Alfredo Piermattei, Humor Gráfico, Número 51, Opinión, Tonino Guitián
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La gran evasión

Por Tonino Guitián / Viñeta: Alfredo Piermattei

Tonino Guitián

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Durante los siglos en que las leyes se observaban desde la vigilancia de las diversas religiones existentes, las peculiaridades minoritarias eran castigadas con dolor, reclusión o muerte para sanar a la sociedad. Y sólo la incipiente psicología del siglo XIX quiso darle al pecado un sentido humano. Una explicación libraría del sufrimiento a toda la sociedad. Ahora es tiempo de comprender la mente de los corruptos, pero por un motivo distinto: no padecen castigo alguno, no cometen ningún pecado ni llegan al punto de perecer ni siquiera por el sentido del honor que un día existiera. Desde todos los puntos de vista, un corrupto es ante todo un enfermo crónico. Causa daño a los demás sin necesidad alguna, ya que es raro el que no posee en el momento de actuar todos los bienes y favores que cualquiera pueda desear. Causa guerras, permite que la gente desaparezca a su alrededor, la utiliza por puro placer y se regodea en los recovecos legales. Están tan lejos de poder convivir en paz con los que les rodean como un asesino en serie, un pederasta o un caníbal. Sin embargo se les trata como a delincuentes comunes, aquellos que actúan impulsados por la necesidad o el desconocimiento.

Todos los días nos desayunamos con el horrendo espectáculo del cinismo enfermizo, incapaz de reconocer su mal porque no sólo son las leyes las que les permiten actuar en su defensa, sino también el respeto que su posición exige. En ese punto, se mueven en unos círculos de poder establecido desde lo más alto, lo que les sitúa en el mismo plano que un sacerdote que hubiera satisfecho sus deseos sexuales con seres indefensos, pero contra el que la comunidad no actúa porque de él derivan cuestiones que se nos escapan al resto de los mortales. Si bien el sacerdote encuentra refugio en el temor de Dios de los creyentes, los demás se escudan en el poder de la ley. Digamos, de paso, que muchos de los pederastas descubiertos terminan suicidándose por los remordimientos, mientras que los corruptos no sienten esa necesidad. Y además reinciden cada vez que tienen ocasión. Los corruptos deberían ser desposeídos de todos los bienes terrenales: los utilizan para conseguir a los mejores abogados, para comprar testimonios, untar a jueces, callar testigos, ocultar la verdad y crear la desilusión en millones de personas. Deberían ser tratados en centros especiales donde poder rehabilitarlos como al señor Puyi, el Hijo del Cielo, en productivos jardineros. Deberían ser declarados traidores a la Patria, en cuanto afectan a nuestra soberanía e independencia moral del Estado al utilizar sus recursos en otros donde no actúan nuestras leyes. Ellos no buscan la solución a la economía del país sino a la suya, y así se constituyen, de mala fe, en el problema. Lo dijo bien claro el ministro Rafael Catalá: “Panamá no es un paraíso fiscal, es un sistema tributario distinto”. Es como si un militar español fuera descubierto amparándose a escondidas en un sistema militar extranjero para su propio beneficio y jugar en ambos bandos. El dinero, hoy en día, es un arma más poderosa que una bomba. Y no se puede servir a dos sistemas tributarios distintos sin traicionar al propio. De hecho, Catalá no explica por qué ese sistema tributario “distinto” no funciona para los más de tres millones de panameños corrientes que tienen que pagar sus impuestos nacionales a un precio bien superior. En realidad hubiera sido más sincero decir que existe una doble ley, una para los ricos y otra para la clase trabajadora. Y si el ministro de Justicia no es totalmente justo en sus declaraciones, ¿Qué más podemos añadir? Si un país no cobra altos impuestos, está compitiendo deslealmente contra los demás países porque cuando ellos cobran altos impuestos hacen que su producción o montar un negocio sea muy caro. De hecho, la mayor parte de los grandes negocios de España se hacen en el extranjero y las operaciones no se hacen en Panamá, sino en las Islas Vírgenes británicas, ese país –Inglaterra– al que nadie se atreve a toser en cuestiones de economía. Es decir, que fuera de los vistosos nombres que aparecen en los diarios, quizá alguien se haya dado cuenta de que muchas de nuestras empresas y nuestra economía en general son de tercera. Algo muy doloroso que en algún momento habría que precisar, para entendernos y entender a todos esos enfermos que se evaden de la realidad evadiendo esos impuestos a los que todos los demás estamos sujetos. Nos empezamos a preguntar para qué pagamos a un estado tan comprensivo con el fraude, además de para poder ejercer nuestro legítimo derecho a entregar directamente una parte a la Iglesia que lo cobra gratia et amore.

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Alfredo Piermattei

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