Becs, Editoriales, Humor Gráfico, Número 53
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Editorial: El abrazo de la izquierda

Ilustración: Becs. Viernes, 13 de mayo de 2016 

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   Editorial

El abrazo entre Pablo Iglesias y Alberto Garzón que ha sellado el acuerdo entre Podemos e IU para concurrir en coalición a las elecciones del próximo 26J ha transformado radicalmente las expectativas de voto de los diferentes partidos. El “pacto de la birra” (Iglesias y Garzón sellaron su alianza con unos botellines de cerveza) permitirá que ambas fuerzas sumen escaños en su intención de dar un vuelco histórico al mapa electoral, disputándole el poder al PP, y amenazando la posición hegemónica del PSOE como segunda fuerza más votada y principal partido de la oposición. Por otra parte, en lo personal, el acuerdo Podemos/IU puede apuntarse como un éxito personal de sus impulsores, que no son otros que Pablo Iglesias y Alberto Garzón. Ambos salen fortalecidos al potenciar una alianza que es vista con buenos ojos por la mayoría de los electores que votan a partidos de izquierdas. Al líder de Podemos el pacto indudablemente le beneficia, porque le permite contar con un nuevo aliado con el que aliviar el desgaste personal que ha sufrido tras los cuatro meses de duras negociaciones con el PSOE que terminaron en fracaso y que han abocado al país a unas nuevas elecciones generales. Existía cierto riesgo de que el electorado de Podemos culpabilizara a Iglesias de la repetición de los comicios y le castigara en las urnas con la pérdida de votos por no haber sido capaz de lograr un acuerdo con Pedro Sánchez. Las últimas encuestas revelaban cierto agotamiento y pérdida de apoyo popular en las filas de Podemos. Tras el “pacto de la birra”, Iglesias no solo ha logrado firmar un acuerdo con otra fuerza política, algo que, visto lo visto en España, es poco menos que imposible, sino que queda como el gran artífice de una coalición auténticamente de progreso, adelantando al PSOE por la izquierda y haciendo cada vez más factible el temido sorpasso que tanto miedo da a los socialistas.

Iglesias y Garzón salen fortalecidos al potenciar una alianza que es vista con buenos ojos por la mayoría de los electores de izquierdas

Pero es que a Garzón el acuerdo también se le debe apuntar como un triunfo personal, ya que permitirá a su partido sumar al menos ocho escaños, de forma que el millón de españoles que votaron por esta formación el 20D contará a partir de ahora con una mayor representación parlamentaria en el Congreso de los Diputados (actualmente tiene solo dos escaños). Por si fuera poco, el acuerdo permitirá que el líder de Izquierda Unida pueda encabezar alguna lista como candidato por Madrid y de paso se afianza como posible vicepresidente en el caso hipotético de que gane la coalición. Las últimas horas antes de la firma del acuerdo fueron agónicas y llegado a un punto las negociaciones encallaron por culpa de un asunto que no es menor: la configuración de las listas. A última hora de la tarde del lunes, IU daba finalmente el “sí quiero”, después de que Podemos le prometiera un reparto de escaños con “la proporción 1 a 6”, es decir, un diputado de IU por cada seis de Podemos. Lo cual supondría 50 escaños para la formación morada y ocho para la de Alberto Garzón.

Algunos líderes históricos de IU como Gaspar Llamazares, excoordinador federal, se han opuesto pública y frontalmente al acuerdo, ya que temen que la coalición acabe fagocitando a IU como partido, de manera que una organización histórica en la que está integrada el PCE –fuerza que jugó un papel crucial no sólo en la llegada de la democracia a nuestro país, sino también en la Transición–, quedaría sometida a Podemos. Sin embargo, las voces discordantes como Llamazares parecen debilitadas y escasas y todo apunta a que ambos partidos, previa ratificación del acuerdo por parte de las bases, concurrirán unidas a las elecciones del 26J.

