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Treinta años de horror en Chernóbil

Imagen de la evacuación de Chernóbil tras el accidente ocurrido el 26 de abril de 1986.

Por Pedro Rincón Gutiérrez. Martes, 26 de abril de 2016

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El 26 de abril de 1986, una explosión en el reactor 4 de la central de Chernóbil (Ucrania) provocó el accidente nuclear más grave de la historia y uno de los peores desastres medioambientales. Han pasado tres décadas, pero todavía no se conocen las secuelas reales que el siniestro pudo ocasionar en la población. En el momento del accidente murieron 31 personas y otras 135.000 fueron evacuadas. Se calcula que la cifra de víctimas de la radiación estaría entre las 100.000 y las 200.000.

Chernóbil es una ciudad de Ucrania situada a unos cien kilómetros al norte de Kiev que en el momento del accidente tenía 44.000 habitantes oficialmente censados. A la 1.23 horas de la madrugada del sábado 26 de abril de 1986, estalló uno de los cuatro reactores de la central nuclear. La radiación fue detectada en Suecia el siguiente lunes por la mañana, pero durante todo ese día, las  autoridades soviéticas se negaron a aceptar que había ocurrido  algo  fuera  de  lo  común.  Solo a las nueve de la noche, después de que los diplomáticos suecos anunciaran que se  disponían a presentar una alerta oficial ante el Organismo Internacional de Energía Atómica, Moscú finalmente emitió un corto comunicado de cinco frases: “Un accidente ha ocurrido en  la central nuclear de Chernóbil. Uno de los reactores atómicos ha resultado dañado. Se han  tomado medidas para eliminar las consecuencias del accidente. Se está otorgando ayuda a las  víctimas. Una comisión gubernamental ha sido conformada”.

La  palabra  “dañado”  a  duras  penas  reflejaba  la  verdadera  situación  de  un reactor  gravemente  afectado,  a  la  intemperie,  con  sus  secciones  de  grafito quemándose  a  2.500  grados  centígrados,  y  enviando  una  columna  de  material radioactivo a la atmósfera. Pocos creyeron en los reconfortantes informes soviéticos que siguieron, y el temor ante lo desconocido atemorizó a millones de europeos.

Solo  dos  semanas  después  de  la  explosión,  cuando  las  emisiones radioactivas  habían disminuido  sustancialmente, las autoridades soviéticas entregaban un primer informe que se aproximaba algo más a la realidad. Miles de ciudadanos de la zona afectada fueron condenados a la falta de información por parte del Gobierno de Moscú, un hecho que probablemente costó tantas vidas como la propia deflagración. Mientras la radiactividad se extendía sin control por todo el territorio,  la  vida continuaba como si nada hubiera ocurrido en localidades cercanas como Prípiat, un pueblo modélico construido a dos kilómetros de la planta de Chernóbil para albergar al personal de la central nuclear y a sus familias. La mayoría de sus residentes pasó el sábado al aire libre, disfrutando  de  un  clima  primaveral  inusualmente cálido. Dieciséis matrimonios tuvieron lugar ese día. El pueblo fue evacuado  36 horas después del accidente, mientras  que  la  evacuación de poblados cercanos llevó varios días más. Entretanto, en la capital, Kiev, los ciudadanos proseguían con su tradicional desfile del primero de mayo,  completamente  ajenos  a  la  radiación  que estaba cayendo sobre ellos. Hoy Prípiat es una ciudad fantasma que pone los pelos de punta.

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Un niño de Chernóbil. Miles de menores sufren los estragos de la radiación.

El vacío de noticias y la falta de transparencia del Gobierno también llevó a exageraciones y a errores a los medios de información occidentales. La agencia UPI citó a una fuente en  Kiev  para asegurar que 2.000 personas habían perdido la vida, y esta cifra apareció en muchas portadas de periódicos al  día siguiente. Funcionarios estadounidenses fueron despistados con fotografías  de satélite que, pese a ser confusas, fueron la principal fuente de información independiente en aquellas primeras horas donde casi nada se sabía. Una fuente del Pentágono le dijo a la cadena estadounidense NBC, el 29 de abril, que la cifra de 2.000 personas fallecidas “parecía correcta, ya que  4.000  obreros  trabajaban  en  la  planta”,  mientras  que  otros  funcionarios sugerían que otro reactor podía estar también afectado por las llamas. En realidad no existía riesgo de un incendio extendiéndose a otro reactor.

