El Petardo, Humor Gráfico, Número 51, Opinión, Rosa Palo
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Vidas de santas

Por Rosa Palo / Viñeta: El Petardo

ESTHER-BAEZA-(ROSA-PALO)

Rosa Palo

Nabokov tituló su autobiografía Habla, memoria. Jamás podría yo titularla de esa forma: le he dicho tantas veces a mi memoria que se calle para que no me atormente que ya casi ni me habla. Y está bien así. Prefiero ser Dory la de Nemo a tener hipermnesia. El porqué de este olvido consciente lo detalla Javier Marías en Tu rostro mañana: “…quizá es que no soportamos las certezas apenas, ni siquiera las que nos convienen y reconfortan, no digamos las que nos desagradan o nos cuestionan o duelen, nadie quiere convertirse en eso, en su propio dolor, y su lanza y su fiebre”.

Quien se atreve a escribir sobre su vida tiene que hurgar en la herida hasta sacar pus, mierda y humores varios; tiene que convertirse en su dolor y en su lanza. Si no, las memorias se convierten en la lejía venida del futuro para blanquear el pasado, en una obra de ficción de ¡HOLA! sobre actrices de segunda transformadas en baronesas o en una hagiografía escrita por Luis María Ansón sobre una exvedette. Menos si se trata de Norma Duval, claro: cuando Ansón apadrinó su libro dijo “tiene claros errores de sintaxis, adjetivación discreta y apenas existe una metáfora”. Ríete tú de las críticas de Boyero a Almodóvar.

Tampoco podría titular mis memorias Yo no me callo, como ha hecho Esperanza Aguirre. Me he callado y mucho. Por pudor, por respeto, por cobardía, por amistad, por cariño. Pero Esperanza también lo ha hecho. Se ha callado mientras estaba “in vigilando” e “in eligendo”, que dice la tía pitagorina (Esperanza es de las que se estudia una palabra al día y la suelta en cuanto tiene ocasión, que desde que aprendió “exordio” la cuela aunque esté hablando sobre las pérdidas de orina). La de Esperanza es una biografía con carácter retroactivo: en lugar de decir las cosas en su momento, se las guardó para soltarlas años después. Pero ni la venganza se sirve fría ni la cerveza caliente.

El que no se callaba era Alfredo Landa. Cuando salieron sus memorias de la pluma de Marco Ordóñez, Landa ya se había embroncado previamente con todos los que ponía a caldo en el libro. Incluido López Vázquez, al que llama “El Morito” porque le robaba los papeles, y con el que estuvo dos años sin hablarse. Contaba Landa que Amparo Soler Leal y su entonces novio (luego marido) Alfredo Matas le invitaron a una cama redonda con Maurice Ronet, y que a Matas lo que le gustaba era estar “in observando”. De miranda, vamos. Paradójicamente, a Landa, tan católico, tan feo y tan sentimental como el Marqués de Bradomín, le llovían las propuestas de trajín. Y a Espe, tan católica, tan fea y tan pizpireta, seguro que también le habrá tirado los tejos algún promotor urbanístico, algún propietario de casino. Lástima que la exlideresa sea sólo liberal en lo económico y no en lo sexual, porque unas memorias “in fornicando” de Aguirre tendrían su gracia. Pero me da que, en el tema del contubernio, Esperanza es carpetovetónica.

Antes que leer vidas de santas, prefiero leer vidas de pecadores, como la de Espartaco Santoni: en No niego nada cuenta que, después de una noche de sexo salvaje con Tita Cervera, la protobaronesa se levantó con las hemorroides tan inflamadas que “parecían un ramo de uvas”. Finísimo. O como la de Luis Sanz, cuyas memorias no fueron publicadas nunca (pena, penita, pena) por el canguelo que le entró a los editores. Sanz, representante de actores, productor teatral y hasta director de cine, rajaba lo más grande sobre Lola Flores, Carmen Sevilla, Rocío Dúrcal y todo el folklorerío patrio y cañí. Sanz tampoco se callaba: director de Yo soy esa, dicen que cuando vio los primeros planos de Pantoja exclamó “¡Aquí hay que afeitar!”. No les digo ná si me ve a mí, que no me paso la Epilady desde el invierno. Así estamos.

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