Lidón Barberá, Número 54, Opinión
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Estado civil: reunidos

Por Lidón Barberá 

Lidón Barberá

Lidón Barberá

Sale un señor muy serio en la tele y empieza a hablar de la poca productividad que tenemos en las empresas españolas. Luego aparece una mujer con aspecto implacable y habla de la dificultad de conciliar con los horarios aberrantes que tenemos en este país los que tenemos la suerte de trabajar. Al final, incluso un chaval con gafas de pasta y MacBook Pro último modelo que se conecta por Skype desde su pueblo en una sierra y que cuenta las dificultades del tele trabajo. “Lo mejor es no tener contacto físico con los clientes”, dice. Y aunque tal vez suene a barbaridad, esa puede ser la clave para ser un poco más productivo y tener tal vez más oportunidades reales de conciliar.

¿Cuántas horas se pasa la gente en reuniones? ¿Cuántas horas nos reunimos para planificar reuniones? ¿Cuántas reuniones organizamos para intentar descubrir una forma de ser más productivos mientras estamos precisamente matando la productividad? Con frecuencia la secuencia es la siguiente: reunión a media mañana, con cinco personas convocadas. Dos de las personas no están en la sala a la hora acordada. Una aparece a los cinco minutos mientras los demás hablan del tiempo, de que Manolito el de Contabilidad se ha separado o de la porra para la final de la Champions. A los diez minutos llega el otro. En lugar de empezar la reunión, le ponen al día sobre el tiempo, el estado civil de Manolito el de Contabilidad y la porra de la final de la Champions. Empiezan. A uno de los cinco le llega un Whatsapp. Lo contesta. Retoman. A otro, el que la organizado la reunión, le entra una llamada urgente que tiene que resolver. Vuelven a Manolito, a la Champions y a las lluvias. Retoman. Hablan tranquilamente de trabajo durante 10 minutos. Llega un mail. “Perdonad, que me agende esto”. Champions-Manolito-Lluvia. Retoman. Complicado retomar, se han perdido. ¿Por dónde íbamos? Hora y media después todos vuelven a su puesto de trabajo tremendamente descentrados, con unas cuantas tareas por hacer que se les podían haber asignado perfectamente por correo electrónico, con dos euros menos por haber participado en la porra, con cosas por hacer que no han hecho en esa hora y media y con una curiosidad ilimitada por la marca roja que lleva en el cuello Manolito el de contabilidad. Pero si les habían dicho que se acaba de separar. Lo importante era eso, no el proyecto para el que se habían reunido. ¿O era para analizar otro proyecto que ya está terminado?

Planificamos entonces una reunión para intentar estudiar cómo podemos hacer que las reuniones sean un poco más eficientes. Ponemos cafés sobre la mesa, papeles en blanco y nos empieza a fascinar el vuelo de una mosca que se acaba de colar por una rendija. “Si las reuniones bien llevadas pueden ser productivas”, dice uno.  Mostrar autoridad, tener la sensación de que se está haciendo realmente importante, fingir que se escucha a los demás cuando ya se tiene claro cuál va a ser la conclusión de una reunión de antemano… ¿Por qué nos reunimos? Probablemente por lo mismo que trabajamos hasta las mil y nos quedamos viendo la tele hasta las mil quinientas. Era algo de nuestra forma de ser, ¿no?

Mientras muchas personas que trabajan a distancia o pequeñas empresas sí que son capaces de establecer fórmulas muy estrictas para que las reuniones no se vayan de madre (¿a alguien le suena un reloj de arena?), en la mayor parte de empresas seguimos sucumbiendo al apretón de manos, el calentamiento con temas superfluos y dar vueltas a las mismas ideas una y otra vez. Conciliar, si acaso, ya conciliaremos.

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