Pero en los primeros días de mayo había una verdadera preocupación en el equipo de urgencias que se enfrentaba a la crisis sobre el terreno. Las  emisiones  de  radiación  habían comenzado  a  subir  de  nuevo,  y  el  temor  era  que  el  núcleo  fundido  del  reactor pudiera  quemarse  y  traspasar la base del mismo, o que dicha base pudiera colapsar, poniendo al combustible nuclear derretido en contacto explosivo con un depósito de agua subterránea. Los expertos temían que una segunda explosión fuera aún mayor que la primera y que el núcleo  seguiría hundiéndose en el suelo, posiblemente contaminando las fuentes de agua de Kiev, una ciudad de 2,5 millones de habitantes.

Los héroes del drama de Chernóbil fueron todos aquellos que batallaron dentro del reactor, pese a la intensa radiación. Fueron personas que apagaron los incendios, que bombearon agua al reactor o lo bañaron en nitrógeno líquido. Otros arrojaron arena y  plomo  desde helicópteros, se sumergieron en piscinas debajo del reactor para abrir compuertas de desagüe, o cavaron bajo los cimientos para instalar un sistema de tuberías de intercambio de calor. Y luego están los hombres que pasaron el  verano erigiendo un enorme “sarcófago” de  acero encima del reactor para aislarlo del  viento y  la lluvia.

Los supervivientes

Por el Hospital Pediátrico de Tarará, en las afueras de La Habana, han pasado ya casi  24.000  pacientes de Ucrania, Rusia, Bielorrusia, Moldavia, Armenia y Brasil, todos ellos afectados por accidentes radiactivos. La mayoría, sin embargo, son niños ucranianos tocados de una u otra forma por la catástrofe de la central nuclear de Chernóbil que aún hoy se cobra víctimas entre la población de la región. Llegan a la isla con las más variadas dolencias, desde cáncer hasta estrés postraumático,  y allí son evaluados y reciben todo tipo de tratamientos,  incluidos  trasplantes  de  médula  para  quienes  padecen  de  leucemia.

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Tatiana nos explica que estarán en Cuba cuanto sea necesario por su niña y afirma que en Ucrania  “existe ese tratamiento pero cuesta mucho dinero y nosotros no tenemos recursos;  aquí  los  doctores cubanos nos ayudan sin dinero”. La doctora Xenia Laurenti, subdirectora del Programa de Chernóbil, explica que el programa de atención sigue vigente porque el material radiactivo vertido, cesio 137, es capaz de  seguir  actuando en los cuerpos humanos  durante  décadas.  La  doctora  le dijo  a  la  BBC  que  el protocolo continuará porque “nuestra disposición está abierta de forma infinita, no hay un límite, siempre y cuando hayan niños o personas que necesiten de nuestra ayuda”. “Vienen afectados por esa sensación de catástrofe. Cuando uno le pregunta a un niño qué es  lo que quiere, pide un juguete, pero estos niños lo más rápido que responden es que quieren tener salud”, explica la subdirectora. Para la doctora Laurenti, “el momento  más  difícil es cuando alguien fallece; hemos tenido siete niños que han  necesitado un trasplante de corazón, renal o de médula, y que ya llegaron a nuestro país en un estado  de  salud precario”.

Al  igual  que  la  mayoría  de  la  gente  afectada de Chernóbil,  la  abuela  Valia tiene su propia vaca lechera y cultiva buena parte de la comida de su familia en su  pequeño  terreno.  Sabe  que existe riesgo de contaminación, pero confiesa  que nunca  ha  participado  en  los  exámenes.  “Creo que mientras menos sepa, será mejor”, susurra mientras se escucha su respiración entrecortada, obstruida por el tumor. “Aún si supiera que nuestra comida está contaminada, todavía la seguiríamos consumiendo. No tenemos alternativa”, agrega. La doctora Smolnikova revisa el corazón de un bebé con un estetoscopio, mientras aconseja a Valia sobre la posibilidad de una operación. Ella tiene una larga lista de pacientes similares. “Aquellos que dicen que no hay conexión con Chernóbil deberían abrir sus ojos y mirar las estadísticas médicas”, sostiene la doctora, que fue médica de la población desde mucho antes del desastre nuclear. “Antes de Chernóbil, nunca había visto un niño con cáncer. Ahora es común”, sostiene. “Atiendo a muchos niños con defectos de corazón y daños renales. Decir que no tiene nada ver con Chernóbil simplemente no es honesto”, concluye.

