Carlota García Encina, Internacional
Deje un comentario

El candidato Trump, el GOP y la campaña 2016

Trump durante la firma de la promesa de lealtad al Partido Republicano. Foto: M. Vadon

Por Carlota García Encina. Sábado, 15 de mayo de 2016

Deportes

Internacional

El magnate Donald Trump será el candidato republicano en las próximas elecciones presidenciales de EE.UU. Después de las primarias de Indiana, su hasta entonces principal adversario, Ted Cruz, tras meses ofuscado con las matemáticas de los delegados y la celebración de una convención contestada, puso fin a su carrera de forma inesperada. John Kasich, el tercero en discordia, hizo lo propio un día después.

Con seis meses por delante hasta las elecciones del 8 de noviembre muchos se preguntan aún cómo The Donald ha llegado hasta aquí, pero también cuáles serán las consecuencias de su nominación para el Partido Republicano, sobre todo porque según todas las encuestas su elección supone arrastrar hacia el desastre al gran partido viejo (GOP). Hasta ahora todo ha sido tan poco convencional que esto es precisamente lo único que se ha aprendido estos meses, que todo puede pasar tanto en la campaña como en el resultado final.

Cómo ha llegado hasta aquí

La campaña preelectoral ya era una sorpresa antes de la celebración de los primeros caucus de Iowa. El aumento de los súper PACS, la creciente importancia de las redes sociales y la tibia recuperación económica –al menos para el norteamericano medio– habían contribuido a crear un panorama político más volátil. Se unía, además, que los partidos iban perdiendo el control sobre el proceso de las nominaciones, confirmado en el lado republicano con el ascenso de Donald Trump. Pero la notoria debilidad y división del Partido Republicano quedó todavía más patente con el hecho de que la carrera preelectoral la comenzaran 17 candidatos. Más adelante, la falta de coordinación y la ausencia de una estrategia única para parar a Trump, volvió a evidenciar la fragilidad del viejo partido, quizá porque al principio nadie imaginaba que llegaría tan lejos. Todos pensaban que en algún momento diría algo demasiado escandaloso, algo tan fuera de lugar que haría que la balanza dejara de serle favorable.

No fue así, en gran parte por su dominio casi absoluto de la cobertura mediática desde el principio de la campaña. No obstante, Donald Trump no tuvo la mejor organización de esta campaña, en este campo superado con creces por Ted Cruz. Tampoco se rodeó de gente con suficiente experiencia, ni contó con los mejores anuncios televisivos, y ni siquiera fue quien más dinero gastó. Pero Trump sí tenía un mensaje. Entendió el estado de ánimo de parte del electorado norteamericano: su enfado con el Gobierno federal, sus pocas expectativas de futuro y su deseo de un verdadero cambio político. Trump les dijo a los votantes que no tenían que seguir conformándose y su mensaje fue muy explícito: “Make America Great Again”. La que ha sido su seña de identidad durante la campaña curiosamente fue registrada poco antes de las elecciones de 2012, lo que demuestra que Trump no lo deja todo a la improvisación.

Se ha subrayado desde el primer momento que su mayor apoyo ha sido el electorado menos educado y de rentas bajas, mientras que entre sus principales detractores se encontraban aquellos republicanos con títulos superiores y altos ingresos. Pero a lo largo de estas primarias las encuestas han ido mostrando que ha sido fuerte en los cuatro segmentos ideológicos del partido: los moderados o votantes liberales; los votantes ligeramente conservadores; los muy conservadores y evangélicos; y los muy conservadores y laicos. Así que Trump ganó entre hombres pero también entre algunas mujeres, entre evangélicos y no, entre veteranos y no, y entre aquellos que no tenían estudios universitarios pero también entre los que tenían. Logró el apoyo, además, de aquellos para los que el terrorismo es la principal preocupación, pero también entre aquellos que piensan que es la economía, y entre los que les preocupa el tema migratorio.

