Humor Gráfico, Luis Sánchez, Luis Sánchez, Número 53, Opinión
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Expresionismo abstracto

Por Luis Sánchez

Luis Sánchez

Luis Sánchez

Cuando oigo la expresión la marca España, me tiemblan las uñas de los pies. Pues me imagino, pongamos por caso, el toro de Osborne grabado a fuego lento en una de mis nalguitas; o la T abotonada de Telefónica, tatuada en los dos dedos de frente que me quedan; o la mariposa multicolor de Gas Natural Fenosa, bordada en mi florido pecho de lobezno. Y es que la marca España nos remite al mundo de las transacciones comerciales, de las finanzas, de los mercados, para hacernos creer que, en el fondo, un país se gobierna como una gran empresa (que siempre busca la máxima rentabilidad) y que, por tanto, conviene privatizar el sector público. Nos llaman consumidores, contribuyentes, usuarios, clientes…, y nos sentimos de todo, menos ciudadanos (¡el irrenunciable derecho a decidir!). Es el fracaso de la política (del bien común) en favor de la economía (del beneficio privado). Da la sensación de que ya no hay Estado ni país, sólo la marca comercial, el anagrama, el logotipo…, y detrás, sólo números, muchos números, tantos que, como ya no caben en España, se marchan a Panamá, las Seychelles (o Maldivas), Andorra, Suiza, las Islas Caimán… Recordemos que toda empresa tiene, además, una responsabilidad social que no puede eludir (la vida no es un negocio).

Y, hablando de toros, cuando oigo la expresión filosofía de la empresa, es como si me clavasen un par de banderillas en el lomo del surrealismo. Yo, que en mis años de Facultad, tuve que estudiar conceptos como ‘plusvalía’, ‘alienación’ o ‘fetichismo de la mercancía’, me encuentro, ahora, con que un tal Carlos Marx (o alguien parecido) ocupa el puesto de jefe de personal en la Ford (o en la Siemens, qué más da), para instruir a los obreros sobre materialismo histórico. ¿Y desde cuándo a una empresa le ha importado el saber, la reflexión crítica, la cultura o el bienestar social? Desde que tengo uso de razón he oído la expresión política de la empresa, como corresponde al gobierno de los intereses de la clase dirigente. Pero como la tendencia del neoliberalismo es enterrar todo lo que suene a política, prefieren hablar de ‘filosofía’, que da lustre y prestigio. Al mismo tiempo, ¡oh, inescrutable paradoja del destino!, arrinconan dicha disciplina en los planes de estudio (para muestra, la LOMCE). A propósito, ¿los sindicatos qué dicen?, ¿también se lo toman con filosofía?

Vamos muy bien encarrilados, ya lo creo. De hecho, cuando oigo la expresión hoja de ruta, no sé ya si pensar en la hoja de parra con la que se tapaban los colgajos nuestros edénicos padres o dejarme llevar, con cara de pasmo, por la interminable Ruta 66. En cualquier caso, me pierdo en un laberinto para el que todavía no han inventado un GPS eficaz. Porque, a ver, una hoja tiene dos páginas: la cara A y la cara B. En la primera ponen el almíbar y en la segunda, la hiel. Conclusión: en toda hoja de ruta hay una cara muy dura (¡qué lindo pareado!). Y es que, en vez de elaborar un programa político encaminado a solucionar los problemas, redactan medidas para poner parches a la coyuntura. Todavía resuena, con eco mediático, la popular cantinela de Julio Anguita a Felipe González: ¡programa, programa, programa! Y ahí andamos, apostando por coger el toro por los cuernos, en vez de marear la perdiz.

Así, cuando oigo la expresión error de comunicación, lo primero que me viene a la mente es un fallo técnico, como el que se produce en la telefonía móvil, que nos deja bloqueados durante un breve espacio de tiempo. Minutos después, me zumban los oídos con ese cinismo fueraborda que enmascara la mentira con un error. En fin, no supieron engañarnos mejor y se les ve el plumero. Pero no hay peligro, porque, llegado el caso a la justicia, aún les queda el último recurso, la respuesta del oráculo: No me consta.

Y, para terminar, una sórdida anécdota: la CIA promocionaba exposiciones de Jackson Pollock (1912-1956), el mayor representante estadounidense del expresionismo abstracto, con la intención de contrarrestar la transgresión que destilaban las vanguardias artísticas procedentes de Europa. Es lo que sale a la luz pública, cuando se desclasifican documentos secretos. Y es que no hay nada mejor que pintar al aire libre.

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