Literatura, Vicente Montenegro
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Cela, inmenso e inmortal

Camilo José Cela, uno de los grandes de la literatura española de todos los tiempos.

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  Literatura

Por Vicente Montenegro. Miércoles, 11 de mayo de 2016

Era capaz de ganar el Nobel de Literatura y de absorber un litro y medio de agua  de una palangana, “de un solo golpe, y por vía anal”, tal como él mismo llegó a confesar a Mercedes Milá en un ya mítico programa de televisión. Así era Cela, una fuerza de la naturaleza, un espíritu indómito, un ser de contradicciones. Admirado por sus enemigos y odiado por su amigos, Camilo José Cela empezó a escribir antes de saber escribir. “Cuando era niño, cada vez que entraba en trance le dictaba unos versos a la nana. Entonces mi padre le dijo que cada vez que me pasara eso, que entrara en trance, me sacara a pasear con la bicicleta o el balón, porque no quería tener un niño poeta en casa. Claro, era una familia decente. Y hasta hoy no he parado y no hay síntoma ninguno de que vaya a parar”. Y así fue, Cela no dejó de escribir, como un aluvión, como un torrente imparable de palabras, hasta que se lo llevó una afección cardiaca a los 85 años.

Tal día como hoy hace exactamente cien años, el 11 de mayo de 1916, nacía Camilo José Cela y Trulock en Iria Flavia, Padrón, provincia de La Coruña. Parece que el 16 es un año legendario para la literatura, ya que celebramos la muerte de Cervantes y el centenario del nacimiento de uno de los escritores más importantes del siglo XX. Del 16 al 16, la ruleta de las letras españolas tiene principio en el manco de Lepanto y final en el genio irrepetible de Iria Flavia.

Las hemerotecas son lugares donde se almacenan las paradojas envueltas en papel de periódico. Porque nada hay tan paradójico como el hecho de que un escritor que se quejaba de que nadie se acordaba de él a la hora de los premios terminara ganando al final el Nobel de Literatura. Pero la paradoja forma parte de la vida de Camilo José Cela. En 1983 dijo que hasta los taxistas tenían en su poder el Premio Nacional de Literatura. Un año más tarde lo obtuvo él sin necesidad de sacarse el carné de conducir, que para eso tenía una “choferesa”, modelo y negra para más señas. Tan solo tuvo que escribir un libro, Mazurca para dos muertos, para que le dieran el Nacional de las Letras. Las hemerotecas esconden en sus estanterías polémicas y jugosas declaraciones de Cela sobre la opinión que le merecía el Premio Nobel de Literatura. Cuando se lo dieron, claro está, empezó a pensar de otra manera. “Yo estoy tranquilísimo, exactamente igual que antes de recibirlo, confío en que esto no me cambie ni un ápice mi manera de ser.  Y en todo caso muy agradecido a la academia sueca por habérmelo concedido. Quede claro, y esto lo digo tres horas después de que me lo hayan dado, que hay media docena de escritores españoles y sudamericanos que se lo hubieran podido llevar también. Me tocó a mí, y estoy muy agradecido”, dijo.

Camilo José Cela siempre fue un hombre al que le gustaba jugar con las palabras. Las lanzaba al aire, las volteaba una y mil veces y luego decía la palabra justa, la frase exacta para goce de sus admiradores y espanto de mojigatos. Con algunas damas de la alta sociedad tuvo problemas por su forma cruda y hasta grosera de decir las cosas. “Las señoras con collares de perlas cultivadas se ponían furiosas, pero además me insultaban, aunque me trataban de usted. Yo todo esto lo tengo registrado en cinta magnetofónica. Y me decían: señor Cela, si una no fuera una señora sería para cargarnos en su padre. Y yo le decía: bueno, señora, qué le vamos a hacer”.

celaEn cierta ocasión, Camilo José Cela dijo que con el paso del tiempo estaría en los sellos y en los billetes de banco. También vaticinó cincuenta años antes que ganaría el Nobel y que iría a recogerlo con una rubia mucho más joven que él. Cosas de gallegos, que son medio brujos. Como buen hijo de Iria Flavia creía que las meigas no existían, pero que “haberlas, desde luego haylas”. Y es que cuando uno se burla de ciertas cosas, resulta que luego suceden. Y así fue con el Premio Nobel de Literatura, el máximo galardón que un escritor pueda obtener. “No me sorprendió cuando me lo dieron. No hay que ir de sorpresa en sorpresa, hay que ir de evidencia en evidencia. Y esto ha sido así, y yo estoy muy agradecido”, sentenció.

Cela nació en el año de gracia de 1916 y ha sido, como él mismo se encargó de recordar, “hijo de familia con un buen pasado”. Soldado profesional, poeta, torero, funcionario, pintor, actor de cine y conferenciante fue, por encima de todo, novelista, quizá el más grande novelista que han dado las letras españolas en el siglo XX. Hasta que publicó su primer libro vivió en Vigo y más tarde en Madrid. En la capital de España paseó su despiste juvenil por las facultades de Derecho, Filosofía y Medicina. La Guerra Civil le mostró un camino aún más amargo que el de los libros y a pesar de todo encontró tiempo para escribir versos. “España estaba en un momento de hambre, de persecución, miedos, todo eso se ha superado por fortuna, el panorama es óptimo y no se puede ser más optimista. Eso sin género de dudas. Que podríamos estar mejor, claro, ya lo estaremos”, dijo confiado. En este caso, su sexto sentido para los augurios es evidente que no estuvo a la altura.

