Francisco Saura, Relatos cortos
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Ángela

Un relato de Francisco Saura

Capturangela me ha llamado esta mañana. Quiere verme. Dice que me echa de menos y que desde hace unos años la ignoro cuando nos cruzamos en el jardín; pero yo no la ignoro, es mi mejor amiga y me duele el corazón cuando la veo con tanto niño alrededor. Tal vez por eso me cuesta tanto hablar con ella; la mujer más hermosa e inteligente del instituto, inquieta, rebelde, con ideas que a las más mojigatas de la clase les producía rubor, si no asco, ha renunciado a la vida. Un día decidió equivocarse; era libre para hacerlo; era hasta cierto punto comprensible que lo hiciera. Todas las amigas del barrio hubieran hecho lo mismo: casarse con aquel joven estudiante de derecho que prometía tanto y tan bueno. Todas menos ella, al menos eso pensaba yo.

Ángela siempre fue diferente. Se encaramaba a las ramas del ficus, apoyaba su espalda en el tronco y leía durante horas, hasta que el sol era una manzana acaramelada en un horizonte dorado. Nosotras la observábamos desde el césped y nos reíamos de ella porque no quería saltar a la comba o jugar al pañuelo.

Era mi mejor amiga, y no creo mentir si digo que era la mejor amiga de todas las compañeras que formábamos el grupo en el barrio. En las noches del estío, cuando las lágrimas de San Lorenzo se esparcían por un cielo cercano y brillante, Ángela encendía una en la balconada de la plaza del ayuntamiento, abría un libro por cualquier página y nos leía en voz alta descripciones del Mar Caribe, de sus islas, de sus palmeras y banderas piratas ondeando en mitad de la bahía. Otras veces recitaba a Neruda, y la dulce cintura de América sabía a piña, a lluvia y a pájaros nunca soñados por europeo alguno.

Subida en el ficus, respirando el aire que llegaba de lejanos paisajes, soñando con el mar, con sus arenas tibias y sonrosadas, con lejanas velas latinas que olían a pintura en una acuarela de pinceladas amplias y salvajes, Ángela amaba la aventura. Pero no ese tipo de travesuras de la infancia que la llevaban a la ribera del riachuelo cercano o a la casa derruida del pastor, entre encinas y acebuches, ocultando la cabeza cada vez que su madre la llamaba desde el tendedero de ropa de su casa. Amaba la aventura pero también la desventura que la osadía y el desprecio a las normas podían ocasionarle.

Ángela era hermosa, Ángela recitaba poemas en las fiestas anuales del colegio, Ángela era el ejemplo a seguir por todas las niñas del barrio. Su padre, obrero del metal, tenía grandes esperanzas depositadas en ella. Quería que estudiara en la universidad, lo que ella quisiera, por supuesto, porque no dudaba que allí donde estuvieran sus ojos azules, su voz de ángel aprendido con los ruiseñores de las acacias, sus opiniones exentas de los costumbrismos de la Sección Femenina, su desapego a la iglesia y a los llantos de Semana Santa, su rebeldía desbocada, su mirada distinta a los problemas del barrio, habría, si no libertad, sí una atmósfera más parecida a todo lo perdido después de la guerra que a aquella sociedad hipócrita y timorata incapaz de hacer un gesto de libertad por temor a ser tildado de subversivo.

He paseado con Ángela por el jardín del barrio. Estaba tensa, me cogía la mano y de pronto, temiendo que yo la rechazara, la apartaba con brusquedad. Sigue igual de hermosa que siempre pero ya no llevaba un libro debajo del brazo o en la mochila. Sus ojos ya no reflejan la chispa de la poesía o el misterio de París. Habla de su hija mayor, de Irene. Asiste a un colegio de monjas, sabe inglés e italiano, el próximo verano viajará a Nueva York, quiere conocer los territorios del pop art.

Menciona de pasada su viaje a Roma, la nevada que les sorprendió mientras visitaban el Coliseum, los cipreses sobre el cielo blanco, el tráfico de la ciudad, el desmayo que sufrió Alfredo en las escalinatas de la Plaza de España. Luego me habla de María, de Sara, de Alfredito, de Lourdes, de los padres de Alfredo –los dos impedidos, los dos en silla de ruedas–, de su padre y las quemaduras que sufrió en el accidente de la fábrica.

Me mira y sonríe.