Sin duda, la escenificación del acuerdo ha sido un golpe de efecto importante en medio de un panorama político marcado por la crisis económica, el desgobierno y la falta de consenso, poco menos que triste y desolador. Muchos ciudadanos de izquierdas se han sentido congratulados de que, por fin, dos partidos que apuestan por un cambio progresista en España hayan sabido limar asperezas, dejando atrás sus diferencias, y firmar el ansiado documento de coalición. Tras la firma de la alianza, Iglesias y Garzón dieron a conocer la noticia encontrándose simbólicamente en la Puerta del Sol, el mismo lugar donde empezaron las históricas protestas del 15M y de los indignados, que en tan poco tiempo han alterado sustancial, y probablemente para siempre, el sistema bipartidista implantado en nuestro país tras la promulgación de la Constitución de 1978. En ese simbólico kilómetro 0, bajo el cartel de Bodegas Tío Pepe y a solo cinco días de que el movimiento popular del 15M cumpla su quinto aniversario, los dos jóvenes políticos que encarnan las aspiraciones de la nueva izquierda española se fundieron en un abrazo fraternal con consecuencias políticas trascendentes, la primera de ellas el propio gesto, que supone un comienzo en el camino de recomposición de la unidad en la izquierda española, tradicionalmente cainita y fraccionada. La historia dice que la guerra civil se perdió por la desunión de los distintos partidos que componían el bando republicano. Y fue justo así. Más tarde, con la llegada de la democracia, la derecha consiguió aglutinar fuerzas en torno al PP, mientras que el espectro político de la izquierda quedaba fragmentado en diferentes partidos, como el PSOE, el PCE y más tarde Izquierda Unida. Buena parte del éxito de la derecha en  España desde la victoria de Aznar se ha debido a la división de la izquierda. La aparición de Podemos consiguió aglutinar efectivos y la alianza con IU puede hacer peligrar una victoria de la derecha.

Haría bien Pedro Sánchez en meditar el ofrecimiento de Iglesias con calma y serenidad, sin impulsos irracionales y viscerales

Tras el abrazo del Tío Pepe ante los periodistas y las cámaras de televisión llegaron las cañas en Lavapiés. Este golpe de efecto, esta dinámica alegre y positiva impulsada al calor del amor en un bar, como decía la canción, puede actuar como catalizador, seduciendo a muchos votantes el 26J.  ¿Pero estamos realmente ante una refundación de la izquierda, ante un hecho histórico, ideológico, o solo ante una puesta en escena como preámbulo de una campaña electoral para arañar votos? Solo el tiempo lo dirá, pero de momento Iglesias y Garzón ya han conseguido dos cosas importantes: primero poner nerviosos a algunos miembros del PP, que tras conocer la firma del acuerdo advirtieron apocalípticamente sobre las consecuencias que para España tendría un gobierno de “comunistas”. Y  en segundo lugar sembrar la duda entre las filas del PSOE, cuyos dirigentes ven cómo la sombra del sorpasso, que condenaría a los socialistas al tercer lugar entre las fuerzas del arco parlamentario, se acerca peligrosamente. La propuesta que Pablo Iglesias ha hecho a Pedro Sánchez para que se sume al acuerdo de izquierdas en el Senado con el objetivo de desbancar al PP ha sido otro regalo, quizá envenenado, que Sánchez se ha apresurado a despreciar con un escueto “no gracias, Pablo”. El secretario general socialista, quizá en un arrebato demasiado precipitado y poco reflexionado, ha lamentado que el líder de Podemos haya tenido cuatro meses para sumarse al pacto PSOE/Ciudadanos, y de esta manera acabar con el gobierno del PP, pero “no lo ha hecho”. Con ser cierta en parte esta afirmación, haría mal Sánchez en dejarse llevar por ese orgullo que parece inherente a todo socialista que ha militado en un partido con 130 años de historia y despreciar una oferta de Podemos/IU que puede ser buena para el país. El PSOE, un partido histórico que ha gobernado España durante los años del felipismo y del zapaterismo, debería meditar seriamente la invitación de Iglesias y Garzón para sumarse a un pacto verdaderamente de izquierdas que impulse políticas sociales, lo que más necesitan millones de españoles arruinados por la crisis. Lo contrario, seguir atado, cuando no hipotecado, a un acuerdo con los Ciudadanos de Albert Rivera que se ha revelado un rotundo fracaso, sería tanto como no querer ver que el tiempo político ha cambiado. Ya no estamos en la ronda de consultas con el rey ni en los meses de negociación para lograr un acuerdo de Gobierno, sino en vísperas de ir a votar en una segunda vuelta. Y de las urnas puede salir cualquier cosa. Incluso un descalabro del PSOE que podría ser histórico al quedar relegado a un papel secundario en el panorama político español. Haría bien Sánchez en meditar todo esto con calma y serenidad, sin impulsos irracionales y viscerales. Porque de él depende ahora el futuro del PSOE.

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