Al terminar la guerra se puso a trabajar en una siniestra oficina donde los censores del franquismo mutilaban cualquier atisbo de libertad. Pero la paradoja, otra vez la paradoja constante en la vida de Cela, le llevó a escribir una de las novelas más renovadoras de la literatura del siglo XX: La familia de Pascual Duarte. Una historia intensa, dura, sobria y dramática que bosqueja ya el mundo interior de un escritor con cierta inclinación a lo truculento y con un ácido sentido del humor. Pero para que en España se enteraran de lo que se decía en aquel libro universal habrían de transcurrir algunos años, años inciertos y absurdos en los que un editor llegó a decirle que se dedicara a otra cosa, porque la escritura “no estaba hecha para su corto talento”. “Con La familia de Pascual Duarte un editor me llegó a decir que cambiara de oficio porque era joven y todavía podía ganarme la vida de otra manera. Otro editor, también de Madrid, me dijo: comprenda usted que la editorial es un negocio, de este libro, La familia de Pascual Duarte, se venderían aproximadamente diez o doce ejemplares, con lo cual demostraba una gran sagacidad. Yo le acepto a un editor que no tenga criterio ni gusto literario, pero lo que no le acepto es que carezca de sentido comercial.  Y ahí se equivocó de medio a medio”, concluyó el genio gallego.

En 1951 el talento de Cela volvería a brillar de nuevo, esta vez desde Buenos Aires, provincia cultural española debido al éxodo de la Guerra Civil. Allí apareció su libro La Colmena (en España no pasaba la censura) un mosaico sobre la vida madrileña de posguerra con claras influencias de Baroja y especialmente de Valle Inclán, sin olvidarnos del Manhattan Transfer de Dos Passos como fuente de inspiración. Más tarde, La Colmena fue llevada al cine y el mismo Cela interpretó a uno de sus personajes inmortales, Matías Martí. “Yo jamás he sido capaz de unir más de tres o cuatro palabras, he sido un inventor de palabras, un creador del lenguajes, con lo cual contribuyo al enriquecimiento del léxico patrio”, decía el personaje que encarnaba en el film.

En los años 50 escribir en España era un oficio sospechoso y difícil. Solo unos pocos escritores fueron capaces de escapar de la mediocridad ambiental. Luis Martín Santos y Rafael Sánchez Ferlosio, con sus novelas Tiempo de Silencio y El Jarama, respectivamente, sobresalieron en el panorama literario del país. “En España hay valores importantísimos en cualquiera de las actividades a las que puede dedicarse un ser humano, pero se han valorado más en el extranjero que aquí. Esto es así, qué le vamos a hacer, la envidia es el mal hispánico como la avaricia es el mal francés; no se recuerda a un francés que haya invitado a un vermú a un prójimo. Jamás. Y la hipocresía es el mal anglosajón, bueno pues ya está, qué más da”, afirmó en cierta ocasión.

En su obra hay una sociedad maquillada por decreto, falsificada hasta el delirio, donde se dan cita el amor y la muerte, eterna lucha entre eros y tánatos, la identidad de la tierra gallega, la integración del hombre con el paisaje, los instintos más primitivos de los seres humanos, sus odios y sus venganzas. “Hay mucho de anécdota personal en Mazurca para dos muertos. Aquel desgraciado que quiso matar a un tío mío, que se llamaba don Evaristo Montenegro de Cela, durante la guerra. Y él se defendió a tiros como pudo, porque aquel tipo había venido de León a Galicia. Y le puso unos cepos de cazar y el tipo metió un pie allí. Esto lo cuento en la Mazurca. Y lo tuvo dos días allí sin soltarlo, y cuando lo soltó salió corriendo en dirección contraria y no volvió. Claro, cualquiera se atreve. Era la ley del monte, y no valía aceptarla o no aceptarla, o se acepta o el forastero se va, que es lo que le pasó a este”.  Siempre con un fondo de ternura, con un respiro gracias al humor que aúna y funde ese juego de contrarios, con esa esencial contradicción que rezuma bronca y lírica a la vez, Cela es fuente inagotable de las letras españolas. Inmortal para siempre.

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Con el paso de los años, la obra de don Camilo se fue consolidando. Experimenta constantemente técnicas y estilos diferentes, pero mantiene la continuidad en su mensaje. En 1957 el escritor ingresa en la Real Academia Española de la Lengua. “Para mí la literatura es mi vida misma, no me concibo haciendo otra cosa que no sea escribir, escribir a mano tratando de reflejar lo que me ha pasado por la cabeza, que es lo que yo llamo el fenómeno literario”, afirma en una entrevista. Naturalmente, de no haber sido escritor habría sido médico, ingeniero, abogado, cualquiera de esos oficios a los que se dedicaba su familia, “pero no me cabía en la cabeza que yo hubiera ido por ahí”.

