Arte, Carmen Fernández
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Los espejos en el arte (II)

La Venus del espejo, un ejemplo del gusto de Velázquez por los juegos ópticos. 

Por Carmen Fernández. Miércoles, 6 de abril de 2016

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Espejos: artefactos cotidianos, instrumentos, atributos, son eternos generadores de reflejos y de engaños. Tanto el cine, como la literatura, el teatro o la pintura, supieron sacar partido a este valioso recurso cuyo efecto metafórico es poderosísimo.

Espejos para el psicoanálisis. El autorretrato

Sí, poderosísimo y además ambivalente, los espejos son capaces de confundir y engañar pero también de mostrar aquello que a simple vista no se ve, sacar a la luz lo que está más allá de la carne, como si de un retrato de Dorian Gray se tratara. Un hombre ante un espejo ve reflejada su alma. Así lo creía Shakespeare, por eso hace que el vengativo Hamlet ordene a su madre: “¡Sentaos; no os moveréis de aquí, ni saldréis hasta que os haya puesto ante un espejo donde veáis lo más íntimo de vuestro ser”.

Cuando un pintor se retrata a sí mismo, no vemos en el cuadro ningún espejo, aunque en muchos casos éste sí existe implícitamente; y en esa acción de mirar su reflejo y pintarse hay todo un acto de introspección, una mirada hacia dentro que el artista aborda de diferentes maneras: con vanidad y deseo de inmortalizarse, con dolor y exhibiendo las cicatrices del alma, con orgullo por su profesión, con la mirada deformada por una vida de tormento o simplemente con el deseo de aplicar el consejo que los antiguos griegos dejaron escrito sobre piedra en el templo de Apolo en Delfos, “Conócete a ti mismo”.

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Miniatura en De claris mulieribus de Bocaccio.

Existen no pocas referencias de estos retratos especulares. Ya Plinio el Viejo,  en el libro XXXV de su Naturalis historia habla de cómo la famosa retratista del siglo I a. C., Iaia Cyzicena, pintaba su propia imagen ayudándose de un espejo. En una edición ilustrada del Liber de claris mulieribus de Bocaccio, aparece Iaia (denominada aquí Marcia) ataviada con ropajes de estilo gótico.

Alberto Durero en el siglo XV describe la forma en que se pintó en uno de sus cuadros: “Dibujé este autorretrato mediante un espejo en 1484, cuando yo todavía era un niño”. Rembrandt se pintó a sí mismo en más de cincuenta ocasiones dejando constancia de un verdadero diario vital hecho con pigmentos. El pintor del siglo XVI conocido como Il Parmigianino se inmortalizó con veintiún años en un Autorretrato en un espejo convexo. Más introspectivos son los de Frida Kahlo, que nos confesó con doliente verdad cada daño de su cuerpo, cada sueño roto, cada tormento de su amor por Diego Rivera y por ese México suyo marcado por la Revolución. Muy interesantes los de Pablo Picasso para analizar su evolución pictórica y orgánica y los de Vincent Van Gogh para constatar su lucha psicológica en los más de cuarenta autorretratos que pintó a lo largo de diez años. “Dicen y me lo creo fácilmente, que cuesta conocerse a sí mismo. Pero tampoco resulta obvio pintarse a sí mismo”, escribía el pintor neerlandés a su hermano Theo.

Autorretratos-de-Picasso

El autorretrato para Picasso: autoanálisis, narcisismo y reflejo de las múltiples facetas de su personalidad.

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Autorretrato de Miguel Ángel como san Bartolomé.

Pero sin duda, entre los más inquietantes está el autorretrato que Miguel Ángel Buonarroti realizó en el Juicio Final de la Capilla Sixtina. Para aparecer en un lugar sacro tan prominente, el genial pintor pudo elegir cualquiera de las cuatrocientas figuras que componen el fresco, pero sorprendentemente decidió pintar sus facciones en el despojo de piel que sostiene San Bartolomé, símbolo de su martirio. En esos años Miguel Ángel pasaba por una época personal especialmente tortuosa.

También Caravaggio, el artista del tenebrismo, del realismo incómodo, el hombre que pintaba a los santos con los pies sucios, eligió reproducir su rostro en un antihéroe. En el cuadro David con la cabeza de Goliat se retrata en el gigante filisteo vencido y decapitado, con la mirada extraviada y la boca abierta en el último estertor de vida. Esta obra la realizó tras haber sido acusado de asesinato en Roma, lo que le obligó a huir a la ciudad de Nápoles.

Estos autorretratos, estos reflejos de espejo, nos dicen mucho de los artistas que los pintaron y quizás también les sirvieron a ellos mismos para ahondar aún más en su propia psique.

Espejos: el secreto de los grandes maestros

David Hockney, considerado el artista británico más influyente del siglo XX, dejó a un lado los pinceles durante dos años (entre 1999 y 2000) obsesionado con descubrir la manera en que los grandes maestros del pasado reproducían la realidad con tanta precisión y a la vez tanta fluidez, qué técnicas habían utilizado, cuál era su secreto. Su experiencia como pintor le ayudó a analizar y reproducir en su estudio algunas de las grandes obras de Vermeer, Caravaggio, Velázquez, Van Eyck, Leonardo o Ingres, y a lanzar una arriesgada hipótesis que, de ser así, supondría una auténtica revolución en la Historia del Arte. Según Hockney, “desde comienzos del siglo XV muchos pintores occidentales utilizaron espejos y lentes para crear proyecciones vivas, algunos artistas usaron estas imágenes proyectadas de manera directa para realizar dibujos y pinturas y en seguida se difundió una nueva manera de representar el mundo”. Cuatrocientos años antes de la invención de la fotografía, estos pintores podrían haber utilizado lentes, espejos y otros inventos ópticos como la cámara oscura y la cámara clara para reproducir con asombrosa exactitud la realidad. Hockney cuenta en su libro El conocimiento secreto, cómo a raíz de una exposición de Ingres en la National Gallery de Londres comenzó a fijarse en el “efecto fotográfico” que tenían esos retratos. Amplió algunos de los dibujos y pudo ver que muchos de sus trazos le recordaban a obras de Andy Warhol; este artista pop proyectaba una fotografía en el papel y trazaba líneas sobre ella, lo que le llevó a pensar si en la época de Ingres se ayudarían de la cámara clara para dibujar más fielmente la realidad. Y así comenzó a escrutar las más famosas e icónicas obras de arte, intentando descifrar los trucos secretos utilizados por sus artífices.

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David Hockney dibujando con ayuda de una cámara clara.

Para sus conclusiones, Hockney se basó en el método empírico y, lápices en mano, dibujó, utilizando estas técnicas, más de 280 retratos, réplicas de los que hicieron los antiguos maestros. El resultado fue asombroso. Además, realizó un profundo estudio de textos antiguos, que ya desde el siglo XI hablaban de lentes, espejos y demás instrumentos ópticos; el matemático y físico Al-Hazín (965-1038) describe una cámara oscura en su obra Opticae Thesaurus. También Roger Bacon, el científico y teólogo escolástico del siglo XIII, encarcelado por adelantarse a su tiempo, recoge en su obra Perspectiva el uso de espejos para hacer proyecciones: “Los espejos pueden disponerse de manera que muchas imágenes de lo que queramos, aparezcan en la casa o en la calle y cualquiera que las divise las verá como si fueran reales”. Leonardo da Vinci conocía los textos sobre óptica de su época y en sus Cuadernos de notas explica los experimentos que realizó con una cámara oscura estenopeica. Gerolamo Cardano en el siglo XVI describe por primera vez la cámara oscura con lente y muchos otros autores hablan de los avances ópticos a los que se había llegado. Robert Smith, en 1738, detalla en su obra A Compleat System of Opticks un método de dibujo sobre cristal para hacer copias de grabados y pinturas, y que también servía para trazar perspectivas mediante el uso de lentes y espejos. Estos son solo algunos ejemplos de los textos analizados.

En todo este estudio, David Hockney contó con el asesoramiento del historiador del Arte en Oxford Martin Kemp y de Charles Falcó, profesor de óptica de la Universidad de Tucson, Arizona.

Ni qué decir tiene, que la teoría de Hockney ha suscitado multitud de críticas y argumentaciones en contra, sobre todo en el mundo más academicista, y un incendiado debate sobre si utilizar elementos que ayudan al artista a “calcar” lo representado hace más o menos valioso el resultado.

Espejos y realidad. Retrato de George Dyer en un espejo

Leonardo da Vinci, en su Tratado de la pintura decía que el pintor “debe considerar lo que mira, y raciocinar consigo mismo, eligiendo las partes más excelentes de todas las cosas que ve; haciendo como el espejo que se trasmuta en tantos colores como se le ponen delante; y de esta manera parecerá una segunda naturaleza”. El pintor Francis Bacon veía el mundo como si tuviera unas lentes en los ojos que lo deformaran. Sus cuadros eran para él un lugar donde luchar contra la materia, escogiendo partes de la realidad y alterándolas, una pelea entre lo que le rodeaba y los sentimientos que le afloraban y para ello usaba pinceles pero también las manos, exteriorizando su lado más autodestructivo. En su estudio de Reece Mews tenía colocado un gran espejo redondo diseñado por él y justo en frente el caballete. Barbara Steffen, gran conocedora de la obra del pintor y editora de Francis Bacon and the Tradition of Art se refiere a este espejo como un instrumento de trabajo para el artista y una metáfora de lo que veía.