Dos semanas antes de Indiana sus resultados en las encuestas parecían haberse estancado y la teoría de que Trump tenía un techo parecía cumplirse. Además, varios de los comicios que quedaban por delante teóricamente favorecían a sus rivales. Sin embargo, tras Nueva York los resultados del magnate neoyorkino fueron tan escandalosos que llevaron a Cruz a no forzar la esperada convención contestada. ¿Qué pasó?

Por un lado, el conservadurismo de Ted Cruz no le permitió ampliar esa base de votantes que luego debería haberse traducido en número de delegados. Además, cometió el error de empezar a considerarse el candidato del establishment en los últimos meses. Fue precisamente el hecho de haberse presentado como un outsider del Partido –al igual que Trump, y Sanders en el lado demócrata– parte de su éxito inicial, aprovechando esa desafección de los norteamericanos con Washington. El empezar poco a poco a obtener algún apoyo por parte del aparato, aunque sólo fuera por frenar al magnate, le hizo parecer uno más, precisamente lo que muchos votantes no querían. Ese cambio pudo no haberle favorecido, como tampoco lo hizo su acuerdo a la desesperada con John Kasich. Este último se comprometió a no competir en Indiana mientras que Cruz haría lo mismo en Oregón y Nuevo México para, de esa manera, frenar a Donald Trump. Una mala idea que les hizo parecer ridículos ante el electorado.

Tampoco el movimiento #NeverTrump fue capaz de pararle los pies, por la simple razón de que pedía el voto contra Trump pero sin ofrecer una alternativa, un oponente plausible a quien votar en las primarias. Además, ante los rumores de posibles maniobras llegada una convención contestada en Cleveland, se afianzó el mensaje que trataba de transmitir Trump de que el candidato con más delegados, independientemente de que alcanzara la mágica cifra de 1.237, debería ser el nominado. Sería lo más democrático.

Cómo queda el partido

Trump es real y su nominación ha provocado una fuerte división en el GOP. Los que no le apoyan tratan de centrarse en el año 2020 frente a lo que consideran una tarea imposible de lograr, que es ganar las elecciones con el candidato elegido en noviembre. Quienes sin embargo le apoyan señalan su experiencia en los negocios como clave para ayudar a crecer al país, además de ese cambio que pide la gente en política y ante el que no hay posibilidad de retroceder. Tratan, no obstante, de que sea un momento de normalidad política, donde el partido deje de lado los desacuerdos y estén unidos frente a los demócratas. Sin embargo, entre ellos no están ni los altos cargos del partido ni sus ideólogos.

No es que Trump no sea presidencialista, que para alguno lo es más que Cruz, sino que no es un republicano al uso, apartándose de la ortodoxia republicana. Se opone al libre comercio y aboga por cierta cobertura social, se muestra abierto con el tema del aborto, y se ha mofado de la política de Bush en Irak, que sigue siendo popular entre los republicanos.

Su difícil calificación política ha dejado obsoletas las divisiones regionales, ideológicas y religiosas que han moldeado al Partido Republicano en los últimos años. Y, por lo tanto, con su llegada no se ha conseguido cerrar el debate que desde 2008 planea en el GOP: si el partido está perdiendo votantes porque sus candidatos no son lo suficientemente conservadores, o porque se basa en un electorado limitado que está siendo eclipsado por el crecimiento de las minorías en el país. Si Trump pierde las elecciones de noviembre, como a día de hoy predicen todas las encuestas, se irá del partido pero la gran pregunta seguirá en el aire y surgirá una dura pugna entras las varias facciones por el control del viejo partido republicano.

Pero centrándose en los próximos seis meses, ¿será Donald Trump capaz de reconciliarse con el resto del partido por su liderazgo y con el núcleo intelectual del partido irremediablemente hostil? Para ello, el otro gran peso republicano, Paul Ryan, será clave.

El actual speaker de la Cámara de Representantes y quien presidirá la convención republicana de julio debe elaborar la agenda política conservadora que deberá ser adoptada por el candidato presidencial. Sin embargo, Ryan, a día de hoy, ha afirmado no sentirse aún preparado para apoyar a Trump, a lo que éste ha respondido que tampoco lo está él para apoyar su agenda política. Pero, ¿quién tiene que acercarse a quién? ¿Quién tiene que domesticar a quién?

