El Petardo, Humor Gráfico, Número 54, Opinión, Óscar González
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La naranja venezolana

Por Óscar González / Ilustración: El Petardo

Óscar González

Óscar Gonzalez

No soporto a Albert Rivera. En serio, me resulta estomagante. Si yo fuera un gato, Rivera sería la hierba que usaría para purgarme y deshacerme de las molestas bolas de pelo. Si fuera una borrachera, él sería café con sal; si botella de Coca Cola yo, caramelo Mentos el de Ciudadanos.

No sabría decir si es su fachada de progresía o ese aspecto de vendedor de biblias que haría las delicias de cualquier suegro conservador. Tal vez sea el hecho de que haya intentado reírse a la cara de los currelas –deporte nacional en los clubes de golf que pronto frecuentará si no lo hace ya– con una propuesta de contrato único que convertiría la precariedad en norma. A lo mejor los movimientos reflejos de mi sistema digestivo ante el personaje en cuestión se deben a los flirteos de su partido con la extrema derecha de Libertas o a las estúpi… ehm… «revolucionarias» propuestas para nuestra tierra que pudimos descubrir los gallegos  en la pasada campaña electoral: bajar el IVA a las orquestas e inventariar sitios donde se podrían rodar pelis o capítulos de Juego de Tronos (pregunten a Google si les parece demasiado surrealista para ser cierto), además de potenciar el turismo gastronómico (¿cómo no se nos habría ocurrido esto antes?). En resumen, que este tipo me estropea las digestiones.

El asunto que me ha llevado a ingerir una cantidad insana de protectores gástricos y escribir esta columna no ha sido otro que el enterarme de que anda en estos días el mandamás del partido naranja por las tierras de Venezuela, según parece para mediar entre la oposición golpista y el gobierno legítimo. Loable intención, al menos en teoría.

En la praxis, en cambio, la noble voluntad parece desdibujarse un poco, porque no resulta creíble que un mediador utilice su primera intervención ante los medios de comunicación para atacar a un rival político en su país de origen. Es una maniobra tan cutre como reveladora, puesto que pone de manifiesto que a Rivera le importa entre nada y un carajo lo que ocurre en la república sudamericana, pero ha visto una oportunidad de empezar su campaña electoral unas semanas antes de la fecha oficial y, en un alarde de audacia política nunca visto hasta la fecha, intentar ahondar en la idea de que Podemos y Nicolás Maduro tienen un plan secreto para dominar el mundo, robarnos la libertad de expresión y acabar con el bendito libre mercado al que tanto tenemos que agradecerle.

Es interesante comprobar cómo los argumentos de aquellos que, teóricamente, vienen a renovar las formas y modos de la política española son muy similares a los que ponen encima de la mesa organizaciones tan oscuras como el Partido Popular, el partido en libertad bajo fianza que aspira a seguir jodiéndonos la vida cuatro años más. Es también conmovedor ver cómo Albert llora con el hambre de los venezolanos. Cabe, eso sí, preguntarse por qué el hambre de los millares de españolas y españoles en situación de exclusión o semi-exclusión social no le causa el mismo efecto lacrimógeno, aunque ya se sabe que aquello que se ve con una cierta habitualidad deja de impresionarnos y quizá ahí el motivo.

Y ya metidos en harina, por qué no aprovechar también el viaje para repetir una vez más el asunto de la financiación venezolana de Podemos, ese mismo que ya ha sido archivado cinco veces por los tribunales españoles, pero ahora va a ser estudiado por la Asamblea Nacional venezolana, la misma que controla la oposición en esa extraña dictadura. La misma que se encargó de gestionar la visita de Rivera a Caracas.

La jugada apenas es burda. Rivera respeta la inteligencia del pueblo español.

Voy a por otro Almax.

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