Artsenal, Humor Gráfico, Número 53, Opinión, Xavier Latorre
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Equipo A

Por Xavier Latorre / Ilustración: Artsenal

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Xavier Latorre

Mariano Rajoy manda poco, como reconoció él mismo hace lo que le pide su equipo de campaña, unos asesores que no andan sobrados de estrategias distintas a las de esperar sentados a que amaine el mal tiempo. Pedro Sánchez hace lo que le imponen sus barones, algunos le advierten ya de que es un líder caducado. Rivera tiene el sambenito de que tiene obediencia ciega al IBEX 35 o a algún rico catalán agazapado detrás de unas siglas comerciales. Pablo Iglesias hace, pregonan los tertulianos, lo que le dictan Maduro, las PAH y desde hace unos días también lo que le exige el joven Alberto Garzón. Para mostrar el acuerdo preelectoral con IU, Iglesias aludió a la frase de un actor grandullón de la serie televisiva El Equipo A. Todo sirve para visualizar, como diría alguien, ese matrimonio de conveniencia, incluido el botellín de cerveza en la Puerta del Sol.

Los asesores de prensa, los que diseñan los eslóganes, los profetas de la demoscopia juegan, ¡faltaría más!, esta segunda vuelta. Ellos son los que se dedican a travestir a sus jefes y a adornarlos de virtudes de las que carecen por completo. Saben que hay que ampliar el espectro de votantes a los que dirigirse y en eso están, fichando a alguna vieja gloria con algunas manchas rebeldes en su trayectoria. Así los consejeros de Rajoy, que suponemos cobran en B a final de mes, deben rebozarlo de tolerancia, campechanía y accesibilidad. Los de Sánchez deben envolverlo de un talante de seudoizquierdista multiusos y de una irreconocible sensibilidad federal. Los de Rivera deben realzarle el perfil supuestamente suarista, disimularle sus meteduras de pata y defenderle de los vendedores de reformas ambiguas que se han colado, con su visto bueno, en sus listas electorales. Los tutores de Pablo Iglesias le deben recordar que no se meta tanto con Felipe González, porque al parecer lo pone en la órbita mediática y el patriarca socialista a su edad se crece y nos echa unos sermones del copón.

El equipo de campaña es tan hábil que se dedica a engatusar a periodistas. Esos tipos sin escrúpulos deben realzar las debilidades del contrario y repetirlas hasta la saciedad para que vaya calando ese mensaje-trampa en la opinión pública. Al final no sabremos a quién hemos votado: los líderes políticos son unas marionetas en manos de sus asesores más íntimos. Puede que nuestro voto lo haya captado un discurso brillante redactado por un hombre gris que trabaja a distancia, o lo haya decantado un post en las redes sociales que nos ha conmovido, o lo haya motivado una encuesta que parecía convincente cocinada por un apañado empleado del partido, o lo hayan justificado unos rumores extendidos a la velocidad de la luz que ensucian la imagen del adversario. Cuando al político le vaya mal dirá que es un fallo de comunicación, mientras que cuando el escrutinio le dé una alegría el afortunado se pondrá directamente la medalla y pensará, ingenuamente, sin modestia alguna, que es lo más grande que ha parido nadie en este país.

Detrás del que gane, no lo olviden, está el tipo ocurrente, una especie de ventrílocuo, que le sopla al cabeza de lista la lección por el pinganillo. En esta campaña veremos, sin duda, quiénes tienen mejores asesores. Lo sabremos porque el consultor anónimo del ganador ejercerá en la Moncloa el gobierno en la sombra, manejará los hilos del poder en la trastienda y ocupará la sala de máquinas de Palacio, mientras el titular de la presidencia se sirve un cortado de la máquina de café del pasillo y hojea las páginas de ciclismo del Marca. Estén atentos a los sondeos y a los duelos televisivos. Van a reconocer en ellos la mano que mece nuestra democracia.

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