“I’m not there right now”, afirmó Ryan en una entrevista. Con dichas afirmaciones puede que Ryan quiera dar cobertura a aquellos miembros del partido que quieren distanciarse de Trump, al mismo tiempo que busca preservar su brillante imagen ante los medios tratando de que no se le asocie con él. Pero no es menos cierto que quedan sólo 70 días para la Convención Nacional Republicana que presidirá el propio Ryan y en la que Trump oficialmente deberá ser nominado. Ryan entonces no sólo tendrá que apoyar la nominación de Trump sino que tendrá que enviar el mensaje de que es un candidato viable. El problema con la actual postura de Ryan es que de alguna manera se considera él mismo el líder del Partido Republicano, cuando lo será Trump, al menos durante los próximos seis meses. “Paul Ryan said that I inherited something very special, the Republican Party. Wrong, I didn’t inherit it, I won it with millions of voters!”, ha dicho Trump en un tweet. Y esta vez Trump tiene razón. La situación es complicada y la relación entre ambos deberá resolverse tarde o temprano.

160302005451-trump-and-hillary-exlarge-169

Hay otras elecciones, además de las generales, que están en juego y que preocupan a los republicanos. En noviembre, 34 escaños del Senado están en juego, de los cuáles 24 están actualmente en manos de los republicanos. A los demócratas les bastaría con mantener los que tienen y lograr cinco más para poder hacerse con la mayoría en el Senado. Y para ello tratan de vincular a los titulares republicanos que deben hacer frente a su reelección con Donald Trump y sus “quejas” sobre los latinos, musulmanes y mujeres. Kelly Ayotte de New Hampshire, Ron Johnson de Wisconsin, Mark Kirk de Illinois, Rob Portman de Ohio y Pat Toomey de Pennsylvania están en la diana. Todos ellos se han limitado hasta ahora a decir que apoyarán al candidato del partido pero evitando decir nombres, sabedores de la impopularidad del próximo candidato oficial.

Los 435 asientos de la Cámara de Representantes también estarán en juego el 8 de noviembre y aunque los demócratas necesitarían arrebatar 30 escaños, lo que parece una tarea prácticamente imposible, de nuevo la impopularidad de Trump en algunos distritos puede poner en peligro dicha mayoría. Muchos apuestan que quien va a acompañar a Trump como ticket será un “verdadero republicano” precisamente para incentivar a aquellos republicanos desilusionados para que voten y, además, para tratar de salvar el Senado y la Cámara. Mientras tanto, se rumorea que varios activistas conservadores buscan un tercer candidato, una alternativa a Trump y a Clinton. Es, sin embargo, una posibilidad remota pues no están lo suficientemente organizados y, sobre todo, no tienen el candidato adecuado.

Cómo será su campaña

Cuando Donald Trump se hizo con los servicios del reputado estratega Paul Manafort algo empezó a cambiar. Éste fue llamado para mostrar una evolución y un cambio en la figura del candidato. Hasta ahora había hecho su juego para una parte del recorrido pero llegados a un punto era necesario comenzar a pivotar para presentar una persona más seria y razonable, y más presidencial. Manafort ha asegurado que los aspectos más negativos de su cliente irán quedando de lado, que la imagen va a cambiar, mientras que Crooked Hillary seguirá siendo Crooked Hillary.

Además de empezar a rodearse de un equipo con más experiencia, el cambio de imagen y de presentación de Trump ante el público ya ha comenzado. Su discurso sobre política exterior se puede decir que fue su estreno. Con una imagen y una puesta en escena más seria y leyendo en teleprompter –a pesar de haberse burlado de Clinton por utilizarlo– pronunció un discurso con contradicciones pero razonable según los expertos en política exterior. El propio hecho del discurso ya era importante para un hombre carente de cualquier filosofía política. Pero lo más importante fue precisamente lo que no dijo: no habló del muro de México, ni habló de prohibir temporalmente la entrada a los musulmanes en EE.UU.

