traicionado una vez tras otra con políticas derechizantes, unas veces aplicadas por los ministros del ala liberal como Boyer, Solchaga o Solbes, otras por Bruselas con la complicidad de Zapatero y de su ominosa reforma constitucional aprobada con alevosía y nocturnidad. No vamos a negar que la contribución del PSOE a la consolidación de la democracia en España, al avance en la consecución de derechos civiles para los ciudadanos y a la modernización del país ha sido crucial desde el final de la dictadura. Pero no es menos cierto que el giro a la derecha, el viraje de ese partido desde posiciones económicas socialdemócratas a posturas ideológicas cada vez más centristas, cuando no directamente neoliberales, ha sido una constante hasta llegar a nuestros días. Hoy no tenemos que caminar mucho por una calle de cualquier pueblo o ciudad de España antes de encontrarnos con un ciudadano escéptico capaz de soltar esa frase tan lapidaria y letal para el socialismo español: “PP y PSOE son los mismos perros con diferentes collares”. Esa ha sido la gran derrota del PSOE.

Al PSOE no le quedan más que dos opciones: o pactar con Pablo Iglesias o dejar que gobierne el PP. Ambas soluciones son malas para los socialistas

Lamentablemente, la llegada de Pedro Sánchez a la secretaría general del partido, en sustitución de Zapatero, no ha servido para recuperar el crédito perdido. En 1982 los socialistas certificaron la mayor victoria de su historia con aquellos míticos diez millones de votos. Hoy esa cantidad se ha reducido a la mitad y sigue bajando. La corrupción en la Andalucía de Chaves y Griñán, por no remontarnos a los años de Filesa, Luis Roldán, Mariano Rubio o los GAL, ha hecho mucho daño al partido. Sánchez está maniatado por sus barones, jerarcas con excesivo poder en la Ejecutiva federal cuando el PSOE, históricamente, siempre fue un partido que por tradición democrática tuvo en cuenta la opinión de sus bases. Hoy la participación de la militancia brilla por su ausencia, las corrientes críticas son convenientemente fumigadas y el PSOE se ha convertido en una organización tan burocratizada y jerárquica como puede ser la Iglesia católica o el Bundesbank. A esa disciplina férrea que se ha impuesto en Ferraz se unen los bandazos ideológicos del partido. Un día Sánchez se levanta tendiendo la mano a la izquierda y al siguiente pacta con Ciudadanos. Un día el secretario general apela a un Gobierno progresista de cambio y al siguiente Felipe González (espíritu todavía muy vivo y auténtica voz de la conciencia de los socialistas) insinúa que no sería malo para el país una gran coalición PP/PSOE. El veletismo oportunista que ha practicado el partido en los últimos tiempos ha sido percibido por la ciudadanía como un signo de debilidad y de falta de ideales. Pero con todo, no ha sido eso lo peor. Lo peor, el gran mal que ha corroído hasta los cimientos de Ferraz, ha sido la pérdida de identidad del partido como referente de la izquierda española, la renuncia a principios del socialismo que deberían haber sido innegociables, sagrados, irrenunciables. Lo peor ha sido la traición (unas veces por pragmatismo político, otras por ambición o intereses personales) al ciudadano, al simpatizante, al votante socialista de toda la vida. Tratar de culpar ahora a Pablo Iglesias de querer robarle la historia al PSOE, como dice Patxi López, es una frase hilarante que pone en triste evidencia a un político serio que ha demostrado valentía y talla política en no pocas ocasiones. Lo malo de este PSOE crepuscular es que hasta sus grandes figuras y personajes, sus grandes hombres y mujeres que contribuyeron a la consolidación de la democracia en España, como Felipe González o Alfonso Guerra, se han empequeñecido a medida que pasaba el tiempo, menguando hasta convertirse en tristes caricaturas de lo que fueron. Ahora se aferran a lo único que les queda ya: a declaraciones histéricas contra el demonio rojo de Podemos (una fuerza nacida del descontento popular que no pretende otra cosa que recoger el testigo de una izquierda huérfana y cambiar las cosas) en la peor tradición de la derecha patria. Sánchez y el bueno de Patxi, entre otros muchos dirigentes socialistas, aún no han entendido que los votantes de Podemos no son locos comunistas salidos del inframundo para acabar con el PSOE, ni peligrosos radicales conjurados para destruir las siglas del partido fundado por el primer Pablo Iglesias en el siglo XIX. Las bases de Podemos son, en buena medida, hijos repudiados por el PSOE, ciudadanos condenados al abandono sistemático, restos humanos a los que hace tiempo el PSOE dio la espalda, olvidándose de sus derechos sociales más básicos, de sus problemas económicos acuciantes y de sus necesidades mínimas de subsistencia. La gente de Podemos viene de ese PSOE auténtico que aún piensa en clave de verdadero socialismo. De ese PSOE ninguneado, obviado, despreciado por el otro PSOE, el PSOE oficialista, el del aparato, el de las Ejecutivas, el de los trajes caros, el de los sueldos elevados y las puertas giratorias. La batalla del 26J no se libra entre los socialdemócratas de Sánchez y los comunistas de Pablo Iglesias, como quieren hacernos ver algunos. La histórica y dramática batalla del domingo la libra el PSOE contra sí mismo. PSOE contra PSOE. Y de esa guerra fratricida depende el futuro de la izquierda. El futuro de España.

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