Antonio Jorge Meroño, Relatos cortos
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Hans Günter

Un relato de Antonio Jorge Meroño

Capturahora que he cumplido noventa años creo llegado el momento de dar testimonio de mi experiencia durante lo que fueron los peores momentos de la historia del ser humano. Soy un profesor de humanidades jubilado e historiador, de esto también hace tiempo que no ejerzo, veo poco y estoy muy cansado.

He escrito algunos libros sobre historia del siglo diecinueve que se han vendido razonablemente bien y me han dado prestigio académico. Todo se remonta a los lejanos años treinta del pasado siglo. Era estudiante de humanidades en Heidelberg, los nazis llevaban ya algunos años en el poder y yo era, por supuesto, un disidente. En mi adolescencia, siguiendo la tradición familiar, me afilié al SPD. Mi padre era carpintero y mi madre ama de casa, ambos de izquierdas, ambos militantes del SPD. En mi primera niñez vi cómo mi padre se ilusionaba con la República de Weimar, con las reformas de Ebert. Abominaba de la revolución de 1918, pero siempre le pareció una atrocidad el ajusticiamiento de Rosa Luxemburgo y Karl Liebnetch, a quienes profesaba un enorme respeto pese a sus diferencias.

Cuando ingresé en la facultad, Hitler llevaba cuatro años en el poder. Alemania ya se había convertido en un gulag, los judíos eran perseguidos y la oposición clandestina de izquierdas, a la que pertenecía, ya era prácticamente inexistente dentro de los límites del Tercer Reich. La mayoría de cuadros y dirigentes estaban detenidos o en el exilio, conocía a muy pocos compañeros y las pocas reuniones que hacíamos eran poco concurridas y estaban presididas por la desconfianza y el miedo.

Pero yo no me resignaba a la inacción en medio de ese horror. Organizaba reuniones en mi piso de estudiantes, donde imprimía un periódico clandestino. Todos los días me acostaba y levantaba con miedo. Dimos noticia de la Kristallnacht, silenciada en todos los medios, que eran controlados con mano férrea por ese miserable tullido de Goebbels. Iba con normalidad a la facultad, donde los mejores profesores habían sido expulsados y sustituidos por nulidades del partido. Así transcurría mi vida, hasta que una noche de marzo de 1941 ocurrió lo que tanto tiempo llevaba temiendo: una unidad de la Gestapo derribó mi puerta y me llevaron detenido. Estuve dos semanas en una celda donde me sometieron a torturas y vejaciones, pero no delaté a nadie. Apenas me daban de comer, me golpeaban todo el cuerpo con varas de hierro y se ocupaban de interrumpir mi sueño. Mi pesadilla acabó, pero hacia algo peor. Tenía noticias de los campos, adonde llevaban a judíos, gitanos, opositores, hablábamos de ellos en las reuniones del partido, en la facultad. Una mañana muy fría fui conducido a uno de los trenes de la muerte, en el que me trasladaron hasta Mauthausen. El tren iba atestado, lleno de gente aterrorizada y porquería. El viaje fue corto, no a Polonia, sino muy cerca de la zona natal del Führer.

Llegué a Mauthausen acompañado de decenas de presos, la mayoría opositores, pues este campo estaba destinado más a presos políticos que a judíos. Me raparon, me ducharon y me dieron unos de esos infames trajes de preso. Allí iba a pasar tres largos años de mi vida, experimentando en carne propia el horror, el mal absoluto.

La vida en un campo se parece bastante a lo que podemos ver hoy en documentales o películas o a lo que han narrado en sus escalofriantes novelas algunos supervivientes, como Primo Levi o Jorge Semprún, al que conocí en unas conferencias que dio en mi universidad. El toque de diana era a la seis de la mañana. Nos hacían formar, y así permanecíamos más de una hora, con independencia de que hiciera frío o calor o nevase o lloviese. Luego venía una de las pocas comidas del día, una taza de achicoria y un minúsculo trozo de pan negro, que pronto aprendí a chupar en lugar de masticar y tragarlo, con la vana ilusión de que así duraba más. Mauthausen era, como he dicho, un campo para políticos. Famosa era su cantera, donde a la gente la hacían picar piedra hasta caer rendida o, muy a menudo, muerta.

Yo, que en el momento de mi detención estaba comenzando el doctorado, tuve suerte y fui asignado a un trabajo de oficina, para traducir documentos del inglés y el francés. Había muchos republicanos españoles, con los que pronto trabé amistad. Había estudiado algo de español en la universidad y comencé enseguida a perfeccionarlo charlando con ellos. Eran gente afable y valiente, que iba de horror en horror, acepándolo con cierta resignación. Me contaron con pelos y señales los detalles de su guerra, la que tanto entusiasmo despertó entre la izquierda mundial. Mi primer libro, escrito ya en los años cincuenta, versó sobre la guerra civil española y a mis queridos camaradas españoles lo dediqué.