Los niños de Chernóbil han tenido siempre una ruta de escape temporal a través de la caridad internacional. Katya, de ocho años, fue a Alemania para beneficiarse de un mes de aire limpio y comida fresca y sana. Pero llegó un momento en que el Gobierno bielorruso amenazó con prohibir esos viajes, alegando que los niños estaban siendo corrompidos por el capitalismo. “Eso no está bien. Chernóbil no fue culpa  de los  niños. Debemos ayudarlos”, sostiene Ivan, padre de Katya.

La ciudad de Prípiat, que contaba con 50.000 habitantes antes del accidente, hoy está  abandonada,  y  en  la  llamada  zona  de  exclusión  de  30 kilómetros  alrededor  de  Chernóbil  sólo  habitan  556  ancianos  que  no  tienen  otro lugar adonde ir o no se han adaptado a vivir fuera de sus pueblos de origen. “No nos iremos de aquí ni aunque nos lleven a la fuerza”, explica una anciana de ochenta años que vive cerca de la central. Según las Naciones Unidas, un área del tamaño de Holanda ha quedado inutilizable permanentemente para usos agrícolas y la radiactividad tardará más de 100.000 años en limpiarse y en desaparecer totalmente.

La  mayoría  de  las  31  personas  muertas  inmediatamente,  trabajadores  de  la central  y  bomberos  que  acudieron  a  apagar  el  incendio,  están  enterradas  en  el cementerio  de  Mitinskoe. Pero la radiactividad, a no ser que se reciban dosis extremadamente altas, mata lentamente y no hay dosis admisibles por debajo de las cuales ésta deje de ser peligrosa.

Según el Gobierno de Ucrania, más de 8.000 ‘liquidadores’ (obreros que participaron en las tareas de saneamiento) han muerto al contraer enfermedades provocadas por la radiación, y otros 12.000 están seriamente afectados por enfermedades crónicas. Una de las consecuencias de la catástrofe de Chernóbil fue la absorción por el organismo de grandes cantidades de yodo-131 y cesio-137. El  yodo-131,  aunque  tiene  una  vida  corta,  se  acumula  en  la  glándula  tiroides, causando hipertiroidismo y cáncer, sobre todo en los niños. El cesio-137 tiene una vida media de 30 años, por lo que sus efectos aún se dejarán notar en el futuro.

El río Prípiat llevó la radiactividad a su afluente, el Dnieper (el tercer río europeo por su  caudal) que tras recorrer  800  kilómetros y seis grandes embalses, desemboca en el Mar  Negro.  El  agua  contaminada  por  los  residuos radiactivos  puede  llegar  a  afectar  a  unos  30  millones de personas, según  un informe elaborado por 59 científicos de ocho países, bajo la dirección del italiano Umberto Sansone. Más de 9 millones de personas beben agua contaminada, y  otros 23 millones comen alimentos regados con aguas radiactivas o peces con niveles inaceptables de radiactividad. La única alternativa es la completa prohibición del consumo de pescado en la región. El agua contaminada es posiblemente la mayor amenaza después  del  accidente, que depositó grandes cantidades de estroncio y plutonio en la zona alrededor del reactor. “No se puede parar el flujo del agua”, afirmaba Sansone.

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Imagen de la planta nuclear pocos días después del accidente.

El accidente, paso a paso

El siniestro tuvo su origen en un experimento con el que se pretendía comprobar si, en el caso de un corte total del fluido eléctrico, la inercia de la turbina del generador principal podría ser suficiente para alimentar los sistemas de seguridad, control y refrigeración del reactor hasta la puesta en funcionamiento de los generadores de emergencia. Los ingenieros de la central nuclear iniciaron la entrada de las barras de regulación en el núcleo del reactor, refrigerado por agua y moderado por grafito, para llevar a cabo  una  prueba  planeada  con  anterioridad,  bajo  la  dirección de las oficinas centrales de Moscú. Para ello, se ajustaron los monitores a los niveles más bajos de potencia, pero el operador se olvidó de reprogramar el ordenador para que se mantuviera la potencia entre 700 y 1.000 megavatios, por lo que la potencia descendió al nivel, peligrosísimo, de 30 megavatios. Fue, sin duda, un error humano.

La mayoría de las barras de control fueron  extraídas  para  aumentar de nuevo la potencia,  pero en éstas ya se había formado un producto de desintegración, el xenón, que ‘envenenó’ la reacción. En contra de lo que prescriben las normas de seguridad y en una medida  irreflexiva, se extrajeron todas las barras de control. El 26 de abril, a la 1.03 horas, la combinación de baja potencia y flujo de neutrones intenso provocó la intervención manual  del  operador, desconectando las  señales  de  alarma.  A  la  01.22  horas  el  ordenador  indicó  un  exceso de radiactividad, y los operadores decidieron finalizar el experimento. Con los sistemas  de  seguridad  de  la  planta  desconectados  y  las  barras  de  control extraídas,  el  reactor  de  la  central  quedó  en  condiciones  de  operación  inestable  y extremadamente insegura. En ese momento, el combustible nuclear se desintegró y salió de las vainas, entrando en contacto con el agua empleada para refrigerar el núcleo del reactor.

A la 01.23 horas se produjo una gran explosión, y segundos después otra que hizo volar por  los  aires  la  losa  del  reactor  y  las  paredes  de  hormigón  de  la  sala  de control, lanzando  fragmentos  de  grafito  y  combustible  nuclear fuera  de  la  central, ascendiendo el polvo radiactivo por toda la atmósfera. El incendio, que no se consiguió apagar hasta el 9 de mayo, aumentó  los efectos de la dispersión de los gases radiactivos (especialmente peligrosos, como el yodo  131  y  el  cesio  137).  Estos  productos  se  depositaron  de  forma  desigual, desde un radio de unos 110 kilómetros, hasta llegar incluso a EEUU y Japón.

Tras la explosión, 237 personas mostraron síntomas del llamado síndrome de irradiación  aguda, de las cuales 31 fallecieron durante  el  accidente (entre bomberos  y operarios)  y  luego  otros  14  más  en  los  10  años  siguientes.  Además,  116 habitantes de la zona fueron evacuados, y se detectaron aumentos espectaculares de casos de cáncer. La cifra de fallecidos por culpa de Chernóbil sigue siendo, 30 años después, muy confusa. Greenpeace la eleva a más de 200.000, mientras que para la ONU pasarían de 60.000. Se estima que la cantidad de material radiactivo liberado fue 200 veces superior al de las bombas de Hiroshima y Nagasaki. El accidente fue clasificado como de nivel 7, es decir, categoría grave, y provocó las peores consecuencias de  la  historia.  Aunque  la  catástrofe  de Chernóbil  tuvo  lugar  por  un  claro  error  humano,  hay  que  tener  en  cuenta  que  desde hacía años el mantenimiento  de  la  central  era  muy  defectuoso,  y  con  escasos  controles  de seguridad.

El  accidente contaminó a cinco millones de personas en Ucrania, Bielorrusia y Rusia. Treinta años después de la catástrofe, y con el debate sobre la  energía nuclear en proceso de reapertura en buena parte del  planeta, distintas organizaciones, instituciones y organismos recuerdan a los entre 30.000 y 200.000 muertos que supuestamente causó Chernóbil.

Más de 600.000 trabajadores soviéticos, denominados ‘liquidadores’, combatieron durante  semanas contra la radiación en condiciones “paupérrimas” (sin  trajes  ignífugos  ni  cascos) lo  que a la postre les supondría a muchos la muerte o la invalidez de por vida. Sólo en Rusia   resultaron afectadas 2,9 millones de hectáreas de tierras cultivables,  habitadas  por  más  de  3  millones de personas, y pasados  veinte  años  la  zona  contaminada aún abarcaba 4.343 localidades y núcleos urbanos con una población total de 1,5 millones de habitantes.

