Francisco Saura, Número 53, Opinión
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De estricta obediencia extranjera

Por Francisco Saura

Francisco Saura

Francisco Saura

La historia de la heterodoxia española es la de sus protagonistas sometidos a la estricta obediencia extranjera. No son un secreto los métodos expeditivos que se utilizaron antaño para podar la yedra que crecía en el solar patrio. Cuando alguien levantaba la cabeza por encima del desnivel del páramo español, el hacha rasaba el terreno y su cabeza salía despedida haciendo piruetas en el aire, rebotaba en el  suelo y rodaba hasta detenerse en la hondonada, junto a otras miles de cabezas, sin que los amos extranjeros viajaran al país para recuperar los restos de sus agentes. Por entonces, las ramblas se colmataban de cadáveres y no de urbanizaciones o verdes laderas en las que juegan al golf gentes de tez lechosa o de antiguas patrias que encarnaban el mal absoluto. En realidad, Europa siempre buscó en el extranjero la heterodoxia. Esta siempre fue foránea. Llegó en veleros o burlándose de los controles de las aduanas. En algunos casos, el cáncer se desarrolló en el útero patrio y consiguió huir antes de que los guardianes del espíritu nacional allanaran su casa paterna, una fonda o las bibliotecas donde se alimentaba y crecía hasta hacerse metástasis. ¡Ah, esos exiliados románticos que hallaron hogar, comida caliente y libertad para pensar y escribir a la orilla del Támesis!.  O esos otros liberales españoles y afrancesados que huyeron a Londres o a París o Burdeos. O los italianos, o los polacos…

Con certeza, siempre hubo dinero por medio. Antes, durante y después del exilio. Por entonces o se huía a uña de caballo o se terminaba con los huesos en una húmeda y lúgubre prisión en la que salir con vida era todo un reto para titanes. En el exilio, junto a un acogedor fuego o leyendo compulsivamente en esos lugares malsanos para nuestra mentalidad llamados bibliotecas, los heterodoxos sacaban la cabeza del hoyo intelectual y preparaban su retorno llenando sus mochilas de ideas extranjeras. Durante mucho tiempo, nuestra patria supo dónde hallar el origen de su heterodoxia: en Inglaterra y Francia, sus eternos enemigos de la Edad Moderna. En ambas naciones se cortaron cabezas regias en los siglos XVII y XVIII. No ocurrió lo mismo en España y, sin duda, nuestros tradicionalistas siempre temieron que los furores ajenos contagiaran a la plebe y se ensañaran con nuestras costumbres que, no podemos olvidarlo, coincidían con los intereses materiales de nuestras oligarquías, las civiles y las eclesiásticas. En esa época los heterodoxos eran hijos díscolos de los poderosos; el pueblo bastante tenía en emplear todas sus energías en no morirse de hambre. Y llegó el siglo XX y los enemigos seculares dejaron de serlo. Por una esquina asomaron primero los socialistas y los anarquistas, y un poco más tarde los comunistas. Luego, o al mismo tiempo, ganaron fama conspirativa los masones, los judíos y, en un país de mestizaje, los judeomasones. Una mezcla explosiva de organismos extraños al cuerpo patrio. Unos ponían el dinero y las ideas, otros la fuerza de choque y la carne de cañón. Observado en la distancia, resulta extraordinario que tan formidable alianza no pusiera de rodillas a terratenientes, fomentadores nacionales del trabajo,  del pistolerismo patronal y del desembarco en alta mar de esporádicos cargamentos de obreros catalanes, y a una prolija y parasitaria corte eclesiástica. Pero toda esa mezcolanza de heterodoxos contaminados hasta los tuétanos por ideologías extranjeras no pudo ni con las esencias patrias ni con sus defensores. Poco importa que la batalla fuera decidida por los fascismos europeos, poco importa que las cunetas de las carreteras de Andalucía y de las Castillas se llenaran de fosas comunes, poco importa el dinero en armamento y préstamos de Hitler y Mussolini. El mal fue derrotado y la ortodoxia pudo sacar pecho y afirmar que la primera derrota al comunismo judeomasónico había sido infligida en territorio español. La III Internacional se marchó con Togliatti entre las piernas y nuestro país vivió una fecunda época de reeducación de sus hijos descarriados. La mayoría supo leer su papel en el nuevo orden; los que no supieron, o no quisieron hacerlo, sufrieron los rigores de la tiranía, incluida la muerte, la tortura, el destierro interior y exterior, y el silencio, el maldito silencio de los perdedores.

Con el régimen del setenta y ocho decayó el espantajo de la financiación extranjera y de la estricta obediencia extranjera del Partido Comunista, tal vez porque el PSOE recibió ingentes ayudas de los sindicatos norteamericanos y de la socialdemocracia europea, tal vez porque por una vez se intentó superar la dicotomía de las dos Españas. Poco antes, la mortecina dictadura franquista dejó en la estacada al pueblo saharaui por un funeral de estado en paz. Hassan II andaba no muy lejos. Los monarcas hermanos, esos teócratas árabes que mantienen en la más estricta y atroz sumisión a sus pueblos, no recibieron reproche alguno. Además, tenían petróleo y cuantiosos contratos que ofrecer. El Partido Popular se hermanó con el Partido Comunista Chino, que tiraniza a su pueblo y le obsequió con la derogación de la justicia internacional. Vendimos el país a fondos buitres, a lo más granadamente corrupto del capitalismo mundial a cambio de lisonjas y limosnas. Nos burlamos, con el resto de los países de la Unión Europea, de los más elementales principios del derecho internacional, enviando a los refugiados políticos a Turquía. La ortodoxia española ya no fustigaba los desmanes extranjerizantes: callaba para recibir, mendigaba y bostezaba aburridamente. Por fin lo que llegaba de fuera era bueno y coincidía con las inquietudes de nuestras oligarquías. Merkel era una de los nuestros, y Cameron, y los comunistas chinos, y los teócratas árabes, y hasta Putin. Tal vez hubo una III Guerra Mundial y no lo supimos.

Ahora que fenece el régimen del setenta y ocho hemos redescubierto que hay países malvados que financian a nuestros malvados particulares. Ya se sabe, Irán y Venezuela. Y Podemos recibe dinero a mansalva de tales estados gamberros hacia fuera y dictatoriales hacia dentro. Lo dicen los servicios secretos españoles, el Ministerio del Interior, políticos del PP y, sobre todo, un tal Inda. Renacen nuevas internacionales en el horizonte: la bolivariana, la chiita, la norcoreana, la de las estanterías vacías de los supermercados.

 Ya sabemos dónde habitan nuestros modernos heterodoxos. ¡A por ellos, que son de estricta obediencia extranjera y quieren acabar con nuestras tradiciones!

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1 Kommentare

  1. Víctor Etayo dicen

    Muy profundo análisis, del dirigismo y metas marcadas por la oligarquía de turno, reconvertidas en intereses de súper multanacionales que por medio de tratados secretos impondrán su voluntad, sobre todo lo que la clases políticas se doblegarán a su entera voluntad.

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