Humor Gráfico, José L. Castro Lombilla, Lombilla, Número 54, Opinión
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Carta a Gurb

lombilla dibujo

Por J.L. Castro Lombilla

J. L. Castro Lombilla

J. L. Castro Lombilla

Estimado Gurb:

Como en una reciente intervención el presidente de la CEOE dijo que el trabajo fijo y seguro es un concepto del siglo XIX y que a partir de ahora hay que ganárselo todos los días, para que me explicara mejor estas revolucionarias afirmaciones ayer me entrevisté con él. Lo primero que hice, claro, fue invocarlo como mandan los protocolos empresariales: frotando un billete de dieciocho mil  euros sobre la calavera pelada de un trabajador por cuenta ajena que había desenterrado para la ocasión en una noche de luna llena. Cuando se materializó le hablé:

–Juanito, hijo, ¿tú eres tonto…?

Para qué le dije nada, Gurb, no veas cómo se puso… Escupía fuego por la boca, escupía fuego por la nariz, escupía fuego por las orejas y hasta escupía fuego por las trompas de Falopio…

Cuando se hubo tranquilizado, yo le afeé su conducta.

–¿No te da vergüenza, con lo grande que eres, decir esas cochinadas que dices…? —le dije.

Y entonces Juan Rosell, el ínclito jefe de los oligarcas españoles, comenzó a llorar desconsoladamente. Después, me contó su triste historia.

–Yo era un empresario bueno y guapo que daba de alta en la Seguridad Social a todos mis trabajadores y les pagaba un sueldo digno y respetaba sus derechos.  Pero un malhadado día, una bruja llamó a mi puerta queriendo venderme un rododendro enclaustrado de gama alta. Y, claro, como yo era un empresario bueno y guapo no podía de ninguna de las maneras comprar un rododendro enclaustrado de gama alta… Si hubiera sido de gama media tal vez, pero siendo de gama alta… ¡nunca! Porque yo soy rico pero honrado… ¿Usted lo comprende, verdad, muchacha…?

–Claro, claro… –le dije yo, más por seguirle la corriente que por otra cosa. A mí, sinceramente, lo que estaba diciendo me importaba muy poco, toda mi atención estaba puesta en unos enigmáticos movimientos de su bragueta que no hacían presagiar nada bueno. Debo confesarte, Gurb, que llegué a temer que se estuviera excitando viendo mis carnes jornaleras tan ebúrneas y quisiera penetrarme brutalmente con su enorme reforma laboral enhiesta, con eso te lo digo todo.

–El caso es que la bruja me echó una maldición —continuó Rosell—, y me convirtió en una bestia, mitad empresario bueno y guapo mitad ornitorrinco malo y feo…

Y tras decir esto, Juan Rosell se quitó los pantalones y pude comprobar que lo que se le movía dentro no era, ¡alabado sea el Señor!, su enorme reforma laboral enhiesta sino una enorme cola de ornitorrinco, pues todo lo que había dicho era verdad.

Una vez que hubo expuesto toda su parte animal, Juan Rosell, el ser mitad empresario bueno y guapo mitad ornitorrinco malo y feo, se echó a llorar de nuevo como una Magdalena… Entonces yo no tuve más remedio que hacer lo normal en estos casos, Gurb, mojarlo en un vaso de leche y comérmelo… ¡A ver si no!

 Tuyo afectísimo:

José Luis Castro Lombilla

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