Humor Gráfico, Iñaki y Frenchy, Número 50, Opinión, Rosa Palo
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Ferrero Rocher

Por Rosa Palo / Ilustración: Iñaki y Frenchy

ESTHER-BAEZA-(ROSA-PALO)

Rosa Palo

Escribo hoy a vuelapluma, que me pillan ustedes un poco mal. Liadísima estoy. Con lo de mi ochenta cumpleaños, digo. Todavía falta una jartá, ya lo sé, pero hay que ir preparándolo todo si quiero tener un fiestón como el de Vargas Llosa. Con su Isabel Preysler. Con su hotel de las mil y una estrellas. Con sus presidentes, sus literatos y sus momios. Con su Luis María Ansón (o Anson, que ahora pronuncian su apellido a la francesa), una presencia fundamental en cualquier conferencia, elección de miss o catequesis que se precie. Y con su posado para la prensa, claro. Porque digo yo que si Mario ha salido del armario y ya no tiene miedo a mostrar su lado más holístico, pues yo no voy a ser menos: Mario llevaba dentro una señora con perlas y la ha sacado a relucir. Y yo llevo otra. U otras, que en mi cuerpo serrano caben cuatro o cinco pititas.

Qué quieren que les diga: estoy harta de disimular que no me gustan los saraos. Disfruto hozando entre canapés y copas de champán, me encantiza que me hagan fotos y con tacones y medio borracha luzco primaveral y chispeante. Ya está dicho. Y ahora que me he quitado esta faja de columnista progre que oprime mi auténtico yo de señora bien, señora fetén, lo digo a boca llena de ostras en gelée de Veuve Clicquot: quiero una celebración como la de Vargas Llosa. Quiero que el servicio suba a felicitarme y a comer tarta de chocolate conmigo, igual que han hecho con don Mario y con doña Isabel en una suerte de Arriba y Abajo a la española, que de lucha de clases sabemos mucho Preysler y yo (ambas siempre hemos luchado por pertenecer a la superior). Quiero que mi enamorado diga que la felicidad tiene nombre de mujer (y que pronuncie el mío, a ver si la vamos a liar el día de mi cumpleaños). Quiero bautizar las mesas de la cena con el nombre de mis columnas, aunque parezcan películas de Mariano Ozores: “Atacá”, “Pollita”, “Desembrague a fondo” o “El felpudo del melenudo”. Quiero que me regalen un gran danés para que me tire de boca y me produzca una luxación de cadera que justifique quedarme en el tálamo leyendo y bebiendo a lo Onetti hasta que la palme. Y quiero que de todo ello se haga eco ¡HOLA! puntualmente.

Pero mucho me temo que me queda bastante trabajo por delante, que de invitados de relumbrón ando regular mal. Ni siquiera me llamaron para conocer a James Costos, el embajador más chic, cool, guay y gay que ha tenido EEUU en España, cuando vino a visitar mi ciudad: mucha invitación para el Día de la Banderita, para el pregón de la Semana Santa y para las fiestas patronales de Lo Poyo, pero viene el señor embajador y a mí no me convocan. Y si todo el mundo sabe que las recepciones del embajador conquistan a los invitados por su buen gusto internacional, todo el mundo sabe también que soy capaz de comerme un Ferrero Rocher sin que se me queden paluegos en los colmillos. Y decir “fenomenaaaaal”. Y tener unas conversaciones sobre arte y mariconismo que ni Jaime Bayly. En fin, que si tengo que esperar a que el mundo literario me devuelva todo lo que le he dado, como ha hecho con Vargas Llosa, me parece que voy a celebrar los ochenta en el Bar Tolín comiendo michirones. Si es que no me los ha prohibido el médico.

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IÑAKI Y FRENCHY

Iñaki y Frenchy

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