En este pivote en el que presumiblemente se ha situado Trump, no se sabe si se moverá hacia la izquierda o hacia la derecha, o hacia alguna incomprensible combinación de ambas. Pero ayudado por Manafort hará un esfuerzo por reposicionar su marca. Y para ello tendrá que hacer frente a los problemas del “Trumpismo”. Tiene un margen de desaprobación del 70% entre las mujeres; entre los votantes de 18 a 24 años pierde ante Clinton por 25 puntos, y eso que ella es débil entre los jóvenes; y sólo un 11% de los latinos le apoyan, el porcentaje más bajo en un candidato presidencial republicano desde que las encuestas empezaron a seguir el voto latino. Recuperarse de estas cifras requiere de unas habilidades políticas tan espectaculares como constantes y que Trump nunca ha demostrado. Reposicionar su marca significa, por lo tanto, repudiar el “Trumpismo”, socavando así su recurso a la autenticidad. ¿Funcionará? No hay que olvidar que Trump ha equiparado en más de una vez ser presidencialista con ser aburrido, y ser aburrido no es su estilo. Es precisamente su nervio y su energía lo que contrasta con la poca capacidad de entusiasmar de Hillary Clinton.

Pero la campaña, además, requerirá un elemento muy importante: mucho dinero. Aunque sea multimillonario y se haya pagado la campaña hasta ahora, de aquí en adelante no va a ser tan sencillo. No tiene la capacidad de recaudar fondos que se necesita en unas elecciones de este calibre. Y, además, enfrente tiene nada más y nada menos que al matrimonio Clinton.

¿Qué puede pasar al final? Donald Trump y Hillary Clinton son dos candidatos muy distintos pero con elementos en común. Ambos de alguna manera son neoyorkinos, los dos son personajes muy conocidos dentro y fuera del país, son además muy competitivos y piensan el uno del otro que serían no un mal presidente sino un desastre como líder del país. También comparten que, a pesar de ser los candidatos –a la espera de la nominación oficial en julio–, crean demasiado escepticismo, aversión y resistencia en un amplio sector de la población norteamericana, algo inusual en unos comicios generales. Trump asusta a muchos con su oratoria incendiaria y sus propuestas radicales. Y Clinton, aunque vista como una figura política más seria, sigue luchando por ganarse la confianza del electorado. Según Gallup, el 53% de los norteamericanos tienen una opinión desfavorable de Clinton, y un 63 % de Trump. Algunos incluso afirman que las elecciones serán un referéndum para él o para ella. En el primer caso ganaría ella, en el segundo él. Pero al final, millones de republicanos se taparán los ojos y votarán contra Hillary y a favor de Trump, al igual que millones de demócratas pondrán de lado sus dudas con respecto a Hillary y la votarán.

No obstante, las posibilidades de los demócratas de ganar los 270 votos electorales necesarios son múltiples, y bastantes demócratas piensan que Trump está muerto antes de empezar. Pero los demócratas no pueden dar la victoria por sentada. Trump ha obligado al mundo político a ingerir una dosis considerable de humildad. Incluso muchos de los modelos estadísticos que intentan predecir resultados de las elecciones no pueden dar cuenta de un candidato como Trump, que rompe con las reglas políticas.

El magnate neoyorkino, a pesar de que debe superar ese muro de mujeres, latinos y jóvenes que a día de hoy parece difícil, tiene pensado sacudir el mapa electoral ganando en estados donde los republicanos han perdido durante décadas, como Pensilvania y Michigan. El equipo de Clinton, por su parte, tendrá como objetivo que Trump no domine la conversación ni la atención mediática como hizo ante sus rivales republicanos. Hillary tratará de mostrarlo como inaceptable para el cargo al que aspira, y él sin duda la descalificará por su pasado y experiencia, y por ser más de lo mismo. Hay mucho en juego en cualquier elección presidencial de EE.UU, pero quizá esta vez más que ninguna.

*Carlota García Encina es investigadora del Real Instituto Elcano

*****

Si te ha gustado puedes visitar nuestra página oficial de Facebook o Twitter.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *