Alfredo Piermattei, Humor Gráfico, Número 50, Opinión, Tonino Guitián
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¡Que me quitan mi yo!

Por Tonino Guitián / Ilustración: Alfredo Piermattei

Tonino Guitián

Tonino Guitián

Si ustedes no se lo explican, con mucho gusto les hago un esquema sobre los nuevos mal llamados fascistas que tanto parecen llamar la atención de los informativos. Se trata de nuevos rebeldes que se lanzan a atacar al sistema de control social, porque al sentir que hay un policía dentro de sus cabezas, ha de ser destruido. Contrariamente a lo que se pueda pensar, desprecian el consumismo tanto como sus homólogos de izquierda y se suman al pensamiento de “yo no quiero ser un número más o lo que ponen en los anuncios y en las campañas oficiales: quiero ser yo”. Narcisistas que cuando no pueden valorarse a sí mismos lo consiguen a través de la destrucción de las ideas de los demás. En esta etiqueta caben muchos más grupos ideológicos, sentimentales o de credo de los que simplemente se suelen suponer.

Los nazis argumentaban que la democracia permitía un individualismo egoísta en las personas porque no ejercía ningún control y conducía al caos y al desempleo. Sé que les suena haber oído esta idea retocada últimamente en varios discursos reformistas de distinta índole. La diferencia con esta vieja idea y los casos que hemos visto hasta ahora, es que a estos últimos les falta un único referente de unión, y eso ocurre en todos los radicalismos, excepto en el islámico. No son movimientos realmente nacionalistas, sino que temen únicamente por la endeble estabilidad que les ofrecen sus gobiernos y se fomentan por el odio hacia las ayudas que reciben los menos favorecidos, con los que se comparan. Cualquier conmiseración con seres inferiores, la contemplan como una gran injusticia, porque para ellos todos debemos ser iguales. Ellos son lo mismo que un pobre. De hecho, para ellos no existen los pobres, los consideran únicamente unos aprovechados del sistema que viven mejor que ellos. No existe desigualdad entre sexos: las mujeres están perfectamente habilitadas para tener las mismas oportunidades, pero existen unas abusadoras del sistema a las que llaman “feminazis”. Otra diferencia notable es que las masas de los años cuarenta se rendían de una manera libidinal al líder con admiración y amor, y estas masas inconexas de ahora sólo se aman a ellos mismos, incluso sexualmente, aunque de igual forma descargan los instintos agresivos contra los que se encuentran fuera de su grupo. Se completa el arquetipo con la desconfianza en la medicina y en la tecnología, siendo grandes amigos de los animales a los que consideran nobles –especialmente a los que responden a las órdenes–, amantes de la naturaleza y de las bondades humanas del físico, ya sea disciplinado por rigurosos ejercicios de fuerza superior a la normal o bien agradablemente abandonado a los excesos epicúreos. Por supuesto, detestan la psicología, que es una atadura para crédulos, y siempre dirán que Freud era un degenerado, un idiota y un obseso sexual que complicaba las cosas porque él sí estaba loco. También hay un cierto amor a lo militar, siempre que no haya que acatar órdenes de otros, excepto si les son dictadas por un ente superior.

 De manera que el arquetipo es el siguiente:

–Un narcisista que no entiende las necesidades de los demás, únicamente las suyas (nada destacable como idea en esta sociedad que ha antepuesto la economía a la humanidad).

–Alguien sin capacidad real de liderazgo ni voluntad de seguir a otro líder (a excepción de que ese líder sea Dios o justifique la existencia de una divinidad suprema que todo lo abarca).

–Un nacionalista que desprecia a su país y a la vez lo sobrevalora al compararlo con otros porque son una amenaza.

–Una persona con poca entidad sexual, porque sus afectos van por encima de sus necesidades prioritarias de sexo, prefiriendo anularlas antes que compartirlas y despreciar todas las que sean libres.

–Ciudadanos que se burlan de los valores democráticos y que imponen su voluntad a diario a base de fuerza, gritos, amenazas, golpes, llegando en muchos casos a ocasionar daños y, si es necesario, la muerte.

–La anarquía es buena, siempre que me beneficie a mí mismo y a mis amigos.

Comprenderán que es un esquema complejo y simplista a la vez, en el que cabe desde una señora que apoya al terrorismo de la yihad hasta un polaco que se niega a concebir a un refugiado como un ser humano, pasando por un belga que irrumpe contra una manifestación pacífica o un hoolingan que tira monedas a una mendicante para que haga abdominales. Pero es lo que tenemos: complejidad y simplismo que nos sorprenden, porque nadie había caído en la cuenta de la cantidad de laberintos que existen en una mente simple liberada de ella misma como el arquetipo del universo.

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Alfredo Piermattei

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