El Koko Parrilla, Humor Gráfico, Jose Antequera, Número 54, Opinión
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Elogio del insulto

Por José Antequera /  Viñeta: El Koko Parrilla

José Antequera

José Antequera

Lo que se vivió hace unos días a las puertas de los juzgados de Plaza Castilla, y me refiero a lo de Bárcenas versus Maroto, prometía mucho, pero al final quedó en un espectáculo ciertamente decepcionante. Todos esperábamos que los pistoleros del PP, que se habían citado en duelo al amanecer para explicarle sus cosas al juez, nos brindaran algo que estuviera a la altura de los escándalos rutilantes, algo con mucho morbo, fango, navajazos y golpes bajos por doquier. Sin embargo, al final todo quedó en nada, en un juego de niños, en un pasatiempo de monjitas, en un bluf. Maroto se lo quitó de encima deprisa y corriendo llamando “delincuente” a Bárcenas y Bárcenas le respondió a Maroto con un escueto y soso “es un político de escaso nivel que me da un asco tremendo”. Qué decepción. Ni siquiera se mentaron a la madre o a las hermanas, como manda el manual de la vieja política patria desde los tiempos de Witiza el visigodo. Ni un mal cabrón ni un hideputa tan castizo, tan nuestro, tan castellano. Uno cree que un envite judicial de semejante categoría merecía algo más, pero ninguno estuvo a la altura de lo que se esperaba de ellos.

De un tiempo a esta parte, el nivel dialéctico de nuestros conspicuos políticos está decayendo mucho, y hasta para insultarse están perdiendo el ingenio y la gracia. El insulto, al igual que la democracia, ha devenido en algo rutinario, burocrático, gris, un salir del paso, y eso no podemos permitirlo ni tolerarlo de ninguna de las maneras. A nuestros gobernantes anodinos, soporíferos y escasos de neuronas les pagamos para que nos roben el dinero delante de nuestras narices, para que nos mientan cada cuatro años y para que se mofen de nosotros pero también, y mayormente, para nos diviertan como bufones que son insultándose con arte y salero. Faltaría más. No les pagamos para que se crucen por los juzgados sin mirarse a la cara, fría y distantemente, como hacen Iglesias y Sánchez, ni para que cubran el trámite del rifirrafe de mala gana y sin ponerle una pizca de pasión. Aquí podemos consentir que nos trinquen la pasta y se la lleven a Suiza, que oculten nuestro parné en la offshore y hasta que nos chupen la última gota de la sangre. Pero que dos machos alfa del PP como Maroto y Bárcenas pasen de largo sin soltarse leña y estopa duramente, sin darlo todo ni arrearse una mala corná en condiciones, nos parece un fraude, un tongo y un biscotto intolerable para el respetable.

Uno que hace tiempo ha perdido la esperanza de ver un debate serio y edificante sobre política nacional y que ya se sienta delante del televisor solo para asistir a la refriega sangrienta del día, al combate de la mañana, a la pelea matutina Marhuenda/Sardá en Al Rojo Vivo o a la velada pugilista de La Sexta Noche entre Iglesias, el potro rojo de Vallecas, e Inda, la víbora relamida de Salamanca, que le sustraigan el placer de contemplar a dos venados embistiéndose cornúpetamente, a cara de perro, le parece una estafa imperdonable. Este país que siempre insultó con la prosa culteranista y afilada del gran Quevedo está perdiendo el gusto y la costumbre sana del insulto, de la ofensa bien hecha, sal y pimienta de la vida política española de siempre, y aquí parece que ya solo usamos la imaginación y el talento para engañar a Hacienda o para evadirnos al paraíso panameño. Nos estamos olvidando de lo bueno de lo español, del insulto elegante y literario, y no podemos dejar que nuestros políticos caigan en la apatía, la abulia y la vulgaridad de un insulto poco trabajado, funcionarial, blando o sin brillantez. El castellano es rico y fértil en expresiones e injurias, no debemos quedarnos en el primer “fulanito es un delincuente” que se nos venga a la cabeza (algo que por otra parte ya sabemos todos) o en el manido “y tú más”. Desde aquí aconsejamos a Maroto y a Bárcenas, dos consumados sicarios de partido, que se pongan las pilas, porque ellos saben hacerlo mucho mejor, que se preparen el teatrillo y que la próxima vez que se den cita en el páramo yermo y apartado del juzgado para batirse en duelo mortal por la caja B del PP, por las comisiones de los constructores, por el filesón del partido, por las chapuzas de Génova y otras corruptelas, se lleven unos cuantos agravios y oprobios bajo el brazo, aunque sea escritos en una chuleta, insultos potentes y cañeros como gaznápiro, palurdo, mamacallos, fantoche, bellaco, bucéfalo, cornudo, alimaña, pusilánime, haragán, tontivano, papamoscas y pendón desorejado. Porque a un político español no podemos pedirle que sea listo y preparado, ni honrado y trabajador, ni que sea honesto y le diga siempre la verdad al pueblo. Eso sería tanto como obligarle a ir contra su propia naturaleza. Pero sí podemos exigirle al menos que esté a la altura de lo que pide el público, o sea un insulto ocurrente y chisposo para jolgorio y solaz del sufrido y mortificado pueblo español tan necesitado de alegrías. Ya que tenemos que aguantar sus desmanes, al menos que lo hagan con gracia y salero, que para eso les pagamos. Qué menos, coño.

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