Todos los informes sobre  el  accidente  realizados por organismos internacionales señalan que la tragedia se desencadenó por la escasa o nula seguridad en la central, sus obsoletos sistemas de prevención y la dejadez de las autoridades locales. “En Chernóbil se cometieron una serie de fallos encadenados, empezando por un diseño deplorable de la central nuclear y siguiendo por una mala gestión del accidente, ya que las autoridades no evacuaron a la población  hasta  dos  días después. Fue un accidente extraordinariamente grave, muy mal gestionado, con una  central mal diseñada, mal construida, mal manejada”, señaló entonces la presidenta del Consejo de Seguridad Nuclear español, María Teresa Estevan Bolea. La central ucraniana no sólo era una planta nuclear, sino además un centro de producción de plutonio para armamento, y “se construyó, en contra del informe de los técnicos, en un  terreno pantanoso.

Pero la cadena de errores no sólo se produjo en la explosión y en el protocolo de evacuación civil, sino también en las medidas que se tomaron para impedir que el reactor siguiera emitiendo radiactividad. Primero se fabricó un encofrado de hormigón, que requirió abrir un túnel y reforzar los cimientos de la central. Después el sarcófago se desplomó y la Unión Europea aprobó un proyecto de cierre de la estructura.

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Un puñado de ancianas sigue viviendo en la zona contaminada, desafiando a la radiación.

Treinta  años  después  de  la  catástrofe,  Chernóbil  sigue  estando muy  presente  en  la  vida  de  los  europeos.  Rusia  y  Ucrania  han  organizado  actos  de  homenaje a  los  fallecidos  y   ‘liquidadores’,  a  cuyos supervivientes  el  presidente  Putin  les  ha  condecorado  “por  su  abnegación  y responsabilidad, que salvó muchas vidas”. Pero  si  en  algo  supuso  un  cambio  el  accidente  fue  en  la  concepción  de  la seguridad  en  las  plantas  nucleares.  Desde  entonces,  en  todo  el  mundo se  han incrementado  sustancialmente  los  controles,  y  los expertos en energía atómica consideran hoy en día casi imposible un accidente como el de Chernóbil en una central de Occidente. A pesar de esa mejora en la seguridad, las plantas siguen teniendo la oposición frontal de los grupos ecologistas, que piden que se cierren todas las centrales del mundo.

Consecuencias del desastre

Uno de los últimos informes oficiales, elaborado por la Organización Mundial de la  Salud  (OMS), anticipa más de 41.000 casos de cáncer en los 80 años posteriores al accidente directamente  relacionados con la radiación,  una  cifra  pequeña  en relación con los cientos de millones de casos de esta enfermedad que se registrarán en toda Europa en ese mismo período debido a otras causas como el tabaco. El  trabajo,  encargado por Peter  Boyle, director  de  la  Agencia Internacional de Investigación sobre el Cáncer  (IARC), trata  de calcular  la  influencia  de las radiaciones en la incidencia de tumores.  Para  ello  se han empleado predicciones basadas en lo ocurrido en otros escenarios, como es el caso de las poblaciones japonesas que sufrieron los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki. Sus conclusiones, dadas a conocer en la revista International Journal of Cancer, arrancan  admitiendo  la  incertidumbre  que  rodea  a  estos modelos  predictivos.  Pese  a  ello,  sus  análisis  se  han  prolongado  hasta  el  año 2065  y aseguran que  en  ese  periodo de tiempo “16.000  casos  de  cáncer  de  tiroides  y otros  25.000 de  otro tipo  podrían  estar  directamente relacionados con las radiaciones de Chernóbil”. Según la doctora Elisabeth Cardis, directora del grupo de radiaciones de la IARC, la mayor parte de ellos se darán en Ucrania, Bielorrusia y los territorios de la Federación Rusa más afectados por la contaminación nuclear. Concretamente, esta predicción indica que dos tercios de los tumores  de tiroides que se diagnostiquen en el futuro tendrán que ver con el país que albergaba la central, Ucrania.

Pese a lo elevado de las cifras, y del  sufrimiento humano que representan, el doctor Boyle recuerda que apenas suponen una mínima fracción de todos los casos de cáncer que sufrirá Europa en ese período. “Nuestro análisis no demuestra ningún  incremento de la incidencia  o  la mortalidad  que  pueda  estar claramente relacionado con el accidente de Chernóbil [con la única excepción del de tiroides]”, asegura.  Y  lo  acompaña  con  un  ejemplo:  “El  tabaco  causará  en  la misma población miles de veces más casos de cáncer”.