La literatura española se va ensanchando, pero Cela sigue su propio camino: desgrana lentamente su mundo en obras como Nuevas andanzas del Lazarillo de Tormes, Esas nubes que pasan, El bonito crimen del carabinero y otros relatos, Viaje a la Alcarria, Gavilla de fábulas sin amor, sin olvidar su Diccionario Secreto. En pocos años, Cela se gana un respeto y una admiración que difícilmente ha alcanzado un escritor español del siglo XX. Su obra La familia de Pascual Duarte se traduce a más de veinte idiomas. “La última lengua a la que se ha traducido es al latín, es bonito sí. Fíjese que ahora en las clases de lenguas muertas mi obra le hará la competencia a las Guerras de la Galias de Julio César”, aseguró bromeando.

Cela queda al margen de todas las modas y corrientes literarias que van a apareciendo en el país. En 1977 es nombrado senador real en la primera legislatura y presenta numerosas enmiendas a la Constitución, lo que le granjea las antipatías de unos y de otros. Sin embargo, se mantiene siempre lejos de la política de partidos. Para la historia nos deja aquella jugosa anécdota, cuando el presidente de la Cámara Alta pilló al Nobel echándose una discreta cabezadita en el escaño. “No, señor presidente, no estaba dormido sino durmiendo”. El presidente le responde: “¿Acaso no es lo mismo estar dormido que durmiendo?” Y el Nobel le da una lección de sentido común y de lengua española: “No, señor presidente, como tampoco es lo mismo estar jodido que estar jodiendo”.

Cela escribe, como él mismo dice, no por razones políticas, sino por razones históricas. Escribe porque “necesita justificarse a sí mismo”, convencido de que la novela es algo todavía por definir, un género proteico en el que cabe todo, desde el ensayo hasta la poesía.

El 10 de diciembre de 1989 llega la hora inmortal. Cela recibe en el Palacio de Conciertos de Estocolmo el premio Nobel de Literatura. Es el séptimo español en ganarlo, el quinto en la categoría literaria. El  jurado le otorga el preciado galardón “por la riqueza e intensidad de su prosa, que con refrenada compasión encarna una visión provocadora del desamparo de todo ser humano”.

Personaje complejo, admirado y odiado, Cela llegó a decir que en contra de él se ha dicho todo lo inimaginable, sobre todo por parte de personas que no le han leído. Solitario entre los solitarios, levantó ampollas con sus declaraciones. “Jamás he escrito una sola línea contra nadie, ni pienso hacerlo, para eso ya están los demás, y para equivocarse en los diagnósticos también”. Para escribir se refugiaba en la soledad de su despacho, de donde salieron revistas como Los papeles de Son Armadans. En los últimos años, Cela une a su imagen de hombre orondo y genial la de pareja de una mujer mucho más joven que él.  Toma fuerzas para encarar la última etapa de su vida. “¿Y por qué me voy a aburrir?”, le dice a una periodista. “El solo hecho de despertarse por las mañanas, yo lo hago a las siete y media o a las ocho, y salir a dar un paseo por el monte, con bastante frío (por eso llevo guantes, además de un bastón para no resbalarme por las cuestas), eso solo, es premio suficiente y pasmo más que sobrado para quedarse atónito. Esto de la literatura es un pequeño entretenimiento. El fenómeno es estar vivo, y lo plausible y lo deleitoso”. Este existencialismo hispánico también forma parte de la paradoja de la vida de Cela. Al final de sus días llega a decir: “ahora estoy más gordo que antes y si me atizo una botella de coñac malo termino en el hospital, pero ni lo uno ni lo otro me causan el menor problema. El día menos pensado me pondrán entre cuatro cirios y me darán cristiana sepultura, lo que no dejará de ser un cachondeo”.

Le hubiera gustado celebrar el Nobel con sus paisanos, bebiendo vino del país, que “es magnífico, y comiendo unas nécoras y unas centollas y tirando cohetes, que es lo nuestro. Apedreando a los forasteros, que es un deporte que también practicamos, o se practicaba, ahora ya menos. No sé si es que la raza degenera o nos estamos civilizando poco a poco, algo pasa”, bromeó. Paradoja de las paradojas, Cela encaja como un guante en la definición que él mismo hizo del lenguaje: “es como un toro que arremete”. Y así, como un toro, Cela irrumpió en la literatura española para cornearla, renovarla y enriquecerla para siempre. Poco importan ya esos ecos de plagio que nos llegan de algunos juzgados. Hasta el mejor escribano echa un borrón y el maestro no iba a ser menos. El Nobel fue la mejor faena de su vida: “Me alegro mucho de haber ofrecido esto al país, sin ningún género de dudas, un premio donde la mitad de los españoles serían acreedores a tenerlo, aunque solo fuese por su resignación. Y lo digo con todo respeto hacia este país donde he tenido la fortuna de nacer”. Cien años desde su nacimiento. Cela ya es como Cervantes. Inmortal.

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