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Retrato de George Dyer en un espejo, 1968.

Bacon pintaba su universo conocido, cercano. Conoció a George Dyer en un pub del Soho y casi de forma instantánea se convirtió en su amante y su modelo. La relación tormentosa entre ambos duró ocho años y terminó con el suicidio del depresivo Dyer por ingesta de barbitúricos (ya lo había intentado dos veces antes). En este doble retrato, Bacon pinta a su compañero en una torsión imposible, devorado desde dentro, descompuesto cuerpo y rostro, vulnerable, construyendo su figura a base de brochazos de angustia y destrucción, y donde es el espejo el que devuelve un reflejo más amable y definido aunque quebrado.

Espejo moral

En su vertiente moralizante, el espejo es un símbolo de verdad y también de conciencia. En el Barroco fueron muy comunes las representaciones del género vanitas, un término que deriva de un fragmento del Eclesiastés: vanitas vanitatum omnia vanitas (vanidad de vanidades, todo es vanidad), se trataba de obras que provocaban la reflexión sobre lo perecedero de la existencia, la vanidad de la vida, el memento mori (“recuerda que vas a morir”) y por ello la importancia de llevar un camino recto apoyado en firmes valores morales.

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Retrato de Hans Burgkmair y su esposa Anna.

Cuando se incluye un espejo en estas representaciones, simboliza lo perecedero de la juventud y también una búsqueda de la belleza interior. Eran pinturas sin duda fomentadas por la Iglesia y destinadas a inculcar la virtud para lograr la verdadera felicidad en la vida eterna. Entre 1529 y 1531, el prácticamente desconocido artista alemán Lukas Furtenagel retrató al pintor y grabador Hans Burkmair junto a su esposa con un espejo cóncavo como único elemento decorativo. Hay una extraña atmósfera sombría que se percibe en el cuadro, alimentada por el color oscuro y plano del fondo, los ropajes negros de las figuras, pero sobre todo porque el reflejo que devuelve el espejo no es el esperado rostro de los personajes, sino dos siniestras calaveras. “Éste es el aspecto que teníamos. En el espejo, sin embargo, no aparecía nada sino aquello”, reza la inscripción de la parte superior.

Más espejos en el arte

La Venus del espejo de Velázquez

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Pintado entre 1647 y 1651, se encuentra en la National Gallery de Londres. El cuadro representa a la diosa de espaldas, recostada en su lecho, ante un espejo sostenido por Cupido y desprovista de atributos (con una aparente simplicidad). Si se prescindiera del pequeño dios del amor, la pintura podría retratar a una mujer terrenal, de cabellos morenos, alejada de los rubios modelos clásicos venusianos. Pero es el espejo, un elemento aparentemente accesorio el que provoca grandes incógnitas, ¿a quién mira Venus, a sí misma o proyecta su mirada hacia el exterior del cuadro? ¿Hay un juego de comunicación visual entre ella y el espectador? ¿Entre ver y ser visto? Además, el reflejo borroso de su rostro no hace más que aumentar el misterio. Para algunos historiadores, el semblante indefinido de Venus haría referencia a lo engañoso de la belleza, para otros se pretende que el rostro de la diosa sea genérico, por eso no se definen con precisión los rasgos faciales, englobando así a todas las mujeres. Incluso se ha llegado a especular con que se trataría de la amante del pintor. Parece ser además que el espejo no estaría reflejando una correcta perspectiva.

El falso espejo de René Magritte

el falso espejo Magritte

 

Las obras de este artista se caracterizan por su capacidad para generar la investigación inconsciente. Si nuestro ojo funciona a la manera de un sistema de espejos donde la imagen que llega al cerebro es el mundo reflejado en la retina, Magritte toma literalmente esta idea para construir el cuadro. La pupila del ojo es una especie de sol negro y el iris un cielo azul con nubes donde lo que se refleja no es la realidad sino el pensamiento.

Rubens, Degas, Matisse, Chagall, Hopper, Antonio López… son muchos los artistas que quisieron contar en sus pinturas con el carácter filosófico, moralizante, ilusorio, reflexivo o metafísico de los espejos. También el cine jugó con sus reflejos infinitos y la literatura se rindió a la inspiración de estos fascinantes objetos. Pero esa ya es otra historia.

Yo que sentí el horror de los espejos
no sólo ante el cristal impenetrable
donde acaba y empieza, inhabitable,
un imposible espacio de reflejos […]

Jorge Luis Borges, Los espejos.

Los espejos en el arte I

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Carmen Fernández

Carmen Fernández

 

3 Kommentare

  1. Pingback: Los espejos en el arte (I) - Revista Gurb

  2. Lombilla dicen

    Magnífico trabajo, Carmen. ¡Enhorabuena!

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