La rutina en un campo es horrible, la gente cae al suelo desvanecida o muerta de un tiro en la nuca, y por las noches el hedor a carne quemada del crematorio. A día de hoy sigo sin poder comer carne ni acercarme a una carnicería o un asador de pollos. Miembros del sonderkomando nos contaban cómo se amontonaban los cadáveres, que ellos mismos se encargaban de incinerar y de ir luego al río a esparcir las cenizas. Al año y poco de mi internamiento sabíamos que el Tercer Reich tenía los días contados; la campaña de Rusia había sido un fracaso y los aliados avanzaban en todas las direcciones. Pero Mauthausen fue uno de los últimos campos en ser liberado, aún nos quedaban dos años para agarrarnos desesperadamente a la vida. En los tres años que pasé internado se quebró toda mi resistencia, mi equilibrio orgánico y psicológico. Entré con mi metro ochenta largo y ochenta y cinco kilos, y al salir no llegaba a los cincuenta. Pero algo me empujaba a vivir, el ansia de volver a ver a mis padres y a Elsa, que sigue a mi lado, confortando mi vejez.

La convivencia con otros seres humanos en circunstancias tan terroríficas me enseñó mucho y me ha servido para afrontar momentos muy difíciles de mi vida. Mi tarea me dejaba tiempo libre, que aprovechaba leyendo los escasos libros de la biblioteca y charlando con los camaradas españoles y de otras nacionalidades. La principal tarea en un campo es mantenerse con vida e intentar no caer en demasiadas indignidades. Para cenar, al final de la jornada, nos daban un sopicaldo que era poco más que agua con algún trozo de patata pero que caía como agua de mayo en el estómago. Luego, a los barracones. Acostumbrado como estaba a las comodidades, la promiscuidad de las literas y letrinas se me hacía insoportable. Los kapos hacían la guardia con perros que emitían unos ladridos espeluznantes, y no era nada raro oír ráfagas de disparos dirigidas a alguien que, enloquecido, había salido del barracón.

Los días, pese a todo, pasaban rápidos y yo, joven, no caí enfermo y pude aguantar hasta el final. Veía morir a gente todos los días, los traían así de la cantera o los remataban al llegar, de un tiro o con una inyección o en la cámara de gas. Algo especial estaba reservado a los judíos, que sufrieron una carnicería de proporciones bíblicas Creo que nunca se ponderará lo suficiente el sufrimiento del pueblo de Israel durante la Shoah, es algo sobre lo que escribí pasados cuarenta años de mi cautiverio y que la humanidad tiene el deber de recordar.

Hoy, cumplidos los noventa años y encarando el fin de mis días, sigo teniendo pesadillas y a menudo despierto de madrugada con la boca pastosa y taquicardia, entonces me dirijo a la cocina para no molestar a Elsa y lloro un buen rato antes de volver a la cama.

Cuando me detuvieron me hicieron hasta cierto punto un favor, estaban a punto de movilizarme y tenía pensado desertar; prefería mil veces ser fusilado a matar a seres humanos inocentes defendiendo a una banda de genocidas. Mi padre tenía cuarenta y ocho años cuando comenzó la guerra y no fue reclutado. Le dio tiempo a leer mis libros y fue, junto a mi madre y a Elsa, un apoyo imprescindible tras mi cautiverio. Elsa estudió enfermería y estuvo en un hospital durante la guerra y tras casarnos hasta su jubilación.

Tras tres años largos de sufrimiento, por fin a mediados de 1945 Mauthausen fue liberado. Me dirigí en un camión norteamericano al domicilio de mis padres en un pueblo de Baviera, que estaba milagrosamente en pie. Pasé dos años sin hacer otra cosa que comer y dormir e intentar olvidar. Una vez repuesto, terminé mi doctorado, que versó sobre el ascenso del Tercer Reich, y obtuve una plaza de profesor. Me sorprendió en aquellos días de la inmediata posguerra volver a ver algunos documentales de la época de Weimar, donde la gente cogía el tranvía, iba a la cervecería, a la playa, como ignorantes de la barbarie que se estaba fraguando. He dedicado mi labor intelectual a estudiar la culpa alemana. He publicado una docena de libros. El canciller Brandt me condecoró junto con mi buen amigo Golo Mann. Hoy todo parece normal, pese a la crisis económica que azota al mundo. En mi país hay paz y relativa prosperidad, se suceden gobiernos de uno y otro color, estamos integrados en Europa y la gente hace una vida normal. Todo el horror que vivimos parece superado, y creo que mi vida ha sido en buena parte un regalo, como la de todo el mundo.

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