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Un parque de atracciones abandonado desde el accidente nuclear de 1986.

El  trabajo  se  llevó  a  cabo  con  los  datos  de  40  países  de Europa  (entre ellos España) que en 1986 contaba con una población de 570 millones de personas. Sus conclusiones coinciden con otro estudio llevado a cabo en 1996 por científicos de la Organización Internacional de la Energía Atómica, que hablaba de 9.000 muertes por cáncer en las poblaciones más expuestas. Greenpeace ha elevado esa cifra hasta los 200.000 fallecidos directa o indirectamente por el accidente nuclear.

En   ese   sentido,  el   estudio   confirma   descubrimientos previos que sí reconocen un significativo aumento del  cáncer de tiroides, especialmente entre quienes eran niños en aquellas fechas. Los  autores  del  informe aseguran que estas cifras permiten hacerse una idea de “la magnitud del potencial impacto del accidente”.

No acabó la pesadilla

La  catástrofe  de  Chernóbil  afectó  gravemente  a  Bielorrusia,  Ucrania  y  Rusia, causando pérdidas incalculables, y daños terribles a las personas, a la flora y a la fauna.  Más  de  160.000  kilómetros cuadrados están contaminados. El accidente fue una de las mayores catástrofes  ambientales,  y  sus  costes  superan  los  250.000 millones  de  dólares,  según  un  estudio  oficial  del  Gobierno ruso, revelado por el Wall Street Journal. En el accidente nuclear de Three Mile Island, en  Pensilvania (Estados  Unidos),  en 1979,  se  liberaron  17  curios.  En  Chernóbil,  según  las  autoridades  soviéticas, fueron 50 megacurios los liberados.

Pero  los  problemas  de  Chernóbil  están  lejos  de  haber  acabado.  El  11  de octubre  de 1991 se produjo un incendio en el reactor número 2, y los reactores 1 y 3 siguieron  funcionando,  debido  a  la  crisis  económica  que  sufre  Ucrania  desde  la desmembración  de  la URSS.  Aún  hoy  400  kilogramos  de  plutonio,  más  de  100 toneladas  de  combustible  nuclear  y otras  35  toneladas  de  polvo  radiactivo, permanecen  dentro  del  maltrecho sarcófago de plomo, boro  y  cemento  que envuelve  la  central  y  que  necesita  ser  reparado. El sarcófago, diseñado en teoría para aguantar 30 años, está siendo sustituido por otro más moderno y sofisticado, pero cuya finalización aún parece lejana en el tiempo. Cerca de 12.000 personas han trabajado durante todos estos años en la zona contaminada, y aún hoy siguen recibiendo dosis inadmisibles de radiactividad.

Chernóbil no sólo fue un desastre para la vida y la salud de millones de personas. Fue también un gran desastre económico, y muchos creen que fue una de las causas determinantes de la caída del régimen soviético en la antigua URSS. Sólo las tareas de limpieza en los tres primeros años alcanzaron los 19.000 millones de dólares, y ya han superado ampliamente los 120.000 millones de dólares.

Greenpeace alega que las estadísticas oficiales compiladas por el Organismo Internacional de  Energía Atómica (OIEA), que dan cuenta de apenas unos cuantos miles de víctimas, son una simplificación burda de la magnitud del sufrimiento humano que ha tenido lugar en aquella zona de Ucrania. La oenegé afirma que la radiación afecta a los sistemas inmune, circulatorio y respiratorio y sus efectos se dejan notar con el paso del tiempo. Greenpeace también insiste en que el efecto del desastre de Chernóbil causa un aumento en las anormalidades fetales y en los defectos y taras congénitas de los recién nacidos. La organización cree que el  verdadero costo en vidas humanas rebasa con creces, de una u otra forma, los 100.000 muertos. Sin embargo, esta cifra siempre ha sido rechazada por la Organización Mundial de la Salud, que estima que el número de víctimas mortales adicionales atribuibles al desastre atómico de Chernóbil no pasa en ningún caso de las 9.000 personas fallecidas.

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