Artsenal, Humor Gráfico, Jose Antequera, Número 55, Opinión
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De bolos por España

Por José Antequera / Viñeta: Artsenal

José Antequera

José Antequera

Por lo visto, las campañas electorales han quedado reducidas a un gran entertainment, mero divertimento, puro espectáculo. Aquí se trata de hacerle gracia al votante, no ya de convencerlo con programas o propuestas más o menos realizables o utópicas, sino de contar el chascarrillo, la anécdota o la historieta más ingeniosa. Los políticos hace tiempo que dejaron de serlo y han quedado en maestros de la ceremonia de la confusión de nuestra democracia, clowns más o menos afortunados, showmans más o menos cachondos. El fenómeno no es nuevo, pero se ha visto agravado con las redes sociales, donde se sustituye lo serio por lo banal, lo trascendente por el infantilismo naif de los grandes tuiteros, dueños y señores de la comunicación digital.

Los candidatos han aprendido ya que España no se gana en las urnas, sino poniendo un chiste guasón y viral que lo pete mucho en Twitter, por emplear esa odiosa palabreja de moda con la que todo el mundo anda obsesionado. Hoy los grandes líderes de opinión son los tuiteros supermasivos, todos graciosísimos y con nombres tan prosaicos como Bob Estropajo, La Fea del Baile o Barbiejaputa. Resignados ya a no poder cambiar las cosas, nuestros políticos aspiran a parecerse a ellos, a tener tantos millones de seguidores como ellos, a ser tan jodidamente triunfadores como ellos. Los cuatro aspirantes a la Moncloa han descubierto el caladero de votos de las redes sociales, pero no dejan de lado la televisión. El índice de audiencia de El Hormiguero sube mucho con el político de turno metiendo unas canastas, incendiando el plató con un experimento absurdo del señor Marron o echándose unos bailecitos sorayescos. O en la cocina de Bertín arruinando unas lentejas. Todo ello bien aderezado con unas risas y algunos chistes malos. Esa horita de cuchipanda televisiva rinde más escaños que cualquier mitin en una plaza de toros de tronío, que a este paso, abolidos los morlacos y sin políticos de sobacos sudados, se terminarán cerrando por falta de actividad. Nuestro futuro como país depende de 140 caracteres más o menos chisposos y con más o menos faltas de ortografía. Vale más ser gracioso que caer en gracia, ser ingenioso a todas horas. Rajoy, de momento, no ha sacado su amplio repertorio de ocurrencias, pero seguro que de aquí al 26J nos dará grandes tardes de gloria. Como humorista el manda gallego no tiene precio, es quien ha demostrado más vis cómica. Su lenguaje antiguo y su porte de funcionario indolente que no se entera de la misa la mitad tienen su tirón y su público fiel. Rajoy es un maestro en el humor negro, en plan Mihura, y el humor negro siempre ha vendido mucho en España. El chiste antológico de Rajoy es ese de que la crisis se ha terminado y ya nadamos todos en la ambulancia, como decía aquel, cuando medio país está en la ruina y el otro medio muriéndose de hambre. Eso sí que es un sarcasmo único, irrepetible, genial.

Nuestros políticos ya no hacen política, solo humor. Pedro Sánchez aún tiene que encontrar su estilo propio, y más después de que lo hayan pillado copiándose a sí mismo los mítines en un extraño caso de autoplagio político compulsivo y narcisista. El secretario general del PSOE, allá donde va, siempre cuenta el mismo gag: el de la pareja de cincuentones que se le acerca al salir de las urnas, ella sociata y él podemita, para darle una de cal y otra de arena. Será que el hombre anda muy ocupado y solo tiene tiempo para cambiarse de traje (un día naranja y otro morado) pero no de chiste. A Sánchez habría que decirle que el peor pecado de un humorista es repetirse, pero si encima te repites como el ajo es cuando el público huye espantado de la función. O en palabras de Dani Mateo, corrosivo humorista de El Intermedio: “¿Pedro, cómo vas a liderar el Gobierno del cambio si no cambias de anécdota?”.

Por su parte, Pablo y Albert, los jóvenes de la nueva política española que se nos han hecho viejos de repente no parece que estén para muchas bromas. Jordi Évole hizo lo que pudo en el debate para que no llegaran a las manos, aunque terminaron tirándose a la cabeza la cal viva, los muertos de la guerra civil y Venezuela entera, con sus selvas, sus conflictos sociales y sus presos políticos. ¿Qué queda ya del espíritu dialogante y civilizado del Tío Cuco, aquel bar lleno de buenrrollismo, halagos y palmaditas en la espalda en el que se citaron por primera vez los dos aspirantes cuando aún se llevaban más o menos? En política se está en contacto con la mugre y hay que lavarse para no oler mal, decía el viejo profesor Tierno. Esa es la mayor lección de vida que han aprendido Iglesias y Rivera en estos meses de rodaje en la política. Rifirrafes aparte, uno y otro también tiran de repertorio cómico para atraer a las masas orteguianas a poco que se les presenta la ocasión. El primero ha contado el bonito chiste de Marx y Engels, que por lo visto eran socialdemócratas de toda la vida, no comunistas, y nadie se había enterado. Hasta ahí podíamos llegar, y Hitler no fue un dictador sino un socialista convencido, como ha dicho el disparatado Javier Cárdenas, ese locutor de radio que empezó en la charcutería marciana de Sardá, ridiculizando a frikis y tarados, y que ha terminado como gran referente mediático y político del ciudadano confuso y huérfano de ideología, o sea del ciudadano ultra. Aquí, en este país, el facherío siempre se ha definido como neutral, que es lo que hacía Franco para no entrar en las guerras y que es justamente como se define Cárdenas, haciendo buena la frase del gran Sazatornil de aquella mítica película: “soy apolítico total, de derechas como mi padre”. Rivera, por su parte, tiene que rodarse aún, está algo verde el muchacho, y sus bromas resultan algo forzadas. No está mal el chiste que pone a Rajoy como un podemita más, jugando a la hipérbole, nuestro recurso literario más español y genuino. Ahora le ha dicho a la Griso que él nunca se ha metido droga dura en el cuerpo, quizá para mantener su imagen de chico limpio, decente y trabajador. Como si para ser un yonqui hubiera que meterse algo químico. Rivera está colocado de populismo neoliberal, aunque él aún no sea consciente de su cuelgue, como todo buen yonqui. Aquí todos se echan unas risas a costa del pueblo, mejor o peor, solo que el humor es una cosa muy seria, como decía Churchill, una digestión complicada que a veces se atraganta. De modo que uno ya no sabe si reír o echarse a llorar. A fin de cuentas, todo es un chiste, eso lo dejó escrito Chaplin. Nuestros políticos ya están en plena campaña, de bolos por España, en la road movie del humor. De pueblo en pueblo, de tuit en tuit, de autobús en autobús. Como aquellos chalados en sus locos cacharros. Que empiece ya el show que nos vamos a partir la caja.

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