Francisco Cisterna, Humor Gráfico, Iñaki y Frenchy, Número 56, Opinión
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Aparta de mí este anzuelo

Por Paco Cisterna / Ilustración: Iñaki y Frenchy

Francisco Cisterna

Francisco Cisterna

Mientras los peces se debatían por salir de la pecera o nadaban contra corriente, el pescador permanecía alerta, con la caña en posición, esperando que el río revuelto engordara sus ganancias. Arrojó su anzuelo en las caribeñas costas de Venezuela para que ningún español se quedara sin papel higiénico. Navegó por los mares de Grecia para pescar jubilados a los que subir un euro la pensión. Pescó ballenas comunistas, en el mar de Barents, más grandes que la deuda externa. Echó migajas de pan en los estanques de la Educación para que los alevines emergieran en las orillas del Támesis o del Ruhr.  Como prueba de buena voluntad, aderezó la carnaza con una bajada del IRPF, de cara a las elecciones estivales. Engordó a los gusanos y lombrices pura raza de los medios de comunicación para que sembraran un mar de dudas y un tsunami de peligros. Y todo esto, que algunos llaman miedo –yo, confort–, por tonto que parezca o por consabido que sea, le dio resultado. Pescó hasta ponerse las botas de mariscal de campo de La Rioja (¡Viva el vino!), y aquel petrolero por el que se escapaban algunos hilillos de plastilina atracó, repleto de pececillos, en los escaños del Congreso.

La victoria del miedo es tan vieja como la humanidad. No debemos rasgarnos las vestiduras por ello –sólo tengo dos camisas del Ikea, hechas de aglomerado sueco para que duren, y me dejaría las uñas en el intento–. Lo que no está tan claro es que siempre gane el miedo a costa del progreso, que sea unidireccional: una calle de sentido único donde todos circulamos con el freno del interés puesto y compuesto, y con la palanca del cambio trucada. También es  posible que cuando se repartió el miedo lo hiciese un señor con un garrote muy gordo, tipo rey de Bastos, y que los descendientes de sus súbditos hayan heredado el miedo congénito al garrotazo y tente tieso. Lo que me llevaría a pensar que nos hemos convertido en tentetiesos históricos que sorteamos los garrotazos balanceándonos a izquierda o derecha según vengan dados. Y, lo que es peor, que justificamos los latrocinios en el poder con la misma amoralidad con que la mafia justifica sus crímenes: todo sea por la Cosa Nostra.

Para no acabar con un mal sabor de boca electoral, aun después del Profidén y el Listerine, he reflexionado sobre cómo sería un mundo sin oposición, donde los reyes de bastos camparan a sus anchas con sus caballerías de bastos y sus sotas cachiporreras. Puedo adelantarles que no me ha gustado nada. Pero más importante que ganar una batalla es no perder la guerra. No darse por vencido, curar las heridas, y seguir luchando por el progreso social y la justicia democrática. Los campos de guerra no están regados, precisamente, de champagne. Y desde la oposición, las pequeñas batallas pueden dar mucha guerra.

Salvo grandes revoluciones, el mundo avanza pasito a pasito. Estamos en el camino. Y si algo ha quedado claro, por dos veces consecutivas, es que hay gente, a izquierda y derecha, que entiende la política de una manera más moderna, menos fosilizada, más dinámica, y ese mensaje ha vencido a pesar de no haber ganado las elecciones.

No olvidemos que es el alcalde el que elige los vecinos y es el vecino el que quiere que sean los alcaldes deshonestos. Mariano, deja la caña ya, que de tanto pescar te va a salir un orzuelo.

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IÑAKI Y FRENCHY

Iñaki y Frenchy

 

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