–Te alejaste de mí cuando me casé –dice–. Eras mi mejor amiga.

Paseamos por el sendero de la casa del pastor. A nuestra espalda, los edificios del barrio se empequeñecen y desaparecen detrás de las encinas. Hace cuarenta años todo aquello, hasta donde abarca la vista, era un páramo de lagartos y cabras comiendo rastrojos amarillos.

–Yo nunca llegué hasta aquí. Tenía miedo. Sin embargo tú, Ángela, eras capaz de todo. Ahora solo hablas de pañales, de hijos e hijas, de tu marido, de los suegros, pero ya nunca vas al jardín a leernos La Isla del Misterio o a recitarnos a Gil de Biedma.

En las ruinas de la casa del pastor vivía un búho real. De madrugada, su ulular se escuchaba desde las calles del barrio. Todas las niñas menos tú, Ángela, creíamos que era un fantasma. Nuestros padres no lo desmentían. No querían que nos alejásemos demasiado de las casas. Tú, sin embargo, te reías de las historias de fantasmas y de licántropos despedazando cabras en las lunas llenas. Tus padres, que habían sufrido la guerra en carne propia, te explicaban que había que temer más a los vivos que a los muertos, que tu tío Juan estaba enterrado en mitad de una era pero su asesino paseaba por las calles del barrio y se adentraba en los territorios de las encinas y de las serpientes para asustar a las parejas que buscaban la soledad para besarse y abrazarse.

–Eras muy valiente –le digo–.

–No era valiente, era una niña. Ahora sí que soy valiente. Sabía que era un búho y me aprovechaba de vuestro miedo.

Ángela observa el cielo, las nubes que lo cruzan, los gavilanes que vuelan por encima de nuestras cabezas. Pienso que mi amiga debió haber alzado el vuelo hace mucho tiempo, antes de conocer a aquel joven estudiante de derecho por el que suspirábamos todas las niñas del barrio. No lo hizo. Fue su única duda de adolescente. Desde entonces vive para los demás y de los libros solo recuerda que cada septiembre debe comprarlos y grabar el nombre de sus hijos en sus portadas. Sus ojos azules han perdido el brillo de los mares tropicales y su cabello el color del aguardiente de la Isla Tortuga. Ella lo presiente, pero cuando me habla intenta convencerme de que es feliz y de que no se arrepiente de nada de lo que ha hecho.

Ángela me recuerda que todavía no le he devuelto El Principito de Saint-Exupèry. Le digo que no pienso devolvérselo, que en los márgenes de las páginas escribió los nombres de las ciudades que debía visitar antes de cumplir cuarenta años, que se lo tengo guardado para cuando haga las maletas, abandone su prisión y vuelva a ser la niña libre y despreocupada que nos enseñó a buscar los nidos de las águilas en las copas de los árboles, a ulular como los búhos reales y a no tener miedo a la oscuridad cuando las Pléyades nos besan con sus deseos.

–Primero iremos a Lisboa –le digo–, con los Poemas de Alberto Caeiro en la maleta. Luego ya veremos.

Ángela sonríe. ¿A quién regaló el poemario de Pessoa? ¿o fue Alfredo el que lo arrojó al cubo de la basura cuando se encolerizó por los llantos de Lourdes? No lo recuerda, entre tanto pañal es difícil ver la montaña y al bastardo que la sube. En algún momento pensó hacer como Carvalho y quemar todas las noches un libro en la barbacoa del patio, pero sus hijos se lo reprocharían cuando fueran mayores y ella perdería la última referencia de la adolescencia que quedaba en casa.

¿Pero qué habría sido de Pessoa?

¿Y de Henrik Ibsen?

Ángela me abraza. Pensó que me había perdido, que ya no aleteaba en mi corazón el colibrí de la rebeldía. En el mío sí –le digo–. Mañana me marcho a Barcelona y lo primero que he guardado en la maleta es La ciudad de los prodigios. Quiero que te vengas conmigo. Lo haría pero –lo leo en sus ojos–: Irene, María, Sara, Alfredito, Lourdes… tienen muchos libros que leer.

La miro por última vez. Es hermosa, sus ojos azules son como faros en el centro del sol, pero sé que hace muchos años, cuando se casó con Alfredo, leyó la última página de su vida, cerró el libro y lo arrojó a los pies del búho real que habita las ruinas de la casa del pastor.

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