Antonio J. Gras, Viajes
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Nápoles: Eternidad mediterránea y confusión

Vista de la iglesia San Francesco di Paola de Nápoles. Foto: Ismael Alonso.

Por Antonio J. Gras. Viernes, 29 de abril de 2016

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E chi lo sa! Chi lo sa come è Napoli veramente. Comunque io certe volte penso che anche se Napoli, quella che dico io, non esiste come città, esiste sicuramente come concetto, come aggettivo. E allora penso che Napoli è la città più Napoli che conosco e che dovunque sono andato nel mondo ho visto che c’era bisogno di un poco di Napoli.

Luciano de Crescenzo.

La mujer que cuenta la anécdota posee una belleza segura. Elegante. Atemporal y expresiva.

“Somos así. El metro se detuvo durante más de veinte minutos entre dos paradas, en una galería. Poco a poco el miedo dejó de hacerse presente y el vagón se convirtió en un salón donde las conversaciones y los chistes comenzaron a aflorar. Cuando decidieron sacarnos de allí, a pie, formamos una larga fila. Al poco alguien comenzó a cantar, le seguimos todos, y la pequeña excursión, entre risas y entonaciones acertadas, se convirtió en un divertido evento para recordar”.

Nápoles tiene tanta historia que no sabemos muy bien dónde comienza, si no que se lo digan a los que siguen excavando metros y metros en ciertas estaciones de la metropolitana, que más allá de 60 metros bajo tierra aún encuentran villas en perfecto estado sin ni siquiera saber muy bien cuál es su procedencia.

Seguramente si pensamos en un viaje a la ciudad del Vesubio, muchos sentiremos algo de temor por lo escuchado, por lo leído en algún periódico o por las imágenes de películas amarillistas. Por esa ingrata publicidad de camorra y desorden. Pero la realidad, por fortuna, pocas veces se alimenta de los malintencionados epítetos que se repiten, aunque la aparente suciedad que ocupa las aceras y muchas calles parece más una seña de identidad que un hecho lamentable.

Nápoles, la que va del Castell dell´Ovo hasta el Museo de Capodimonte, la que divisa el Vesubio desde la plaza Garibaldi y mira perderse la costa hasta llegar a Riva Fiorita, es una ciudad que nos deja boquiabiertos a todos los que creemos que mediterránea es más que una dieta y que está compuesta por el rumor de la vida cotidiana en la calle más que por la correcta ingesta de harinas, cereales, pescados y vasos de vino. Nápoles está habitada por más de millón y medio de personas, donde la multiculturalidad y el desgaste han hecho que esa pátina de cansancio se sienta hasta en uno de sus lugares más emblemáticos, el Museo Arqueológico Nacional, donde muchas de las miles de piezas que componen sus colecciones se ven cubiertas por una nada fina capa de polvo y donde la falta de pintura de las salas hace más evidente el roce cansado de los cuerpos que atienden las explicaciones de sus profesores sobre lo que fueron muros un día blancos, tal vez para evidenciarnos más todavía que el tiempo pasa para todos, pero solo los duros, los construidos en piedra, los sentimientos que llevan implícito el tejido de la tierra, pueden sobrevivir a todas las inclemencias.

Fuera, en una de las vías más concurridas de la ciudad, Piazza Museo, la larga fila de coches, motorinos y pequeñas furgonetas de reparto, hacen sonar su voz para intentar mover la marea que se detiene una y otra vez y hace intransitable el centro de la ciudad.

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Vista de los tejados de Nápoles. Foto: Antonio Juan Gras.

Fuera, porque en Nápoles siempre hay un fuera y un dentro que están habitados por latidos, la ciudad palpita, pero sin excesiva prisa, con el conocimiento que otorga haber presenciado la sucesión como hecho consecutivo de la vida. Y allí, fuera, donde se mezclan pequeñas tiendas de cualquier cosa que pueda ser vendido con pequeños puestos que tratan de hacer una competencia en la atracción del caminante con los más insignificantes e innecesarios objetos que avasallen lo cotidiano, la ciudad expresa su espíritu comercial. Es allí donde una tienda de antigüedades ofrece cuadros con marcos que se caen a trozos de uno de los héroes de la ciudad, Antonio Focas Flavio Angelo Ducas Comneno di Bisanzio De Curtis Gagliardi, también conocido como Antonio De Curtis, más universalmente como el gran Totó. Aquel que, en alguno de sus films en blanco y negro, nos decía que Signore si nasce. Y ese refrán se multiplica miles de veces en los imanes que se ofrecen por cualquier rincón de una ciudad que está dispuesta a vender todo lo vendible.

Nápoles merece ser caminada, recorrida a pie, para tener la perspectiva del “desde dentro”, para perderse por sus pequeñas calles, que aquí llaman vícolos y entrar en los patios de los viejos palacios donde la vida continúa ocupando los espacios ahora convertidos en “laboratorios” (talleres) de encuadernadores, joyeros, pintores, escultores o modistas, y dependiendo del barrio donde uno se encuentre, se verá rodeado por iglesias, por comercios que pueden vender el pasado o el presente, lo local o lo ajeno, porque aquí nada se tira, todo se recicla y se reutiliza, desde los sótanos de una iglesia que ahora acoge una tienda de chinos hasta los muros donde Banksy, el grafitero soñador de otros parques temáticos, decidió dejar la única muestra de su arte que Italia acoge.

Muchos de estos negocios, muchos, llevan ubicándose en pequeños metros cuadrados, haciendo que miles de diminutas celdas de comerciantes y cafés, bares o coloniales, sean la parte que late de una ciudad que prefiere el día a la noche para hacerse evidente.

Como si el corazón de un ser vivo estuviera dividido en miles de células y cada una aportara un empujón diverso y necesario para que el cuerpo pueda mostrarse en toda su complejidad. Porque Nápoles no es una ciudad de comercios espectaculares. Es una ciudad de comercios que han ido naciendo unos junto a otros, y donde aún tiene cabida la invasión del comerciante callejero, del que inventa su puesto en la mañana y lo deshace al caer la noche, y más que una ciudad de las maravillas, preparada para ojos acaudalados, es una ciudad para el impulso y la esperanza. Porque esa democratización de lo vendible alcanza a todos, no solo a los que pueden, sino también a los que quieren, y aquí, como buenos comerciantes que han visto sucederse los barcos atracados en el puerto, siempre hay deseos que se llevan a flor de piel.

Y esos deseos, esas peticiones, tienen otro lugar para hacerse visibles. Las iglesias, que ocupan la geografía de la ciudad hasta estar ocultas y desaparecidas tras puertas que ya no se abren o rejas que impiden su acceso.

El interior de alguna de las iglesias más barrocas de Nápoles, como es la del Gesú Nuovo, se asemeja al cuerpo tatuado de un miembro de la yakuza en estado de éxtasis, exuberante en sus formas interiores, en sus recargadísimos altares, en sus mármoles veteados, o en su misteriosa fachada, donde los maestros constructores dejaron enigmáticos símbolos de sus conocimientos y sus capacidades para convertir esas almohadillas piramidales de ascendencia veneciana que cubren su amplia fachada en antenas que deberían cargar de buena fortuna y de fuerzas positivas el interior del palacio, pero que al estar mal colocadas, lo único que han conseguido es que a lo largo de los años la iglesia haya sufrido sucesivos desastres (confiscación de bienes a los sanseverinos, destrucción y caída de la cúpula, incendio del palacio), toda una colección de desgracias que llamarían la atención hasta al más descreído sobre el tema de gafes y malas ondas por no hacer las cosas como deberían de haberse hecho.

Ciudad de oralidad incansable, que expresa su exuberancia en los escaparates de las pastelerías donde el babà o la sfogliatella compiten con piezas poderosas y de gusto decimonónico, o con la reciente tupella, una mezcla de entre babà y sfogliatella.  No hay espacio en esta Nápoles del siglo XXI para juegos de modernidad, se come clásico, se vuelven a buscar sabores tradicionales y ganan presencia viejas costumbres realizadas con nuevas manos. Mozzarellas de producción ecológica, embutidos de cuidada elaboración, harinas muy seleccionadas para panes o pizzas que poco tienen que ver con las que estamos acostumbrados a probar en esos sucedáneos que son las pizzerías que crecen por el mundo y respetan poco lo de la altísima cocción en hornos de leña, donde los 400 grados hacen que la masa apenas esté un par de minutos en los suelos lávicos que hacen crecer los bordes de las masas y mantienen ligeramente húmedo el centro, donde el tomate, y un poco de mozzarella con basílico, configuran el espectro de la tradición llamada margherita y donde la bandera tricolor está representada. Cocciones largas para que el ragú o el tomate puedan encontrarse en esa especie de ejercicios espirituales que practican las cocciones sin restricción de tiempo, que hacen que los jugos secretos aparezcan sobre la pasta tras muchas horas hermanándose en cazuelas sin más diseño que la cotidianidad y el uso.

Nápoles es una ciudad que viviendo en el pasado admite el futuro, y añade a su presente siempre en equilibrio, desordenado y poco aconsejable para quien estima que el orden es la medida más certera de las cosas, la acumulación de nuevas sabidurías. Así, su listado de héroes populares se amplía.

Los hombres y mujeres que han hecho más grande y eterna esta ciudad se mezclan en los diversos campos de la creación y del estudio. Y tal vez no haya hecho falta haber nacido en la propia Nápoles para haberse convertido en napolitano de hecho. Porque esta “nación en el vientre de una nación”, como señaló Passolini, que rodó su película El Decamerón en muchos paisajes de la Campania independiente y peculiar –y que tal vez ha conservado su lucha antiglobalización como ninguna otra ciudad, convirtiendo a sus habitantes en una maravillosa tribu que pese a haber caído en los últimos tiempos bajo la pegajosa igualdad que todo lo confunde y deja sin alma–, tararea sus melodías más arraigadas sin extrañarse de calzar unas deportivas de marca o usar una camiseta a la última.

Porque el puente con la tradición, la de la supervivencia, está en el gen de muchos de sus artistas. Si aquella figura de Totó es hoy una imagen que la ciudad “vende” como un aforismo de lo que no deja de ser (signori si nasce), el entramado barroco que lucen muchas de sus iglesias más representativas, también es la acumulación de una desbordante historia que no ha dejado de evolucionar siempre atenta a quien ha sido.

Vaga por la ciudad el enamorado filósofo Giordano Bruno del Vesubio, que siempre cuida de ella; nos llegan las notas que cantaba el alma de las melodías, según la opinión de Strauss, y del primer tenor que grabó discos y llegó a vender un millón de copias, Enrico Caruso. O la influencia de la ciudad en la obra de Boccaccio y en el prófugo Caravaggio, que la habita durante un año en el Quartieri Spagnoli, abriendo él, que logró combinar el análisis de lo humano tanto en lo físico como lo emocional, y gracias a su invención del uso dramático de la luz, una vía nueva en el mundo de la pintura.

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Foto: Antonio Juan Gras.

Tal vez la napolitanita quede, a nuestros ojos, como el recuerdo de lo que se ha sido y que no queremos dejar marchar, que nos acompaña, y toma otra forma. Como los restos de una moto robada que una vez recorrió calles, llevando de la vida a la vida a quien la manejaba entre el desorden de una cotidianidad golosa, aromática, turbulenta que siempre tiene un minuto para degustar un café, un café que a menudo acaba pagando algún otro. Cuenta el actor Marcello Mastroianni una anécdota fina y cruel sobre la generosa alma de la ciudad partenopea respecto a la de la capital de Italia:

“En Roma, una vez, en Via del Corso, oí cómo detrás de mí un tipo decía en voz alta, para que pudiese escucharlo con claridad: “Madre mía, ‘mata las arrugas’ (ammazza le rughe, típica expresión romana) ¿Has visto cómo ha envejecido?” Lo mismo me sucedió en Nápoles. Pero la frase cambió: “Marcello, cómo nos hemos hecho viejecitos, ¿eh? ¿Quieres un café?” Y añade el actor: “Es notable la diferencia, la veis, ese garbo, esa generosidad de espíritu. Quisiera vivir en un planeta todo napolitano. Porque sé que estaría bien”.

Sobre un muro de la ciudad leo en los carteles pegados la propuesta política de uno de los partidos que participan en las próximas elecciones. Cambiar el nombre del estadio de fútbol para llamarlo Diego Armando Maradona. El derroche de lo inútil convierte lo cotidiano en  magia o tolerancia. Ese fino equilibrio donde sobrevivir es la primera enseñanza para poder mantenernos firmes. Vivos.

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ANTONIO J. GRAS-buena

Antonio J. Gras

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