Marjo Garel, Número 54, Opinión
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Escritores triunfadores, escritores fracasados

Por Marjo Garel

MARJO GAREL

Marjo Garel

Me gustaría, como empedernida lectora que soy casi desde que andaba a gatas, hacer una mención a esos autores infravalorados por las editoriales que para que su obra sea conocida se ven abocados a editarse ellos mismos. Lógicamente se ven impelidos, y eso si tienen suerte, a que sus libros no dejen rendimientos suficientes, no ya para mantenerse, qué más querrían ellos, sino para pagar el coste de la edición.

Con la ayuda de las campañas de las grandes editoriales todo es mucho más fácil, pues se sabe que en tiradas masivas luego publicitadas (y que encarecen la obra de cara al lector que las adquiere) siempre se venderá más. Pero, ¿será cierto que esos escritores mimados por las editoriales transatlánticas son los mejores? En el devenir de un autor novel prima sobre todo que el público se enganche al mismo. Luego, que la novela esté bien, mediana o malamente escrita, por desgracia, es lo de menos. Todo se fía a los paseos por las televisiones con mesita-velador, y a los anuncios de presentaciones en todo tipo de redes sociales, por supuesto, las primeras las de la editorial.

Así, no debe extrañarnos que en los últimos años todos los presentadores de una determinada cadena de televisión, todos sin excepción, presentasen un libro, su libro. Algunos de ellos, de larga trayectoria profesional, es posible que tuviesen algo bueno e interesante que contar; otros/as (la RAE puede canearme si no considera correcto el uso de la barra para garantizar el tan necesario lenguaje no sexista) venden su vida, sus consejos para una vida sana, sus recetas de cocina, y aunque lo que dicen interesa literariamente más bien poco, una excelente campaña publicitaria los pone a la altura de cualquier premio Nobel. ¿Cómo van a competir los restantes excelentes escritores/poetas/historiadores que no tienen repercusión mediática alguna y que son prácticamente anónimos contra semejantes campañas de marketing y con escritores archifamosos que nos machacan con apariciones televisivas hasta la saciedad, incluso a veces hasta la suciedad, ya que raramente elevan el nivel cultural de sus lectores? Aquellos incautos que finalmente pican el anzuelo publicitario y compran el best seller de turno, como quien compra un frasco de colonia, luego entran en las redes sociales y hablan mucho del libro, se vanaglorian de que ellos lo leen, ¡claro que lo leen!, lo mismo que ven programas de cotilleo, vulgarización que tenemos a todas horas en determinadas cadenas privadas y no tan privadas. Son esos programas televisivos que cada tarde enganchan al espectador y a los que se enganchan también ellos, los oportunistas de la literatura, los nuevos escritores de esta generación X de presentadores de televisión que en el plató cotillean y hablan de esto y de lo otro y que entre cotilleo y cotilleo cuentan algo de sus libros, no mucho para no desvelar nada de la trama, si es que hay algo interesante y de calidad que desvelar entre tanto humo, y al final ya no sabes si el programa va de Sálvames o Supervivientes o de literatura, pero eso qué más les da a ellos, han vendido sus libros en prime time y al finalizar el programa todos se van al bar que hay junto al estudio a celebrar sus éxitos y lo buenos escritores que son.

Ellos pueden y lo hacen. Los otros, los no conocidos e incluso alguno conocido pero “mal llevado” por la editorial, se quedan en el camino o a verlas venir. Últimamente he tenido la inmensa suerte de leer a varios de ellos, tras conocerlos a través de las redes sociales, y me he quedado sorprendida de la alta calidad de sus obras y perpleja de que no consigan ese empujón necesario ni un mecenazgo que les coloque en la órbita en la que deberían estar para que el lector disfrute con ellos. Un remanso de buena literatura/poesía/historia donde podemos olvidarnos de que la machacona televisión existe y así apretar el botón del mando a distancia para dejarla durante mucho rato en la más completa oscuridad, mientras la luz se hace en nuestro cerebro gracias al ingenio de esos autores desconocidos.

Quizás en este cuarto centenario de la muerte de dos grandes prohombres de las letras, como son Cervantes y Shakespeare, alguien tendría que mirar de nuevo y releer los distintos manuscritos que les llegan y no dejar en el olvido a quienes en algún momento, dentro de otros cuatrocientos años, puedan estar al nivel de los mejores, sin que la piedra –no filosofal precisamente– de la incultura que los medios de comunicación de masas ponen en su camino prive a tantos de su buen hacer.

Necesitaremos quizás un Quijote que se enfrente a estas multinacionales del marketing del libro-papelera, verdaderos molinos de la estulticia contra la auténtica literatura. No todo el que llegue será bueno pero, probablemente muchos, muchísimos, que sí lo son, se quedarán en el limbo de los desconocidos, porque como sucedía en las peores épocas, sus obras no llegarán a ser alimento, no ya para cerebros humanos, sino tan siquiera para ratones de biblioteca, en el devenir de los siglos. Ojalá otros lectores puedan tropezarse con ellos algún día y quedar extrañados del olímpico desprecio con el que fueron tratados en estos nuestros días tan mediocres, banales y extraños.

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