Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 53, Opinión
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De por qué no me gustan los perros

Por Lidia Sanchis / Ilustración: L’Avi

LIDIA SANCHIS buena

Lidia Sanchis

No me gustan los perros porque sé que tarde o temprano morirán y nos dejarán huérfanos también de su cariño como nos han ido dejando todos.

La perra Sarita tuvo a su primer y único hijo, Moisés. Había estado desparecida durante unos cuantos días y cuando pensábamos que ya no la volveríamos a ver, regresó con el rabo entre las piernas, sumisa, vencida. Mi abuelo dijo que seguro que estaba preñada. A mí me parecía imposible que un animal, callejero, sí, pero con tanta elegancia natural como tenía Sara se hubiera rendido a su instinto. Hacia el final del verano parió un único cachorro, de pelo negro y sedoso, que apenas llegó a vivir unas horas. Mi abuelo lo mató, lo asfixió con sus propias manos después de arrebatárselo a su madre y llevárselo escondido, camuflado en un trozo de toalla para que los niños no lo viéramos. En un gesto compasivo, el viejo nos ahorró la contemplación de esa macabra escena. Pero yo sí lo vi saliendo de casa con algo entre las manos; lo observé bajando las escaleras de la urbanización y cruzando la carretera para adentrarse hacia el monte Calvo; atisbé la figura de un anciano robusto que se movía con sigilo, como una sombra siniestra confundida con otras sombras del anochecer; el sonido de sus pasos mezclado con el susurro del viento entre los árboles y con el ruido del aire al pasar por las ventanas abiertas del verano; el crujido en los pajares abandonados, diseminados a ambos lados del sendero. No, no vi cómo mataba a Moisés, salvado de las aguas pero no de la maldad, y, sin embargo, tengo esa imagen guardada entre otras que me perturban y a las que vuelvo en cada noche de insomnio. Recreo la mirada del perrillo recién nacido y la comparo con aquella otra de aquel pastor alemán abandonado –¿recuerdas, Elena?– que vimos cómo atropellaba el coche que iba delante del nuestro en la carretera. En los ojos de ese perro vi por primera vez cómo se escapaba la vida de un ser que una milésima de segundo antes estaba vivo. La escena real y la imaginada comparten el mismo grado de espanto en mi memoria porque el horror confunde e iguala todos los horrores.

Mi abuelo era un hombre cruel. Lo supe mucho antes de que asfixiara al hijo de Sara (una perra y su cachorro, ambos, con nombre de personas) con una clarividencia que sólo pueden tener los niños. Pero, además, su crueldad estaba envuelta de cinismo. Dijo que el cachorro había nacido enfermo, que se había muerto y que lo iba a enterrar en la cuneta, en la orilla del sendero. Hizo un agujero y arrojó el bulto en él; ató dos ramitas en forma de cruz que hundió con cierta delicadeza en la tierra pedregosa y reseca. Nunca he odiado tanto como lo odié a él mientras clavaba una cruz en la tumba del hijo de Sara.

Y es por eso por lo que no me gustan los perros. Porque su recuerdo ocupa en mi memoria más espacio que el de algunos de los humanos con los que me he encontrado a lo largo de la vida, incluso más que el de algunos hombres a los que he amado. Y porque es infinito y amargo el vacío que dejaron esos dos perros que tenían nombre de persona.

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L'Avi

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